Hace dieciséis años viajé del tirón desde Andorra a Jaén y ese día fui consciente de que no volvería a repetir semejante "proeza", así es que ahora, que he decidido volver a este pequeño país, me lo he tomado con calma.
El jueves cuatro de febrero de 2010, salimos con un tiempo bastante malo en dirección a las Lagunas de Ruidera. Hace tiempo que no las visitaba y con lo que ha llovido este año, seguro que estarían preciosas. Lo malo, el tiempo lluvioso que nos acompaña todo el trayecto.
Ruidera es un lugar extraordinario, las lagunas caen en cascada unas sobre otras y como están tan llenas es impagable su contemplación. Una tregua con la lluvia nos permitió recorrer las más importantes, hasta que decidimos entrar en un pequeño restaurante llamado Casa Victorino, para tomar un caldo de cocido exquisito y unas gachas manchegas en su propia sartén, con "tos los avíos", (morcilla, chorizo, costillas adobadas y lomo de orza). Plato sencillo y contundente que fuimos incapaces de acabarlo. Cuando me enfrento ante estos manjares tradicionales, populares y caseros no puedo por menos que pensar en las comidas que tomamos a veces, mal preparadas, mal cocinadas y caras, pero bautizadas con nombres rimbombantes que se completan con alguna palabreja en francés o inglés.
El tiempo volvió por sus fueros y una pertinaz llovizna no nos dio otra opción que regresar a Manzanares para enclaustrarnos en el Parador Nacional, donde íbamos a pernoctar.
La mañana siguiente amaneció con un tímido sol que acompañó todo nuestro camino a Madrid. La capital de España es un lugar donde nadie se siente forastero y que siempre encierra sorpresas agradables, espectáculos y exposiciones únicas, paseos gratificantes y entre otras lindezas a mi nieto Mario, niño querido y precioso con el que vamos a celebrar su quinto mes de vida.
El lunes ocho salimos de Madrid en dirección a Lérida y nos encontramos con un embotellamiento de considerables proporciones en la M-30. Intento librarme de este tapón y solo consigo meterme en otro en la M-40. Una hora perdida entre miles de vehículos hasta que llegamos a la R-2 que nos lleva en dirección a Zaragoza. Aquí desaparece el traficazo, pero no la lluvia que sigue martilleando el parabrisas hasta que llegamos a la altura de la Almunia de Doña Godina, en cuya cercanía nos paramos para comer algo en el restaurante de un hotel llamado la Bodega. El sitio está bien pero su cocina es de lo más mediocre, así es que no recomendaré a nadie su visita. En algo más de una hora y media llegamos a Lérida y debido a que sigue lloviendo, decidimos quedarnos en el hotel hasta la mañana siguiente en espera de que mejore el tiempo.
El hotel es el Condes de Urgell, un cuatro estrellas a pie de la antigua carretera a Barcelona, que casi se ha quedado incrustada en el ensanche de la ciudad. Es una instalación moderna y confortable y que tiene WiFi y aparcamiento cubierto para los clientes, condiciones casi imprescindibles que procuro a la hora de hacer reserva.
El martes amaneció con nubes y claros, así es que decidimos conocer Lérida, por la que siempre habíamos pasado sin parar. Nos dirigimos al centro urbano y para ello cruzamos uno de los puentes que salvan el río Segre. Enseguida nos topamos con un parking subterráneo y ya estamos en el mismo centro, la Plaça de Sant Joan.
Aquí, unas escaleras mecánicas nos acercan a unos ascensores que por veinte céntimos de euro nos dejan al pie de la antigua catedral o Seu Vella. Situada sobre una colina que domina la ciudad y el río que la atraviesa. En su lugar, hubo una catedral visigoda, una mezquita, y una catedral románica y gótica hasta que Felipe V en el comienzo del siglo XVIII la convirtió en cuartel, estando el edificio dedicado a estos menesteres hasta que en 1948, el ejército español salio del lugar y posibilitando su restauración. El claustro de la Seu es el más airoso y alto que he visto. Hecho en estilo gótico, es, para mi gusto, lo mejor de la construcción.
