11 febrero, 2010
Un Óleo de 1972 (Colección particular, Andorra)
02 febrero, 2010
La rosa y la capuchina.
Salobreña.
La caravana se había movido deprisa pero por mucho que acelerasen la marcha, era imposible llegar a Salobreña, pues la noche se había echado encima, así es que Don Ramiro decidió acampar junto a la alquería de Vélez, que decían de Beni Abdallah(1), para esperar el nuevo día y con la alborada continuarían marcha hacia la costa. Se formó el campamento, se ordenaron los enseres y acomodadas las bestias se procedió a que todos los viajeros se dispusieran alrededor de un fuego para tomar un bocado antes de descansar.Don Ramiro que había tomado asiento al lado de un inmenso quejigo ordenó que liberasen de los grilletes que llevaba en las manos al golfín Guillén, con la finalidad de facilitarle su acomodo y libertad de movimientos. Unas hogazas de Padul bien untadas en aceite de Alcaudete y unas tiras de bacalao sirvieron de pitanza a los presentes, entre la algarabía y charla donde cada cual relataba historias con más parte de fantasía que de verdad. Los únicos que no acertaban a decir nada eran don Ramiro y el golfín, comían y callaban lanzándose de vez en cuando furtivas miradas. Esto incomodaba a don Ramiro pero no acertaba a remediar que la acerada mirada del condenado a galeras se clavase en sus ojos.
De pronto y en lo que tarda un parpadeo, Guillén saltó sobre uno de los soldados que permanecía en pie, le arrebató la lanza y la envió con presteza a la cabeza de don Ramiro. Ni tiempo tuvo de esquivarla y su vida no valdría nada si no fuera porque la lanza erró clavándose en el tronco del quejigo a escasa distancia de la oreja del hidalgo. Tres soldados se lanzaron sobre Guillén inmovilizándolo de inmediato y sin que él hiciese nada por impedirlo, incluso hubo uno que le colocó una navaja en el cuello a la espera de una orden o señal que le autorizase a acabar con su vida. No ocurrió tal, don Ramiro se había levantado y pálido como la cera, sostenía en sus manos la lanza que le había arrojado Guillén y en la punta de la misma una agonizante víbora.- Pardiez, buen acierto tuve al pedir que te quitasen los grilletes.- y dirigiéndose a los soldados que sujetaban al golfín les ordenó que le soltasen de inmediato.
Guillén no respondió y permaneció en silencio mientas don Ramiro acababa de rematar la víbora.
Después tomó asiento de nuevo y dirigiéndose a los presentes dijo con solemnidad:
- Todos sois testigos de que este hombre me acaba de salvar la vida y junto a su buena acción de cuando salvó a la pequeña Rebeca, le exoneran ante mis ojos de cualquier delito de robo que haya cometido, robo que no ha sido de su provecho ya que fue traicionado por su compinche, auténtico truhán de esta historia. Decido y declaro que a partir de este momento sea considerado como hombre libre y queda suspendida su condena a galeras.
Todo el auditorio rompió a aplausos y pasaban sus manos por los hombros y brazos del golfín.
Pasados unos instantes Guillén tomó la palabra y dirigiéndose a don Ramiro dijo:
- Señor, os agradezco que me liberéis de mi condena y ante todos los que aquí me escuchan hago juramento de fidelidad hasta mi muerte, para con su persona. Podéis disponed de mi para lo que deseéis y nada me será más grato que dedicar toda mi vida a proteger la vuestra a cualquier coste.
- Tus palabras me agradan sobremanera y contigo contaré para empresas futuras, pero por ahora te libero de tu promesa pues de seguro que querrás ajustar cuentas con el traidor que te dejó abandonado. Dale a mi siervo Sebastián las señas donde pueda avisarte cuando te necesite y marcha en paz.
- En la senda del puerto del Muradal y en plena Sierra Morena, media legua después de pasar el castillo de Castro Ferral, hay una pequeña posada para caminantes y viajeros. Dejad allí vuestra llamada y ellos sabrán encontrarme para que yo acuda presto a vuestro lado..., pero..., señor..., espero que me dejéis llegar con vosotros hasta el mar..., es que nunca lo he visto.
La carcajada fue general hasta el punto de hacer fruncir el entrecejo a Guillén. Risas y chanzas continuaron un buen rato hasta que poco a poco se fue adueñando el silencio del campamento. Cada cual buscó un lugar para descansar ante la tranquilidad que los dos imaginarias(2) de guardia daban a los viajeros.
Casi toda la mañana del día siguiente, la pasaron viajando hacia la costa, siendo cercano al mediodía cuando vieron el castillo de Salobreña en un recodo del gran Tajo de los Vados, que el río Guadalfeo ha horadado durante siglos. Plantaciones de caña de azúcar rodeaban el camino hacia la ciudad a la que no subieron por orden de don Ramiro. Pararon una media hora hasta que se organizó una reducida partida con el fin de informar en el castillo de su llegada y como si se tratase de arribar a una meta se continuó la marcha hasta la orilla del mar.
En medio de la pequeña ensenada había anclada una galera y dos embarcaciones de menor envergadura, así como media docena de barquitas y tres esquifes que se mecían junto al pequeño atracadero del Peñón.La fuerte brisa de poniente rizaba la mar y la espuma de las olas al batir la playa impregnaba de salitre y olor a algas todo el ambiente. Guillén había avanzado de forma hipnótica hasta la misma orilla sin que hiciese nada por impedir que el agua llegase hasta sus rodillas cada vez que una ola rompía sobre los chinorros.
- Y bien...- Don Ramiro se había situado un metro tras él y era el que entre divertido y curioso le preguntaba.
Se giro el golfín y solo acertó a balbucear palabras inconexas - Que..., grande..., el agua..., nunca..., es más...
Don Ramiro soltó una carcajada y cogiéndolo por el brazo le ofreció una vasija llena de jarabe blanquecino y dulce – Toma y bebe el jugo del cañaduz.
Guillén pasó varias horas asimilando el espectáculo que ante sus ojos se presentaba. Recorrió la ensenada y hasta subió al peñón que se adentra en el mar. Observó a los galeotes y marineros portando las mercancías que llenaban los esquifes para subirlas a la galera, el cielo luminoso, adornado de blancas nubes, el color del mar, la sensación húmeda y salitrosa en los labios y el temor y aprensión que la inmensa cantidad de agua le hacía sentir colmaron su ansia de conocer el mar.
Bajó con agilidad desde lo alto del peñón cuando un grupo de soldados le llamaron y al acercarse pudo observar que algunos de ellos tenían facas y cañas en las manos. En un primer momento no entendió la razón, pero las bromas y guasas de todos le hicieron comprender que se trataba de un juego..., o algo así.
Habían dos moriscos que llevaban sendas carretillas llenas de cañas de azúcar y animaban a los presentes al desafío del cañaduz. Enseguida entendió las sencillas reglas del juego de apuestas sobre la habilidad para cortar las cañas al vuelo. Con una mano se cogía la caña sosteniéndola verticalmente en alto y en la otra mano se sujetaba firmemente la afilada faca que al soltar la caña buscaría su parte inferior con la intención de cortar a lo largo la mayor parte de caña. Cada jugador cortaba de la caña el trozo que había rajado y al final de la apuesta el que tenia menor cantidad de caña era el que perdía, pagando el precio de las cañas y la apuesta que habían hecho.- ¿A tres cañas golfín...?
Uno de los soldados, llamado Quico, retaba a Guillén, que contestó al tanto – No tengo dineros.
- Yo pago si pierdes – Dijo don Ramiro - y apuesto por ti dos reales de plata.
Se dispuso el corro y se apartó a la chiquillería que como moscas acuden a estos lances para recoger, mascar y chupetear los trozos de cañaduz que los contendientes les regalan al final del juego.
Varias apuestas se dieron entre los presentes, se eligieron tres grandes cañas y Quico se dispuso a rajar su primera caña. Mientras su mano izquierda soltaba al aire la caña, su brazo derecho trazó de abajo arriba un arco que acertó de pleno en la caña rajándola más de medio metro. Quico cortó todo el trozo rajado y ofreció a Guillén el resto de la caña ...
- Corta con esto Guillén – dijo don Ramiro, ofreciéndole una falcata(3) que hizo brillar los ojos al golfín.- si ganas te quedas con ella.
Cortó de caña casi tanto como Quico, siendo éste, en su turno, el que rajó por completo el trozo restante entre el alborozo de la concurrencia. La siguiente caña fue casi por completo de Guillén y en la tercera y última solo dejó un palmo de caña para Quico. Las apuestas se pagaron a favor del golfín y don Ramiro observaba divertido como Guillén blandía y contemplaba con satisfacción el arma que le había regalado.
La jornada trascurrió entre unas cosas y otras hasta el atardecer, después de despedir la galera que partió hacia Tremecén, Guillén se entretuvo contemplando el trajín que se traían para cargar una nao con multitud de barrilillos de madera llenos de pequeñas plantas de cañaduz con destino a las Canarias para seguir su viaje a las nuevas plantaciones de la isla Española, allá en las Indias.
Después de ponerse el sol se dispuso un fuego en la playa y todo el mundo se relajó con la cena, regada al final con el licor de caña que por aquellas tierras se usa y que emborracha con más rapidez de lo que uno se espera. Guillén solo tomó un sorbo que le ofreció don Ramiro, aprovechando la oportunidad para decirle que se marcharía para el día siguiente.
- Marcha en paz y que la Virgen de la Fuensanta guíe tus pasos y llene tu vida de fortuna.No aceptó Guillen que le diesen ninguna caballería y solo aceptó unas monedas de a real que le dio don Ramiro, algunas provisiones, una lanza a la que redujo su envergadura a la mitad, además del cuchillo largo con el que don Ramiro le obsequió, y sin despedirse ni esperar a que amaneciese emprendió la marcha hacia el norte.
Su marcha fue rápida, de tal modo que en tres jornadas empezó a ver las primeras casas de Granada sin que en ningún momento se decidiese a entrar en la ciudad. Buscó el camino de la sierra para tomar la ruta de Guadix. Caminaba durante el día y todas las noches dormía en pleno campo buscando solamente el amparo de alguna roca o un pequeño conjunto de arbustos. Guillén era especialmente hábil para encontrar alimentos y nunca le faltaba una pieza de caza que él lograba con las trampas que ponía.
_____________________
1.- Benaudalla
2.- Vigilante nocturno
3.- Cuchillo largo
¿Dónde estará Gabriel Rojas Solís?
La tarde empieza a decaer, la tarde es de un día cualquiera del año dos mil dos, la tarde es agradable en este patio interior de una casa de la calle Llana.Somos cuatro hombres alrededor de una mesa; uno de los cuatro, canta con voz monocorde y soniquete cadencioso:
Aprieta el paso María
si a tu Hijo quieres ver
tres horas faltan “pal” día
tres horas faltan “pal” día
y ya empieza a amanecer
Viva Jesús Nazareno
Este hombre es Gabriel Rojas Solís, o ¿acaso es “San Dimas”?.
Lleva cincuenta y cinco años saliendo en Semana Santa, representando la figura de San Dimas y no necesita “el rostrillo”, todas las personas de mi edad, no recuerdan otro Dimas que no sea él.
Cuando tenia ocho años, allá por el mil novecientos cuarenta y seis, un pariente suyo, Fernando, que estaba de zapatero con Federico Porras le traspasó las ropas y los “avíos” del mal ladrón.
Un tío suyo que hacía de Dimas, durante un desfile procesional, le traspasó la personalidad del buen ladrón y desde ese momento ha sido y se ha sentido Dimas. Hombre humilde y sencillo se emociona reiteradamente, mientras cuenta y no para, sus vivencias ligadas a la Semana Santa de Alcaudete y su historia, que él dice conocer de boca de Antonio Sarmiento, el que es suegro de Paco Osuna.
¡Gabriel come!, ¡Gabriel bebe! ..., Gabriel habla sin parar, canta los “pregones”, recita y explica, filosofea sobre lo antiguo y lo nuevo, y dos lágrimas afloran a sus ojillos tristes de vez en vez.
Viva Jesús Nazareno
...Viva Jesús Nazareno repetimos los que le entrevistamos.
Gabriel es hijo de apóstol, a “Santiago el Mayor” llego a ser su padre, después de ser apóstol durante cuarenta y dos años se fue de este mundo dejando solos a su mujer y a su hijo Gabriel, (o ¿acaso es “San Dimas”?). Se llamaba Julián Rojas Expósito y no pudo llegar a ser San Pedro, porque Manolico Moreno, “el panaero” tuvo vida mas larga que él.
Cuenta Gabriel que el rostrillo de su padre, fue la cara de Jesús, cuando un hombre lo representaba en Paso Viviente que se hacía “en un rincón de la Plaza, donde estaba Correos, junto a las escalerillas del Alcaudetejo, hace muchísimos años”.
Su madre “Bernardina”, pero que en realidad se llamaba Maria Ángeles, y él, han vivido en la calle Baja, hasta que hace catorce años lo dejo solo, quizás para reunirse con su hombre, el que fue devoto representante de Santiago el Mayor.
Gabriel está solo, cuida de si mismo y de sus aves en la casa de toda su vida; tiene un hermano por tierras de Cataluña, unas primas y algún que otro pariente, pero está solo; bueno solo no, tiene a San Dimas, todos tenemos Ángel de la Guarda, pero él tiene a San Dimas.
“...que correoso estás, no te pones viejo” le dicen, “será porque San Dimas cuida de mi”, contesta Gabriel, “Nunca he querido recogerme con una mujer, sabe usted, la mujer tira para si, por no dejar solos a mis padres, y ahora ya es tarde, soy mayor y el miedo a si doy un mal golpe me retiene mucho”.
Al llegar Jesús al Calvario
Ve a Dimas con gran pena
Y le dice: tu no sientas
Que tu dicha será buena
Ya sabes lo que te digo
Mañana serás conmigo
Dimas en el Paraíso
Viva Jesús Nazareno
...Viva Jesús Nazareno, respondemos.
El Paso viviente de Dimas, Gestas y el soldado romano, pertenece a la Antigua e Ilustre Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, Santísimo Cristo de la Columna, Santísimo Cristo de la Expiración y Santísima Virgen de la Amargura.
Esta pasada Semana Santa y en la puerta de Santa Clara, mientras salía el Cristo de la Columna, “San Dimas” se quejaba de no tener romano que sujetara a los dos ladrones; el que estaba previsto falló y Gabriel no dormía ni comía de la preocupación, al final se solucionó el problema y respiró tranquilo.
Recuerda cuando el capitán romano los llevaba a la cárcel de la calle Santa María, y cuando los sacaban al paso el Señor.
Recuerda y recuerda, antes era mejor, “...la gente joven de hoy no quiere sujetarse, sabe usted”.
Los pregones se pueden perder, la gente joven no se los saben y deberían aprendérselos para que no se pierdan, se angustia ante tal posibilidad y recaba la ayuda de “gente principal“.
Hemos pasado cinco horas de charla, cinco horas en el medievo, hemos aprendido mucho de un hombre humilde, un hombre de una fe ciega y férrea, que cree a pies juntillas las historias y leyendas que nos cuenta; que siente la importancia de su papel y que se duele de abandonar al Señor en la procesión.
“Pero hombre, ¿cómo vamos a dejar solo al Señor?”
“Gestas, al Señor con lo bueno que es y los milagros que hace, lo van a crucificar, imagínate lo que nos van a hacer a nosotros, con el interés que nos tienen”
Texto y Dibujo de Eduardo Azaustre Mesa
31 enero, 2010
El golfín, el freire y el arquero
PREAMBULO DE LA NOVELA
Alcaudete 19 de enero 2001.
Antonio el albañil se había marchado ya y la penumbra comenzaba a invadir la estancia. La reforma de mi casa, en la calle Carnicería, iba más lenta de lo que yo deseaba y no estaba muy de acuerdo con la opinión positiva que todos me daban sobre la marcha de las obras. Por la mañana habían descubierto el suelo de la salita, habitación que ocupa la parte izquierda de la casa según se entra y con ventana a la calle. Para mi sorpresa habíamos encontrado un suelo empedrado bajo las baldosas grises y rojas que mi abuelo mandó poner en los suelos de toda la vivienda cuando la construyó allá por los años cuarenta. Estas baldosas habían quedado enterradas bajo el terrazo que mi padre había superpuesto en los años setenta.
El empedrado me había impresionado sobremanera, parecía en un primer momento como si la entrada a la cuadra de la casa hubiese sido por ahí. Esta casa estaba derruida por las bombas de la guerra civil y mi abuelo la compró para levantarla de nuevo. Seguro que vio las piedras pero se limitó a poner el nuevo suelo sobre el los cantos rodados y decidí que yo haría lo mismo colocando antes una rejilla de mallazo y una buena masa de hormigón. Lo que me llamó la atención fue la disposición de las piedras formando un dibujo y la losa de casi un metro de lado que se encontraba junto a la pared de la izquierda. Todo el día estuve a punto de decirle a Antonio que levantase la losa pero al final decidí no hacerlo. Cuando me quedé solo tanteé la superficie y sopesé la posibilidad de levantarla yo.