El templo, que ya no tiene culto de ningún tipo es una catedral gótica con bastantes vestigios románicos. Merece la pena la visita. Después de rodear la imponente construcción volvimos, por donde habíamos llegado, a la plaça de Sant Joan y sus calles céntricas por las que paseamos en una zona comercial bastante concurrida. En una de sus cafeterías tomamos un buen resopón que nos serviría hasta que llegásemos a Andorra.
El camino no resultó malo pero el tiempo fue a peor conforme nos alejábamos de Lérida. Los Pirineos se hacían patentes al paso del pantano de Oliana, que para nuestra sorpresa se encuentra al cincuenta por ciento de su capacidad. Pasamos por la Seu d´Urgell y casi sin darnos cuenta entramos por la frontera sin que ni siquiera nos pidiesen el carnet de identidad. Nuestro destino es el centro de Andorra la Vella frente al los Almacenes Pyrénées y donde permaneceremos seis días.
Razones familiares nos han hecho adelantar este viaje, que habíamos programado para primavera, así es que no nos podemos quejar del tiempo, pero doce grados bajo cero es frío negro al que no estamos acostumbrados.
Solución: pasar el tiempo dentro de los centros comerciales y en cafeterías o lugares bajo techo y bien calefactados. Andorra la Vella está situada en un valle rodeado de cumbres nevadas por todas partes y como estamos en Febrero ...
Me resultó grato ver tomate frito o espárragos de Mata en las estanterías del centro comercial Los Pyrénées. El comercio es la base económica de Andorra aunque ya no es lo que era en los años setenta, los precios son muy similares a los españoles y en algunos productos, algo más caros, pero hay algunas ventajas que, quizás, son las que mantienen el ingente comercio que llena sus calles. Su oferta es extraordinaria, en productos franceses y europeos en general. Por poner un ejemplo si deseamos comprar una botella de Oporto, en Jaén podemos encontrar una variedad muy limitada, dos o tres marcas a lo sumo, en Andorra están todas y en vinos y licorería se ven precios algo más bajos que en España.
Los productos electrónicos y de telefonía son de precios similares a los españoles, pero por contrapartida la gasolina es más barata. Las marcas de ropa están todas y con variedad, productos lácteos y chocolates, patés y delicatessen, perfumes y joyería, compiten con alguna ventaja a la oferta española..., pero bueno de lo que se trata es de divertirse y esto de comprar, ver y probarse son cosas que siempre nos ha gustado a casi todos.
El domingo catorce decidimos salir de Andorra para visitar la Seu d´Urgell. Estuvimos en la catedral y recorrimos el centro de la villa hasta que se acercó la hora de comer, cosa que teníamos programada de antemano. tomamos la carretera que va a Puigcerdá, y de seguida llegamos al pueblecito de Alas. Allí comimos en un restaurante llamado Dolçet en la calle Zulueta. Antigua fonda especializada en las recetas tradicionales de la comarca del Alt Urgell. Platos caseros muy bien elaborados. Raciones abundantes y generosas, acompañadas de los postres catalanes clásicos.
No hay carta y los platos los recitan de viva voz, no es barato pero tiene calidad y calidez en el trato, así es que al salir satisfecho no te deja la sensación de que te hayan estafado. Encontramos mesa por casualidad y eso que es grande.
La estancia en Andorra tocaba a su fin y el lunes por la mañana, tomamos las de Villadiego para llegar a Zaragoza donde pensábamos pernoctar. Sin ningún evento digno de mención hicimos el viaje y a eso del mediodía tomamos habitación en el Hotel NH que hay cercano a la antigua estación del ferrocarril. Instalaciones discretas, aunque es un cuatro estrellas. Llevábamos el desayuno incluido, pero como si no lo hubiesen ofrecido, se podía renunciar perfectamente a él.
La tarde era desapacible pero pudimos pasear por la ciudad, visitar el Pilar y comprar Frutas de Aragón que no son otra cosa que trozos de naranja escarchada, guindas, etc., recubiertas de chocolate. Muy ricas.