Con la ayuda de una azada y un pico de los albañiles comencé a levantar las piedras del borde de la losa y a buscar hueco para levantar la gran piedra. Casi dos horas pasé hurgando en derredor suyo y por fin pude hacer palanca con un viejo hierro. Mi decepción inicial fue muy grande ya que bajo la piedra solo había tierra compactada. Me quedé mirando el hueco que había dejado la roca y me dije a mi mismo que era muy rara la superficie descubierta, tan lisa y sin ninguna china o piedrecita en el perímetro. Con un palustre comencé a rascar la superficie y a los tres o cuatro centímetros de profundidad encontré algo blando y rugoso. Saqué un trozo y me pareció que era piel o pellejo de algún animal, seguí mi tarea y al rato tenia a la vista un paquete de cuarenta por setenta centímetros y un grueso que superaba en mucho la cuarta. Lo que parecía piel corroída y que se desmenuzaba, era la envoltura en varias capas de un cofre de vieja madera con herrajes oxidados y que prácticamente se quedaron entre mis dedos al descubrirlos. No tuve casi ningún problema en abrir la tapa y en su interior pude ver un nuevo paquete de piel que estaba en mejores condiciones de conservación. Me sentí excitadísimo por el hallazgo, tomé un respiro y bebí un buen trago de agua, que falta me hacía. Después de lavarme las manos, saqué con sumo cuidado el envoltorio y lo deposité sobre una mesa. Como ya he dicho era un paquete hecho con una zalea de cordero y atado con guita de cáñamo. Con toda la delicadeza del mundo fui abriendo los dobleces y soltando la cuerda hasta que ante mis ojos aparecieron dos libros de distinto tamaño encuadernados en piel de vaca y que visiblemente eran de épocas distintas, junto a ellos había una capuchina de bronce milagrosamente bien conservada y que solo tenía una parte de su panza cubierta por el verdín del óxido. Sobre el libro más antiguo he de decir que tenía una cruz hecha con flores de lis en su cubierta, que estaba manuscrito en latín y que sus hojas eran de una muy buena calidad de vitela. Estaba escrito en letras muy pequeñas y cubriendo casi toda la superficie de sus hojas y en la tercera página había un precioso dibujo miniado donde se podía ver una mesnada de guerreros jaleando a su caudillo que, a caballo, portaba un estandarte aragonés y que me pareció identificarlo con Roger de Flor o de Lauria, por las representaciones que de ellos recordaba en mis viejos libros de bachillerato.
En el segundo libro las pastas estaban repujadas y en el cuero de su superficie se podían ver caracteres de letra gótica que ponían “La Rosa y la Capuchina”. Inmediatamente comprendí que los libros estarían relacionados entre si de alguna manera, aunque mis conocimientos de latín no me permitían entender el texto del libro más antiguo me aferré a la idea de que era un libro histórico sobre las andanzas de los almogávares en el Mediterráneo. Hojeé una y otra vez ambos libros, limpié la palmatoria y decidí dejar para el próximo día el análisis de mi descubrimiento. El tiempo había volado y ya era pasada la media noche así es que me fui a la cama sin cenar, al día siguiente era sábado y los albañiles no venían, ya decidiría que hacer con el agujero en el suelo y con el asombroso descubrimiento.
Cuando escribo estas letras han pasado dos semanas de mi descubrimiento. Decidí ocultar a los albañiles lo encontrado y esta mañana ha quedado cubierto y terminado el suelo de la salita con la nueva cerámica. Me he afianzado en la conclusión de que, los autores de los dos libros están separados en el tiempo un centenar de años o más. Son muchos los interrogantes que tengo al respecto pero ante todo he decidido transcribir al ordenador todo lo que he empezado a leer en el libro más moderno. Tiempo habrá de analizar el contenido del libro más antiguo y tomar otro tipo de decisiones al respecto. Lo que a continuación se podrá leer es una copia lo más rigurosa posible del contenido del libro en castellano antiguo y solo me permitiré la licencia de añadir las consultas al diccionario que yo mismo haga para la buena comprensión de lo que en él se diga.
21 enero, 2010
De Don Benito a Alcaudete.
Cuando cumplí los cinco años, ¡Cuanto tiempo hace de eso!, mis padres me llevaron a vivir a Extremadura, a la ciudad de Don Benito. Allí aterrizamos el año de 1950, para que mi padre ejerciese de director en un Grupo Escolar, como primer destino de sus oposiciones recién aprobadas. Procedíamos de Cádiz, donde habíamos vivido desde mi nacimiento en Alcaudete y donde mi hermana vino al mundo. En esos años la precariedad de nuestra vida era bastante grande, aún no se había acabado la posguerra y costaba mucho sacudirse la miseria que eso arrastraba. Para la mente de un niño, estas cosas no eran importantes, pero si que es necesario situar al lector en esa época y en esas vivencias.
Todos los veranos, cuando mi padre daba vacaciones, teníamos la imperiosa necesidad de viajar a nuestro pueblo, así es que mi madre ordenaba el equipaje en un par de maletas de madera para la ropa, una bolsa de cretona con anillas para otros enseres y una cesta de caña para el pequeño botijo y la comida. Vencida la tarde, salíamos los cuatro de casa con la pretensión de subir a un tren que nos dejaría en Almorchón, en la primera etapa del viaje a Alcaudete. Mi padre echaba delante con una maleta en cada mano y detrás íbamos el resto agarrados a la bolsa y la cesta. Nos acomodábamos como podíamos en un vagón de madera con incómodos asientos y entre otros viajeros que portaban talegas y cestas, de las que a veces asomaba la cabeza algún pollo. Casi nunca faltaba entre el personal un soldado o legionario y el típico gañan, con alpargatas, pantalón de pana y chaleco, tocado de gorra o boina que, de vez en cuando, liaba un cigarro de "caldo de gallina" con la parsimonia de quien no tiene ninguna prisa.
Pitidos y chirridos presagiaban la salida, traqueteos y vaivenes anunciaban que nuestro viaje de vacaciones había comenzado y casi enseguida se producía la primera parada en Villanueva de la Serena. Ahí, a escasos seis kilómetros de la salida, ya le empezaba a pedir de comer a mi madre, por no sé qué extraña circunstancia, a mí, que era muy dengue para comer, se me despertaba el apetito con solo subir al tren. Mi madre sacaba de la cesta una hogaza de pan de la que cortaba un canto, sobre el colocaba un pequeño trozo de tortilla de patatas y cuando me lo comía, me daba un trozo de carne frita empanada.
A Almorchón llegábamos bien entrada la noche y no había más remedio que abandonar el tren pues en unas seis horas deberíamos tomar otro con destino a Puente Genil, segunda etapa de nuestro viaje. Cargados de bultos y con dos niños chicos, mis padres cruzaban entre vagones parados y vías, para tomar una habitación en una fonda que había en la misma estación. Recuerdo que me acostaba con mi padre en una de las pequeñas camas y en la otra mi madre y mi hermana, los techos altos de la habitación, iluminados por el resplandor que se metía en la habitación desde una cristalera que había sobre la puerta, los silbidos de las máquinas de vapor, el ruido de las maniobras ferroviarias y el picor, el picor de las chinches que se turnaban en martirizar a mi padre o a mí. Seis horas de duermevela, de sobresaltos e incomodidad, que acababa cuando mi madre me restregaba, por la cara, una toalla impregnada en colonia para que me espabilase.
De nuevo la marcha con el equipaje a otro tren, el que nos llevaría a la ciudad de la carne de membrillo, otro tren diferente aunque igual de incómodo, tirado por una locomotora de vapor que era la culpable de los churretes de tizne y de las pitarras de carbonilla que mi madre me quitaba hábilmente de los ojos con la punta de un pañuelo.
Me gustaba mirar los campos por la ventanilla, a la que no alcanzaba desde el suelo, la única posibilidad es que mi madre me dejase subir al asiento y desde ahí si que se veía bien, los campos de cereal, los cerros lejanos, los viñedos, los rebaños, los olivares y las estaciones, con el trajín de las gentes que subían y bajaban en cada parada. El revisor con su gorra y la herramienta que usaba para picar los billetes, así como la pareja de la Guardia Civil con sus fusiles y tricornios eran personajes que llamaban, poderosamente, mi atención.
- "Mamá tengo pipi".
- "Díselo a papa".
Y allá que nos dirigíamos los dos, a un retrete estrecho y encharcado donde orinar entre los vaivenes del vagón, mirando el agujero del water por el que se veía el suelo en movimiento entre las vías.
En Puente Genil había que cambiar de tren otra vez y eso lo hacíamos bien pasado el medio día, aunque, en esta ocasión, no teníamos que esperar mucho para partir hacia Alcaudete. La tortilla, la carne empanada, las magdalenas y la poca fruta tocaban a su fin, así es que dábamos buena cuenta de lo que quedaba, bebíamos agua del botijo que habíamos llenado por última vez en la estación y mis padres se armaban de paciencia para contestar mi constante pregunta sobre lo que faltaba para llegar..., unas cuantas horas aún.No era extraño permanecer parados, durante un buen rato, en mitad del campo, esperando no sé qué, hasta que un silbido de la máquina y los correspondientes chorros de vapor nos anunciaban que proseguía la marcha.
Y de pronto, cuando menos lo esperaba..., "Venga que ya llegamos..., agárrate que vamos a bajar..."
En el mismo andén de Alcaudete-Fuente de Orbe, casi siempre había alguien que saludaba a mis padres y que me acariciaba la cabeza, acomodábamos las maletas sobre el techo de un curioso vehículo a motor, especie de pequeño camión adaptado a autobús con carrocería de madera y lentamente nos desplazaba cuesta arriba camino a la plaza de pueblo, total casi veinticuatro horas para ir de Don Benito en Badajoz a Alcaudete en la provincia de Jaén..., unos trecientos cincuenta kilómetros interminables y toda una aventura.
17 diciembre, 2009
A todos nuestros amigos y familia, así como a los que ocasionalmente visitáis este blog os deseamos lo mejor para estas fiestas y el año 2010
03 diciembre, 2009
Las Edades del Hombre, Soria 2009
Cuando en el 2002 organizamos un viaje a Murcia para ver "Huellas" en su catedral, ya había visitado en un par de ocasiones "Las Edades del Hombre", que desde Valladolid 1988, año en el que comenzó a celebrarse este evento, culmina este año con la Exposición de la concatedral de Soria, a la que voy a hacer referencia en este escrito sobre mis viajes.También había tenido oportunidad de visitar en Valencia, "A la Luz de las Imágenes", magna exposición de similares características que año tras año se organiza en la comunidad valenciana y esto me ha hecho reflexionar en muchas ocasiones, sobre cuales han podido ser las razones que hayan impedido la existencia en Andalucía de una Fundación similar a la Murciana, Valenciana o Castellano-Leonesa. Porque, arte religioso, en Andalucía, hay, en calidad y en cantidad.
Cuando me informaron de la excursión que la parroquia de San Pedro de Alcaudete, preparaba para el fin de semana del 21-22 de Noviembre, yo tenia programado desde un mes antes mi viaje a Soria para ver esta maravillosa muestra, así es que el lunes 23 de ese mismo mes salimos con destino a Madrid, donde tengo parada y fonda asegurada y de paso cumplía con el imperioso deseo de coger en mis brazos a ese maravilloso nieto que tengo desde hace dos meses y medio.
La mañana del martes 24 amaneció radiante. Salimos a eso de las nueve y en tres horas escasas nos encontrábamos ante la remodelada ermita de San Baudelio de Berlanga, que es motivo del cartel anunciador de estas Edades del Hombre 2009. La visita a esta pequeña capilla merece el viaje por si sola. Como decía la señorita que nos explicó su historia, nos encontrábamos en la Capilla Sixtina del arte Mozárabe. Si tuviera que contar lo que aprendí en aquel templo, llenaría más paginas de lo que da este relato de viajes. A la salida, solo pude lamentar que mis paisanos, que habían estado por allí el fin de semana, no hubieran podido contemplar esa maravilla.
Sólo se tardaba media hora en llegar a San Miguel de Gormaz, pero echamos bastante más, ya que al paso por Berlanga de Duero, nos llamó la atención su arquitectura, así es que aprovechamos para tomar algo y darnos una vuelta por sus soportales.
La ermita de San Miguel de Gormaz, está situada en la ladera de la colina que domina la fortaleza califal de Gormaz, que es lo más grande en fortaleza que he visto en toda mi vida. La ermita tiene una pila bautismal excavada en el suelo del recinto central y sus pinturas son impresionantes. Otra visita que lamentablemente se perdieron los alcaudetenses que visitaron Soria.El Burgo de Osma era nuestra siguiente parada, programada para comer lechazo, pero eso no fue posible, solo nos ofrecieron cochinillo y ese no era el objetivo así es que nos conformamos con los platos de un decepcionante menú.
El Burgo tiene una catedral con "tos los avios". la abrieron a las cuatro de la tarde y el paseo por su museo, claustro e interior dio el tiempo suficiente como para difuminar la somnolencia que acostumbra a aparecer tras las comidas. Esta catedral nos encantó, como templo y por la riqueza de sus tesoros artísticos, muchos de ellos trasladados a la concatedral de Soria para la exposición de las Edades del Hombre.
Anochecía cuando llegamos al parador nacional de Soria y decidimos no salir hasta la mañana siguiente. Este alojamiento es de primera categoría, confortable y muy moderno, acogedor y con unas vistas sobre la ciudad que no dejan indiferente a nadie.
Nos acercamos a su entrada que permanecía cerrada y como faltaba un buen rato para que abriera sus puertas decidimos desayunar. Sin saberlo, nos enfrentábamos a una ardua tarea. Entramos en tres bares en nuestro camino hacia el centro de la ciudad. La bollería brillaba por su ausencia, las tostadas no existen, y solamente se nos ofrecieron unos torreznos que en un principio nos parecieron churros y alguna que otra tortilla de patatas..., "es que verá usted aquí no desayunamos, aquí almorzamos".Otra cosa fue al llegar al centro. Entramos en Collado 58, una cafetería bien equipada y bien servida donde había una oferta completísima, ¡hasta churros tenía!. Desayunamos bien y lo que nos apeteció, pero dada nuestra peregrinación para hacerlo, se nos ocurrió preguntarle a Jose, el camarero, en dónde podríamos cumplir al mediodía con nuestro deseo del churrasco. Fue muy amable y desde estas lineas le agradecemos su recomendación que después comentaré.
Por la calle de la Zapatería y calle Real adelante nos acercamos a la concatedral para ver la exposición. Allí nos unimos a un grupo que liderado por una documentada guía recorrió ordenadamente todas las fases de la muestra. Nunca decepciona este tipo de evento y seguro que mis paisanos que estuvieron el domingo visitando la muestra, disfrutaron contemplando las espléndidas pinturas y esculturas que allí se pueden ver.
Al acabar el recorrido regresamos al interior con la finalidad de ver un audiovisual sobre el románico, aprovechando para descansar sentados un ratito. Salimos al claustro y a la calle, en busca del churrasco que no pudo ser el día anterior.
Centro de la ciudad de Soria. Calle Numancia 6. Asador Ecus. Para evitar sorpresas habíamos reservado mesa. El día se había vuelto desapacible y agradecimos que nos diesen la mesa junto al horno. Un guiso de almejas concha-fina sirvió como entrante, mientras esperábamos que saliese del horno nuestro cordero. Las almejas estaban extraordinarias, máxime si tenemos en cuenta que nos encontrábamos a bastantes kilómetros de la costa.No se si volveremos a comer un churrasco tan bueno y desde aquí recomendamos a quién visite esta capital que no olvide el Asador Ecus, un lugar donde se come un cordero exquisito, entre otras cosas.
La tarde no invitaba a pasear así es que nos retiramos al parador. Ya no saldríamos hasta la mañana siguiente que se presentó lluviosa. Nuestro destino estaba en Santa María de Huerta, muy cerca de la provincia de Zaragoza. Al lado de la A-2 Madrid-Barcelona se encuentra esta pequeña población que es sede de un impresionante monasterio cisterciense, que queríamos visitar desde hacía tiempo.
Merece la pena la visita. Su iglesia de dimensiones casi de catedral, sus dos claustros, el herreriano y el gótico-plateresco, el refectorio, la cocina, el comedor de conversos nos trasportan a otras épocas y asombran por la belleza de las estancias. Si tiene oportunidad, hágame caso y visítelo, que me lo agradecerá.Después de comprar una hogaza de pan, algo que hago siempre que encuentro, nos dirigimos a Madrid, pero con una última parada para comer en Alcalá de Henares, otro lugar que me enamora. Pasar por la fachada de su Universidad, la plaza de Cervantes, los soportales de su calle Mayor..., es un placer del que no me privo siempre que tengo posibilidad.