El retorno a Madrid el día siguiente, no tuvo problemas, pero imponía la nevada que había caído la noche anterior. Los alrededores de la autovia eran un paisaje blanco que no nos abandonó hasta llegar a Guadalajara.
En Madrid..., mi nieto Mario... ¿Que voy a decir?..., se me pone una sonrisa en la cara que si no fuera por las orejas, la boca me daba la vuelta...

La caravana se había movido deprisa pero por mucho que acelerasen la marcha, era imposible llegar a Salobreña, pues la noche se había echado encima, así es que Don Ramiro decidió acampar junto a la alquería de Vélez, que decían de Beni Abdallah(1), para esperar el nuevo día y con la alborada continuarían marcha hacia la costa. Se formó el campamento, se ordenaron los enseres y acomodadas las bestias se procedió a que todos los viajeros se dispusieran alrededor de un fuego para tomar un bocado antes de descansar.
De pronto y en lo que tarda un parpadeo, Guillén saltó sobre uno de los soldados que permanecía en pie, le arrebató la lanza y la envió con presteza a la cabeza de don Ramiro. Ni tiempo tuvo de esquivarla y su vida no valdría nada si no fuera porque la lanza erró clavándose en el tronco del quejigo a escasa distancia de la oreja del hidalgo. Tres soldados se lanzaron sobre Guillén inmovilizándolo de inmediato y sin que él hiciese nada por impedirlo, incluso hubo uno que le colocó una navaja en el cuello a la espera de una orden o señal que le autorizase a acabar con su vida. No ocurrió tal, don Ramiro se había levantado y pálido como la cera, sostenía en sus manos la lanza que le había arrojado Guillén y en la punta de la misma una agonizante víbora.
Casi toda la mañana del día siguiente, la pasaron viajando hacia la costa, siendo cercano al mediodía cuando vieron el castillo de Salobreña en un recodo del gran Tajo de los Vados, que el río Guadalfeo ha horadado durante siglos. Plantaciones de caña de azúcar rodeaban el camino hacia la ciudad a la que no subieron por orden de don Ramiro. Pararon una media hora hasta que se organizó una reducida partida con el fin de informar en el castillo de su llegada y como si se tratase de arribar a una meta se continuó la marcha hasta la orilla del mar.
En medio de la pequeña ensenada había anclada una galera y dos embarcaciones de menor envergadura, así como media docena de barquitas y tres esquifes que se mecían junto al pequeño atracadero del Peñón.
Habían dos moriscos que llevaban sendas carretillas llenas de cañas de azúcar y animaban a los presentes al desafío del cañaduz. Enseguida entendió las sencillas reglas del juego de apuestas sobre la habilidad para cortar las cañas al vuelo. Con una mano se cogía la caña sosteniéndola verticalmente en alto y en la otra mano se sujetaba firmemente la afilada faca que al soltar la caña buscaría su parte inferior con la intención de cortar a lo largo la mayor parte de caña. Cada jugador cortaba de la caña el trozo que había rajado y al final de la apuesta el que tenia menor cantidad de caña era el que perdía, pagando el precio de las cañas y la apuesta que habían hecho.
- Marcha en paz y que la Virgen de la Fuensanta guíe tus pasos y llene tu vida de fortuna.
La tarde empieza a decaer, la tarde es de un día cualquiera del año dos mil dos, la tarde es agradable en este patio interior de una casa de la calle Llana.