En Madrid me esperaba otra historia, mi nieto Mario.Para saber más de San Baudelio:
http://www.turismo-prerromanico.es/arterural/SBBERLANGA/BERLANGAficha.htm
http://www.lasedades.tv/video/17/San_Baudelio.htm
Para saber más de San Miguel de Gormaz:
http://www.lasedades.tv/video/16/San_Miguel.htm
http://www.astragalo.net/articulos/gormaz.htm
Para saber más del monasterio de Sta Mará de Huerta:
http://www.monasteriohuerta.org/
La segunda semana de Septiembre 2009 en Menorca.
Nuestro hotel se encontraba en Es Castell la antigua población de Villacarlos, situada a la entrada del puerto de Mahón, muy bien comunicado con esta ciudad. y muy cerquita de Cales Fonts, antiguo muelle de pescadores, de preciosa estampa mediterránea, donde las terrazas de los bares y restaurantes junto con los puestos de artesanía, comparten un paisaje espectacular a la orilla del mar con algunas cuevas transformadas en tiendas y tabernas de pescadores.
Mi criterio, cuando visito algún sitio a donde me he desplazado con avión, es utilizar los medios públicos de transporte, así es que este medio es el que usamos para desplazamos por la isla.
La ciudad de Mahón es la típica ciudad mediterránea, llena de turistas todo el año y que en esta ocasión está llena de obras aprovechando el PlanE como en toda España. No trataré de hacer una descripción de monumentos, eso viene en cualquier guía turística, así es que me limitaré a describir mis sensaciones. A Mahón se llega en autobús hasta la estación de autobuses, de nombre "Cavallitos" y que se encuentra en la plaza de la Esplanada de la que sale la calle de las Moreres que nos lleva al centro. El bullicio es constante y sus cafeterías están siempre llenas, siendo la amabilidad de sus gentes lo primero de lo que nos damos cuenta. Al llegar a la parte más céntrica y antigua podemos contemplar como las calles caen en cuesta hacia el puerto en el que los barcos de pasajeros y mercancías se afanan en maniobras de atraque y salida. Una de las cosas que más me llamó la atención fue su mercado, que se encuentra ubicado en el claustro de su iglesia del Carmen, (que está abierta al culto pues es la más importante de la ciudad), siendo los sótanos de dicho claustro un supermercado. Justo al lado se encuentra un precioso mercado de pescados, con un patio central y lleno de puestos con una variedad envidiable.
Por doquier hay panaderías-pastelerías donde poder comprar desde hogazas a las renombradas ensaimadas. Otra de las delicatessen que tiene esta isla es la deliciosa sobreasada, que aunque es un poco cara no tiene ni punto de comparación con la que encontramos en la península.
Ciudadela, la otra ciudad importante se encuentra al oeste, en el otro extremo de la isla. Se tarda una media hora en autobús y nosotros la visitamos por la mañana. Es una bonita población, que conserva más edificios antiguos que Mahón, siendo el paseo por sus calles una gozada. Allí compré una abarcas menorquinas para mi nieto Mario y deambulamos por toda la ciudad hasta la hora del mediodía en que nos encaminamos hacia los restaurantes del puerto con la obsesión de comer pescado, cosa que hicimos. A destacar las sardinas asadas y la jibia a la plancha, exquisitas.
Alaior es la tercera ciudad en importancia y por estar situada tierra adentro tiene un menor bullicio turístico, pero no por eso es menos gratificante el paseo por sus calles. En esta ciudad me percaté de una sana costumbre de los menorquines a la hora de dar nombre a sus calles.
Estas se llaman como los vecinos las han nombrado desde siempre, paseo de las Moreras, calle de los Novios o calle del Arraval, lo máximo a lo que llegan es a darle el nombre de un santo como el carrer de San Roc, pero evitan darle el nombre de un político o de algún personaje actual. Cuando desean homenajear a alguna persona, debajo del rótulo con el nombre de la calle colocan una placa en la que dicen que esa calle se dedica a la memoria de tal o cual persona.
Otra visita a no perderse es el paseo en barco por el puerto, que según nos dijeron, es el segundo puerto natural más grande de Europa con cinco km de longitud. Tomamos el barquito en Cales Fonts y tardamos en darle la vuelta más de una hora, con una parada en Mahón. Entre otras curiosidades nos llamó la atención los impresionantes chalets con acceso directo al agua propiedad de artistas y "celebritos" de todo el mundo entre los que se encuentran Iñaki Gabilondo o Mercedes Milá.
También son interesantes las historias que la guía nos contó sobre las islas que se encuentran dentro del puerto, como la Isla de la Mola, unida a tierra, que forma parte de la base naval y es el punto más oriental de España. otra es la Isla del Rey que es por donde desembarcó el Rey Alfonso III de Aragón en su expedición de conquista, y finalmente, la Isla del Lazareto, sede de eventos científicos y congresos.
Por último e imprescindible es visitar la Cova d'en Xoroi, en Cala en Porter, a un cuarto de hora de Mahón y en la parte sur de la isla, se trata de una cueva en el acantilado, con muchas terrazas y balcones colgados sobre el mar. Las puestas de sol ahí, son impresionantes. Se visita durante el día y en la entrada lleva incluida una consumición. Por las noches se transforma en una discoteca que hace las delicias de los turistas que la visitan.
12 septiembre, 2009
Cartas a mi madre Estrella Mesa.(1)
Hola mamá: Ya soy abuelo y estoy tan contento..., ¡tú te lo has perdido!.., por sólo veinte días no has conocido a tu primer biznieto. También es mala pata, ¿que prisas había en que te murieses? ¡Con lo bien que estabas!.., pero bueno eso ya no tiene solución.El caso es que el lunes siete de septiembre nos pusimos en marcha hacia Madrid, porque tu nieto Ricardo, e hijo mío, me llamó bien temprano para decirnos que el parto era inminente. Cogí el coche y despacito y con buena letra, caminito de los Madriles. Un día espléndido, agarrado al volante y por esos campos de la Mancha, íbamos entre ilusionados y preocupados, porque ya sabes..., a nosotros nos gusta eso de preocuparnos y pensar mil y una cosas, no todas buenas, hasta que la radio me sacó de mis pensamientos con una entrevista que José Ramón Lucas, el de radio nacional, le hacía a no sé quien. Era la voz pausada de un hombre que contaba una historia que de seguido me atrapó. Contaba que un señor paseaba por un parque frondoso y bien cuidado, disfrutando de las flores y plantas que en él había, hasta que reparó en unas lápidas con inscripciones de difuntos, al parecer, muy jóvenes..., "vivió tres años"..., "vivió siete años"...
Leía lápida tras lápida y no llegaba a ver ninguna dónde se indicara que el yaciente hubiese vivido más de once años. Esto empezó a entristecerlo hasta el punto de sentir una gran congoja, por lo visto, pensó, se trataba de un cementerio de niños y decidido se dirigió hacia un jardinero que por allí había.
- ¿Me podría decir porqué hay tantos niños muertos en este lugar?¿Qué desastre ha debido ser para tal mortandad?
- No señor - contestó el jardinero sonriendo - no se trata de niños sino de personas bien adultas en su mayoría, como en cualquier otro cementerio. Lo que a usted le ha llamado la atención sobre los años vividos, yo se lo voy a explicar, si es su deseo...
- Si, si, por favor.
- Pues verá usted, en este lugar tenemos por costumbre que cuando los niños aprenden a leer y escribir, se les entrega una libretita que llevan permanentemente consigo. Una libretita que es para que apunten en ella los momentos felices que en su vida sean. Así pues si les regalan un pastel que les produzca felicidad anotarán en la libreta el tiempo que estuvieron disfrutando de él. El día de su boda. las alegrías familiares y todos sus buenos momentos se reflejan escritos con el detalle del tiempo que duró esa felicidad. Luego a la hora de su muerte recogemos la libretita, sumamos el tiempo vivido y olvidamos el tiempo pasado desde su nacimiento. Por eso usted sólo ve ocho o diez años vividos y no anotamos los ochenta años pasados desde que nació, pues a lo que le damos valor es al tiempo realmente vivido, intensamente y de forma feliz.
Me quedé tan estupefacto como el protagonista de esta historia y pensé en los pocos momentos que a lo largo de la vida podemos considerar realmente bien vividos y "con fundamento", como diría el Arguiñano.
Sólo llevaba en este mundo una hora y tres cuartos y estaba ante mí, dormido en una cuna de plástico transparente, grande y precioso, casi calvo y muy blanquito, como todos los niños de nuestra familia, con sus manitas que agitaba de cuando en cuando intentando asirse a algo imaginario..., y yo sólo acerté a buscar esa libreta del relato anterior, para anotar en ella este momento feliz que vivía, para que se tuviese en cuenta como uno de los más felices de mi existencia y para sumarlos a los otros momentos afortunados que en mi vida han sido.