Con la ayuda de una azada y un pico de los albañiles comencé a levantar las piedras del borde de la losa y a buscar hueco para levantar la gran piedra. Casi dos horas pasé hurgando en derredor suyo y por fin pude hacer palanca con un viejo hierro. Mi decepción inicial fue muy grande ya que bajo la piedra solo había tierra compactada. Me quedé mirando el hueco que había dejado la roca y me dije a mi mismo que era muy rara la superficie descubierta, tan lisa y sin ninguna china o piedrecita en el perímetro. Con un palustre comencé a rascar la superficie y a los tres o cuatro centímetros de profundidad encontré algo blando y rugoso. Saqué un trozo y me pareció que era piel o pellejo de algún animal, seguí mi tarea y al rato tenia a la vista un paquete de cuarenta por setenta centímetros y un grueso que superaba en mucho la cuarta. Lo que parecía piel corroída y que se desmenuzaba, era la envoltura en varias capas de un cofre de vieja madera con herrajes oxidados y que prácticamente se quedaron entre mis dedos al descubrirlos. No tuve casi ningún problema en abrir la tapa y en su interior pude ver un nuevo paquete de piel que estaba en mejores condiciones de conservación. Me sentí excitadísimo por el hallazgo, tomé un respiro y bebí un buen trago de agua, que falta me hacía. Después de lavarme las manos, saqué con sumo cuidado el envoltorio y lo deposité sobre una mesa. Como ya he dicho era un paquete hecho con una zalea de cordero y atado con guita de cáñamo. Con toda la delicadeza del mundo fui abriendo los dobleces y soltando la cuerda hasta que ante mis ojos aparecieron dos libros de distinto tamaño encuadernados en piel de vaca y que visiblemente eran de épocas distintas, junto a ellos había una capuchina de bronce milagrosamente bien conservada y que solo tenía una parte de su panza cubierta por el verdín del óxido. Sobre el libro más antiguo he de decir que tenía una cruz hecha con flores de lis en su cubierta, que estaba manuscrito en latín y que sus hojas eran de una muy buena calidad de vitela. Estaba escrito en letras muy pequeñas y cubriendo casi toda la superficie de sus hojas y en la tercera página había un precioso dibujo miniado donde se podía ver una mesnada de guerreros jaleando a su caudillo que, a caballo, portaba un estandarte aragonés y que me pareció identificarlo con Roger de Flor o de Lauria, por las representaciones que de ellos recordaba en mis viejos libros de bachillerato.
En el segundo libro las pastas estaban repujadas y en el cuero de su superficie se podían ver caracteres de letra gótica que ponían “La Rosa y la Capuchina”. Inmediatamente comprendí que los libros estarían relacionados entre si de alguna manera, aunque mis conocimientos de latín no me permitían entender el texto del libro más antiguo me aferré a la idea de que era un libro histórico sobre las andanzas de los almogávares en el Mediterráneo. Hojeé una y otra vez ambos libros, limpié la palmatoria y decidí dejar para el próximo día el análisis de mi descubrimiento. El tiempo había volado y ya era pasada la media noche así es que me fui a la cama sin cenar, al día siguiente era sábado y los albañiles no venían, ya decidiría que hacer con el agujero en el suelo y con el asombroso descubrimiento.
A Almorchón llegábamos bien entrada la noche y no había más remedio que abandonar el tren pues en unas seis horas deberíamos tomar otro con destino a Puente Genil, segunda etapa de nuestro viaje. Cargados de bultos y con dos niños chicos, mis padres cruzaban entre vagones parados y vías, para tomar una habitación en una fonda que había en la misma estación. Recuerdo que me acostaba con mi padre en una de las pequeñas camas y en la otra mi madre y mi hermana, los techos altos de la habitación, iluminados por el resplandor que se metía en la habitación desde una cristalera que había sobre la puerta, los silbidos de las máquinas de vapor, el ruido de las maniobras ferroviarias y el picor, el picor de las chinches que se turnaban en martirizar a mi padre o a mí. Seis horas de duermevela, de sobresaltos e incomodidad, que acababa cuando mi madre me restregaba, por la cara, una toalla impregnada en colonia para que me espabilase.
De nuevo la marcha con el equipaje a otro tren, el que nos llevaría a la ciudad de la carne de membrillo, otro tren diferente aunque igual de incómodo, tirado por una locomotora de vapor que era la culpable de los churretes de tizne y de las pitarras de carbonilla que mi madre me quitaba hábilmente de los ojos con la punta de un pañuelo.
En Puente Genil había que cambiar de tren otra vez y eso lo hacíamos bien pasado el medio día, aunque, en esta ocasión, no teníamos que esperar mucho para partir hacia Alcaudete. La tortilla, la carne empanada, las magdalenas y la poca fruta tocaban a su fin, así es que dábamos buena cuenta de lo que quedaba, bebíamos agua del botijo que habíamos llenado por última vez en la estación y mis padres se armaban de paciencia para contestar mi constante pregunta sobre lo que faltaba para llegar..., unas cuantas horas aún.