...¡Es tan guapo, mamá!
21 agosto, 2009
¡Que guapa era mi madre!
Doce años me ha durado no estar "en primera fila", desde el miércoles pasado, diecinueve de Agosto de este año de 2009, ya estoy "en primera fila", como me decía "el Morenín".
Se me ha muerto mi madre y ya no la veré más. Estaba en una buena residencia privada de Alcázar de San Juan. Allí la han atendido y le han dado la calidad de vida que sus hijos no podíamos ni sabíamos darle. De hecho la llevamos a ese centro, porque se nos moría a chorros. Hace más de cuatro años ni nos conocía, el Alzheimer se iba cargando una a una las neuronas de su cabeza. Pudo con el cáncer de pecho, curó los huesos rotos de su frágil cuerpo, le pusieron prótesis en las dos caderas, superó una rotura de pelvis y por si eso fuese poco se le empezaron a desordenar los recuerdos y las ideas en su mente, confundía a su hijo Paco con su nieto Alberto, no sabíamos como hacerle entender que estaba en su casa y sufría por no reconocer su entorno ni a los suyos.
- Vámonos ya.
- ¿A dónde mamá?
- A mi casa.
- Pero si ésta es tu casa...
- Venga, déjate de tonterías y vámonos ya...
Ahora llevaba más de año y medio sin recaídas, había recuperado los recuerdos, nos conocía a todos y preguntaba por todo. Las imágenes de su juventud se empezaban a reordenar con las actuales en su torturada mente y mi hermana Estrella volvía a ser aquella Estrellita que ella tuvo en Cádiz y que durante un tiempo no sabía relacionar. El Alcaudete que existía en su cabeza volvía a tener imágenes y recuerdos más recientes, que se acoplaban a los de su juventud. Mi hermana iba todos los días a verla y de cuando en cuando, hojeaba con ella la revista Sierra Ahíllos. Al ver las fotos, reconocía a los que aparecían en sus páginas y hasta llamaba a las enfermeras para mostrarles, alguna de las imágenes que aparecen en mis colaboraciones, diciendo:
- Este es mi Eduardo.
Y sonreía, pícara y orgullosa, esperando la aprobación y admiración de ellas.
Ahora repaso y ordeno los recuerdos que me unen a mi madre y me hace feliz la imagen de su sonrisa, de su risa franca y alegre.
¡Que guapa era mi madre! Y no es porque yo lo diga..., que podéis preguntar a los que la conocieron. Guapa y buena, sencilla y humilde como ella sola, orgullosa de los suyos y capaz de renunciar a todo, por tal de evitarle un disgusto a cualquiera... ¡Que guapa era mi madre!
Ahora, me falta la certeza de poder verla y compartir con ella unas risas, me falta la alegría que trasmitía al estar a su lado, me falta, y ya para siempre. Me falta su vocecilla frágil, preguntándome por todo lo que en su mente la mantenía unida a Alcaudete. Se ha ido a pocos días de conocer a su primer biznieto..., unos van y otros vienen, es ley de vida, lo sé, pero..., me falta mi madre..., y eso..., me cuesta asumirlo y resignarme.
Alcaudete 21 de Agosto de 2009
19 agosto, 2009
Lanjarón, Puerta de las Alpujarras
Hace unos años, en los primeros días de Febrero, se me ocurrió acercarme a visitar Lanjarón en un viaje de regreso, desde Nerja a Alcaudete. La decepción fue tremenda, nunca se me habría ocurrido que esta población estuviese cerrada a cal y canto y casi no hubiese gente en sus calles.
Pero, en los primeros días de este caluroso mes de agosto de 2009, leí no sé donde, lo bien que lo había pasado una familia en Lanjarón y decidí pasar un fin de semana en este lugar llamado la Puerta de las Alpujarras. Aparte de esa experiencia de Febrero ya había estado en la ciudad de las aguas, pero solo de paso. fue allá por el dos mil o dos mil uno y no estuve más de dos horas, pues mi ruta era hacia la Villa Turística de Bubión y la de Laujar de Andarax, así es que poco contacto había tenido con la vida de Lanjarón.
Por Internet contraté tres noches en el Hotel Castillo que está situado en la calle Granada, con vistas a las ruinas del castillo de esta población. Ciento veinte euros, en medio del mes de Agosto, me pareció un buen precio por tres noches de pernocta, y el catorce por la mañana a eso de las doce ya estábamos paseando por la calle Real. Poco antes nos habíamos parado a pie de los gigantescos molinos de aire que hay antes de entrar en Lanjarón y poco después de pasar por el puente nazarí de Tablate, situado bajo el puente moderno que da acceso a las Alpujarras.
El hotel es razonablemente bueno, dispone hasta de Wifi gratuita, accesible desde casi todas las habitaciones, pero en cuestión de aparcamiento lo tiene difícil, aunque yo haya tenido bastante suerte para encontrar un lugar donde dejar el coche.
Lo primero que me llamó la atención en Lanjarón, fue la atmósfera decimonónica que perdura entre sus rincones y en las puertas de sus hoteles. Gente, generalmente mayor, con su vaso encastado dentro de una funda de mimbre, que va de acá para allá en busca de la fuente recomendada para beber el agua saludable que pueda mejorar su salud. Sentados a las puertas de los hoteles en una fila de sillones, donde toman el fresco y hablan de lo divino y de lo humano, contando anécdotas familiares y curiosidades de sus lugares de origen.
El Balneario no tiene hotel pero si un convenio de hospedaje con otro de la población. Después de recabar información, saqué la conclusión de que es un SPA al uso, adecuado a las características de sus clientes y que utiliza los recursos de las instalaciones antiguas que aún están en buen uso.
Por otro lado los médicos del balneario y en función de la dolencia a mejorar, recomiendan la cantidad, frecuencia y ubicación de las fuentes de las que es recomendable beber, ya que la mineralización de las aguas, que de ellas mana, es diferente de unas a otras. De aquí el trajín de vasos de un lado a otro.
En Lanjarón se come bien, yo diría que muy bien, desde el plato alpujarreño o las migas con todos sus avíos, hasta el menú del Hotel Lanjarón donde te sirven casero y rico, tres platos y postre con la opción de elegir cada plato entre varios. Todo por diez euros con vino o agua del grifo, no olvidemos que estamos en Lanjarón y sería absurdo pedir agua mineral en las comidas.
La mejor distracción son los paseos, calle Real arriba hasta la plaza del ayuntamiento, sin olvidarse de visitar la plaza de Santa Ana, y después recorrer el barrio Hondillo donde abundan los tinaos y las fuentes, para luego, sentarse en una terraza y beber algo diferente al agua, que generalmente se acompaña de una buena tapa de jamón.
Frente al Balneario está el Parque del Salado, repleto de eucaliptos gigantes que por las noches ofrece espectáculos gratuitos, escusa ideal para sentarse a tomar el fresco que se deja caer en las Alpujarras. Todas las noches hay algo, cine, flamenco, boleros, rock..., no es de gran calidad pero es gratis y eso basta para que no falte público.
La mañana del sábado nos acercamos a Òrgiva y a Torvizcón. Sentía curiosidad por pasearlos, ya que siempre había pasado por ellos sin parar el coche. En el primero hay una población guiri bastante considerable y tiene una zona alrededor de la iglesia bastante agradable. Torvizcón nos reservaba una sorpresa gastronómica la mar de curiosa. Con la idea de tomar un tentempié nos sentamos en la terraza de un pequeño hotel que está a su entrada. Pedimos unas cervezas sin alcohol acompañadas de una abundante tapa de carne guisada y curioseamos su carta para complementar la tapa. Tres euros y medio un bocadillo me pareció razón suficiente como para preguntar por el tamaño de los bocadillos...
-Pue una coza azí - nos dijo el camarero señalando con sus manos unos cuarenta centímetros de bocadillo.
- Como pa quitarle el hambre a una criatura.
De eso no había ninguna duda, así es que encargamos un solo bocadillo de morcilla exquisita que tuvo para comer los dos y para llevarnos, envuelto en unas servilletas de papel, lo que nos sobró.
Dulces y tortas, como los Jayullos, que hay que comprar los viernes a las 22 horas en el obrador de la pastelería Juan, La leche rizada de la heladería Venecia, quesos de leche cruda de cabra en el Arca de Noé, buñuelos con chocolate del bar Molinillas a la salida del pueblo en dirección a Órgiva y jamón de Trevélez o de la zona, que todo es bueno, son algunas de las exquisiteces que pudimos probar.
Tres días no dan para más y el lunes por la mañana tornamos a Alcaudete por la carretera antigua que pasa por Durcal, Padul y Armillas, donde después del tiempo pasado, aún son reconocibles lugares y parajes por los que pasábamos hace veinte años en camino hacia Salobreña.
10 agosto, 2009
Viaje en el sevillano a Barcelona
Rufo había vuelto de la mili en pleno verano. Atrás se había quedado Melilla y el traje garbanzo de los regulares y ahora con un frío húmedo y penetrante se encontraba de pie, en la estación de ferrocarril de Alcaudete-Fuente de Orbe, a dos metros del borde del andén y con su traje de los domingos. A su izquierda una maleta de madera, llena hasta los topes, que le habían hecho en la carpintería de Paco Ruiz, una caja de cartón atada con cuerdas a su derecha y justo al lado, su padre, silencioso y con los ojos brillantes, con la boina calada y el cuello de la pelliza subido, dando unos pequeños saltitos sobre el mismo sitio, haciendo temblar sus gruesos pantalones de pana beige e intentando calentarse los pies, que tenía embutidos en una abarcas de goma de neumático y esparto.
- Vas a agarrar un enfriamiento con tan poca ropa.- Que no, padre, no se preocupe usted, que llevo camiseta gorda y calzoncillos largos.
- Pero hombre, te tenías que haber puesto la pelliza...
- Ya estoy bien así, que no tengo frío...
Rufo se iba a Barcelona, su primo Casimiro le había calentado la cabeza durante la Velada de la Fuensanta, y en Alcaudete no encontraba nada para trabajar, como no fuera darle vueltas al olivarillo que tenían sus padres, esperar a la recogida de la aceituna o dar alguna peonada de albañil de vez en cuando. Casimiro, que ya había pillado el acento y hablaba fino, trabajaba en la Montalfita de Badalona y le había dicho que al día siguiente de llegar, tendría trabajo allí mismo, en el Cotonificio o en la Cross, que si sobraba algo en Cataluña eran puestos de trabajo, que Barcelona era lo más de lo más y que no se lo pensara dos veces...
La Mari Puri, la medio novia que tenía, se había quedado llorosa y anhelante, pero ilusionada en que volvería, una vez que encontrase trabajo, para casarse con ella y entonces le podría acompañar a Cataluña, para crear una familia con muchos niños.
- Ahí viene..., que escribas, que tu madre ya sabes que se preocupa...
- Si padre, no se preocupe, que estaré bien...
La cochinica hacía su entrada en Alcaudete-Fuente de Orbe y después de un abrazo y siete u ocho besos seguidos y apresurados se subió con los bultos al vagón, permaneciendo allí, sin moverse y mirando a su padre, que se había quitado la boina y que la estrujaba entre sus manos nervioso.
Después de que empezara a moverse la unidad, se dispuso a buscar asiento, pero fue infructuoso, así es que se sentó sobre la maleta, cerca de una ventanilla y se entretuvo contemplado los olivares hasta llegar a Jaén, después de pasar por Vado Jaén, Martos, Torredonjimeno y Torre del Campo.
En Jaén hizo trasbordo a un pequeño tren de tres unidades que enlazaba con Espeluy, para, una vez allí, esperar al Sevillano. Hora y medía de espera no era mucho, pero le sirvió para reponer fuerzas. Se sentó en la sala de espera, buscando un poco de calor, ya que en los andenes había empezado a caer aguanieve y no estaba la cosa como para hacer gasto en la cantina de la estación de Espeluy. Sacó del paquete que llevaba, una hogaza de pan de la que cortó un canto y extrajo una pequeña ollita de las de color granate oscuro y de interiores azulados, para desatarle las asas que sujetaban la tapa con una guita, apartó unos trozos de carne empanada frita y se sirvió un buen trozo de tortilla de patatas, ahogadiza, pero que le supo a gloria, mientras se atizaba varios tragos de una bota renegrida que en la víspera había llenado en la bodega de Bernardo, en la calle Carnicería. Una manzana harinosa, de las que su madre conservaba en los estantes de la bodega dio fin a la comida y se preparó para abordar el tren.
El andén de Espeluy estaba a tope. Gentes de otros pueblos cargados de bultos variopintos: maletas, colchones, cajetas y hasta muebles. Una montón de cosas que se llevaban a su nuevo destino, para ahorrarse comprarlos de nuevo a donde iban. Los trastos y los niños chicos se introducían hasta por las ventanillas y como por arte de magia se vació el andén en pocos instantes.
El Sevillano era un tren de una vez, nada que ver con el vagón en el que había venido desde Jaén, con aquellos asientos de madera, esperando ver de un momento a los indios con plumas atacando al convoy, el traqueteo de los vagones al pasar por las juntas de los raíles sin soldar, el chirrido de las uniones y tirantas de las unidades, dando la sensación de que el tren se descuajaringaría de un momento a otro. El Sevillano era metálico y con muchos vagones, tan largo que costaba ver los detalles de la locomotora de carbón allá a lo lejos, que según oyó decir, cambiarían por una más moderna de gasoil en la estación de Linares-Baeza. Muchos departamentos tenían acceso directo al exterior y asiento corrido, con respaldo mullido y tapizado de hule azul, a derecha e izquierda. En el departamento al que accedió solo había sitio para él, así es que situó su equipaje y se sentó entre una oronda mujer que mecía en sus brazos a un chiquillo que dormía plácidamente y un hombre de mediana edad que leía con dificultad un periódico de grandes hojas.
Al llegar a Linares-Baeza se bajaron dos pasajeros y el lector de periódico, con el que no había mediado palabra, y esto le permitió acomodarse holgadamente, ya que solo subió al departamento un soldado con un voluminoso macuto. La mujer del crío en brazos, se lo había traspasado a su vecina de enfrente y había bajado un cesto, del que extrajo un buen trozo de pan sobre el que colocó una hoja de tocino entreverado que cortaba con habilidad ayudada de una navaja.
- ¿Ustedes quieren?
- Que aproveche. Gracias.
El hule azul que forraba el asiento no era tan cómodo como había pensado en un principio, por eso se levanto e intentó ir a la cantina, pero no se atrevió, le dio una especie de vértigo al pensar que se le escapase el tren, así es que volvió a su asiento.
El soldado que acababa de subir al tren se había sentado enfrente de Rufo y enseguida sacó de la mochila un bocadillo liado en papel de estraza que, en tres bocados, se zampó sin decir ni una palabra. Casi sin terminar de masticar, sacó un paquete de Ideales y le ofreció tabaco a Rufo. Invitación que rechazó con un gesto, indicando claramente que no era fumador. El quinto encendió el pitillo y se quitó las botas, que dejaron al descubierto unos gruesos calcetines blancos, estiró las piernas, y colocó los pies al lado de Rufo, embriagándolo con un inconfundible tufo.
Así aguantó lo inaguantable hasta que al ver las primeras trincheras de Despeñaperros, le dió un empellón a las piernas del soldado para pasar hasta la ventanilla desde la que podría ver los picos desnudos de roca y dejar de oler a pies, para, en su lugar, percibir otra mezcla de desagradables olores entre los que sobresalían las cascaras mustias de naranja que rebosaban un cenicero. Ni siquiera intentó abrir la ventanilla, afuera debía hacer mucho frío y en el vagón se empezaba a notar que habían puesto la calefacción.
No faltaría mucho para amanecer cuando, entre chirriantes ruidos, el tren se detuvo lentamente en la estación de Alcázar de San Juan. Rufo se levantó para estirar las piernas. Sorteando bultos y tropezando con uno que dormitaba tirado en el suelo del pasillo, con una maleta de cartón por almohada, bajó al andén. Detrás suyo se apeó el quinto, que calándose el chapiri y haciendo bailar la borla ante sus ojos le dijo sonriente.
- Socio ¿Quieres un pelotazo de anís en la cantina?
- Bueno.
No las tenía todas consigo, pero el ir con el soldado y ver que el revisor entraba en la cantina, le dio la confianza suficiente para separarse del vagón...
- Dos de Machaco- Pidió el quinto al cantinero.
Charlaron sobre la mili, como era natural, y de los muslos de una mujer que cargaba una cesta llena de tortas de Alcázar y que vociferaba su mercancía. Contó Rufo a donde iba y Ferrán, que así se llamaba el soldado, le informó que era valenciano de Burjasot, pero su familia vivía en Almazora, muy cerquita de Castellón de la Plana, donde su familia tenía una botiga de paquetería y otra de ultramarinos, así es que su futuro estaba resuelto.