La mañana del martes 24 amaneció radiante. Salimos a eso de las nueve y en tres horas escasas nos encontrábamos ante la remodelada ermita de San Baudelio de Berlanga, que es motivo del cartel anunciador de estas Edades del Hombre 2009. La visita a esta pequeña capilla merece el viaje por si sola. Como decía la señorita que nos explicó su historia, nos encontrábamos en la Capilla Sixtina del arte Mozárabe. Si tuviera que contar lo que aprendí en aquel templo, llenaría más paginas de lo que da este relato de viajes. A la salida, solo pude lamentar que mis paisanos, que habían estado por allí el fin de semana, no hubieran podido contemplar esa maravilla.
Sólo se tardaba media hora en llegar a San Miguel de Gormaz, pero echamos bastante más, ya que al paso por Berlanga de Duero, nos llamó la atención su arquitectura, así es que aprovechamos para tomar algo y darnos una vuelta por sus soportales.
La ermita de San Miguel de Gormaz, está situada en la ladera de la colina que domina la fortaleza califal de Gormaz, que es lo más grande en fortaleza que he visto en toda mi vida. La ermita tiene una pila bautismal excavada en el suelo del recinto central y sus pinturas son impresionantes. Otra visita que lamentablemente se perdieron los alcaudetenses que visitaron Soria.
El Burgo tiene una catedral con "tos los avios". la abrieron a las cuatro de la tarde y el paseo por su museo, claustro e interior dio el tiempo suficiente como para difuminar la somnolencia que acostumbra a aparecer tras las comidas. Esta catedral nos encantó, como templo y por la riqueza de sus tesoros artísticos, muchos de ellos trasladados a la concatedral de Soria para la exposición de las Edades del Hombre.
Anochecía cuando llegamos al parador nacional de Soria y decidimos no salir hasta la mañana siguiente. Este alojamiento es de primera categoría, confortable y muy moderno, acogedor y con unas vistas sobre la ciudad que no dejan indiferente a nadie.
Nos acercamos a su entrada que permanecía cerrada y como faltaba un buen rato para que abriera sus puertas decidimos desayunar. Sin saberlo, nos enfrentábamos a una ardua tarea. Entramos en tres bares en nuestro camino hacia el centro de la ciudad. La bollería brillaba por su ausencia, las tostadas no existen, y solamente se nos ofrecieron unos torreznos que en un principio nos parecieron churros y alguna que otra tortilla de patatas..., "es que verá usted aquí no desayunamos, aquí almorzamos".
Centro de la ciudad de Soria. Calle Numancia 6. Asador Ecus. Para evitar sorpresas habíamos reservado mesa. El día se había vuelto desapacible y agradecimos que nos diesen la mesa junto al horno. Un guiso de almejas concha-fina sirvió como entrante, mientras esperábamos que saliese del horno nuestro cordero. Las almejas estaban extraordinarias, máxime si tenemos en cuenta que nos encontrábamos a bastantes kilómetros de la costa.
Merece la pena la visita. Su iglesia de dimensiones casi de catedral, sus dos claustros, el herreriano y el gótico-plateresco, el refectorio, la cocina, el comedor de conversos nos trasportan a otras épocas y asombran por la belleza de las estancias. Si tiene oportunidad, hágame caso y visítelo, que me lo agradecerá.
En Madrid me esperaba otra historia, mi nieto Mario.
Estas se llaman como los vecinos las han nombrado desde siempre, paseo de las Moreras, calle de los Novios o calle del Arraval, lo máximo a lo que llegan es a darle el nombre de un santo como el carrer de San Roc, pero evitan darle el nombre de un político o de algún personaje actual. Cuando desean homenajear a alguna persona, debajo del rótulo con el nombre de la calle colocan una placa en la que dicen que esa calle se dedica a la memoria de tal o cual persona.