Mientras hablaban, Rufo no perdía detalle de la cantina: un salón grande y rectangular y de techo elevado del que pendían unas grandes lámparas que no daban demasiada luz. Ante ellos había una barra alta con un mostrador de mármol, en la que se abocaba un heterogéneo público que nervioso e impaciente pedía reiteradamente lo que querían tomar. Al otro lado dos camareros, con blusas blancas de botones dorados, se afanaban en complacer las peticiones. A sus espaldas, en un rincón de la cantina, alrededor de una de las muchas mesas de mármol blanco y con pies de hierro fundido, un corrillo de desocupados contemplaban, entre voces, chanzas, una partida de subastao que jugaban varios individuos.
En dos lingotazos se aplicaron las copas y de unas zancadas subieron al tren, el revisor había desaparecido de la cantina y ya estaba pitando estridente la locomotora.
Durante el trayecto hasta Albacete fueron charlando de todo, de la mili, de mozas, de lo divino y de lo humano, o sea arreglando el mundo. Con la luz de la mañana fueron dejando de dormitar los demás pasajeros y empezó el trajín de cestos arriba y abajo para tomar un bocado o para, con un trozo de toalla y colonia, sacudirse las legañas y las pitarras fruto de la carbonilla, porque en el retrete no había agua y el revisor había dicho que no estaría arreglado hasta que llegasen a Albacete.
Al poco, pasó la pareja de la Guardia Civil que acompañaba a un señor trajeado, que lucía un bigotillo bien atusado, con pinta de baranda del ayuntamiento y que pedía la documentación a todo el mundo. Repasaba concienzudamente los papeles, mirándolos con parsimonia y preguntando a cada cual a donde iba y por qué. Rufo sabía que había problemas para llegar a Barcelona y por ese motivo llevaba una carta de su primo Casimiro en la que daba cuenta de que él respondía de Rufo y que no iba a Barcelona a la aventura, además mencionó que en Albacete se vería en el andén con su tío Adán, hermano de su madre, que era miembro de la Benemérita. En cuanto que uno de los civiles dijo conocer a Adán, se acabó el interrogatorio y le devolvieron los papeles, cosa que le dejó bastante aliviado porque ya se estaba agobiando. A poco de marcharse las autoridades se dio cuenta de que todos los del departamento habían estado pendientes de él, sobretodo un hombre que viajaba con una niña subnormal que permanecía agarrada a su brazo como si temiera perderlo.
- Te has librado muchacho...
- ¿De qué?, yo no he hecho nada malo.
- Es igual, pero te has librado, ahora está la cosa más suave, pero no hace mucho, a los que iban para Barcelona y no cumplían los requisitos que ellos querían, se les bajaba del tren y santas pascuas.
- Pero si yo solo voy a ganarme la vida honradamente...
- ¿Y tu crees que eso les importa algo? Hace unos pocos años, no se podía llegar a la estación de Francia así como así. Muchos venían sin nada, hasta sin billete, y otros lo habían conseguido porque vendieron los colchones de sus camas para comprarlos. Se tiraban del tren en marcha junto con sus bultos, antes de llegar al andén de la estación, para evitar a los civiles. Sólo huían de una vida llena de miserias y no tenían quien respondiese por ellos en la gran ciudad. Siempre había policías en la estación con la misión de impedir que, lo que ellos creían indigentes y mendigos, circularan por Barcelona. Los retenían y los mandaban a un Pabellón que se habilitó en Montjuïc, para, al poco tiempo, devolverlos a la fuerza a sus lugares de origen. Por lo visto esto se hacía para evitar el aumento del chabolismo y los vagabundos, por eso es buena cosa la carta que llevas de tu primo que responde por ti y te va a acoger en su casa.
- Pues si que...
La estación de Albacete estaba muy animada y a las ventanillas del tren se acercaban vendedores de navajas. Su tío Adán no aparecía, así es que Rufo se dedicó a curiosear entre la mercancía de cuchillos y navajas sin comprar nada, recomendándole a Ferrán, una navaja del tipo chaira capaora y asegurándole que no se arrepentiría de comprarla. También subió al vagón un individuo que rifaba un corte de paño gris azulado con rayitas finas como para hacerse un traje y otro de popelín suficiente para hacerse una camisa. Para ello vendía una cartas de baraja pequeñitas por un duro. El precio era elevado pero se le ocurrió que si le tocaba podría hacerle un buen regalo a su primo Casimiro, así es que compro el tres de bastos y el nueve de espadas. Fue en el departamento de al lado que, una mano inocente sacó el siete de oros dando al traste con su ilusión.
- Más te valía haber comprado una navaja, socio.- le dijo el quinto.
- No se porqué pero me vino la idea de que me podría tocar...
Rufo se asomaba constantemente por si aparecía su tío, cosa que no ocurrió, pero que era una circunstancia previsible, algún servicio de pareja o cualquier otra cosa se lo impediría, El tarro de lomo frito en manteca que le llevaba al civil sería el sustituto del corte de traje para su primo Casimiro.
El tren no salía y nadie informaba de los motivos hasta que se percató de que todos se arremolinaban en las ventanillas para ver el convoy que llegaba. Era el Talgo, un tren moderno y veloz que nunca había visto, sus lineas redondeadas, lo bajas que eran sus ventanas, casi el triple de grandes que las que había en el Sevillano y sus colores plateados y rojos le encandilaron. Según le dijo Ferrán era carísimo viajar en él y así se notaba por las pintas de las señoras y los hombres que se veían en su interior. El sevillano debía estar esperando su llegada así es que después de que saliese el Talgo, se puso en marcha perezosamente con destino a Valencia.
Pronto apareció con su traje azul, el revisor, que no paraba de hacer el característico ruidito, como si se tratase de un grillo, con la picadora de billetes.
-¡El billete, muchacho! - Le espetó a Ferrán sin contemplaciones y sin respetar que se había quedado traspuesto. El soldado viajaba por cuenta del ejercito y no llevaba billete, así que le mostró unos papeles del cuartel y el revisor se dio por satisfecho. Rufo le enseñó su billete y como ya lo había picado antes de llegar a Linares, no hubo lugar a agujerearlo otra vez.
El hambre empezó a apoderarse de los presentes que, como si se hubieran puesto de acuerdo, comenzaron con el trajín del sube y baja de bultos y cestas, ofreciendo cada cual lo que tenía, que si toma este huevo duro, dale un buen tiento a la bota, ¿te apetece un trozo de carne frita?, este chorizo lo hago yo, toma una naranja...
Valencia impresionó a Rufo, vamos que se quedó con la boca abierta, sin acertar a decir otra cosa que -¡Leches!- Ferrán sonrió diciéndole que la estación de Francia en Barcelona era mayor. La imponente armadura metálica de los altos techos, el bullir de las gentes por los andenes y los pitidos de las máquinas que entraban y salían le dejaron hipnotizado. Allí estuvieron un buen rato mientras colocaban la máquina en la parte de atrás del convoy, así es que a partir de ahora viajarían al revés de como habían venido.
Ya llevaba más de veinticuatro horas de viaje y lo que quedaba, así es que intentó dormir un poco, cosa que logró sin dificultad, el traqueteo no le incomodaba en absoluto para ello, hasta pensó en su difunta abuela, traqueteándolo en la mecedora, veinte años atrás, para que se durmiera.
Estaba soñando con su casa, cuando la falta de movimiento lo despertó, no es que el tren estuviese parado del todo es que iba tan lento que casi parecía no avanzar, tan despacio se movía que algunos se atrevían a bajarse para andar al lado del tren o incluso meterse entre los naranjos para arrancar algunas frutas de los que estaban más próximos a la vía. Ferrán se había bajado y al ver a Rufo en la ventanilla le hizo señas para que bajase el cristal y de inmediato empezó a lanzarle naranjas que intentó coger con más o menos habilidad. Poco después la parada fue total en un apeadero donde la vía se desdoblaba en dos. Allí estuvieron un buen rato, comiendo naranjas y saliéndose de los vagones para estirar las piernas, hasta que unos pitidos les avisaron de la proximidad de otro convoy que venía de frente y que pasó veloz en dirección contraria.
Ya era de noche cuando entraron en Castellón y aunque el frío no se dejaba notar como por la Mancha, apetecía cerrar las ventanas y buscar la proximidad humana para calentarse un poco. Allí se despidió Ferrán para coger un taxi que le llevaría a su pueblo, se intercambiaron las direcciones y prometieron escribirse.
Las estaciones comenzaron a pasar con más rapidez o eran las ganas de que así ocurriese, las luces de los pueblos que pasaban sin parar, el reflejo de la luz del vagón en las trincheras o los túneles, Vinaroz, Amposta, Salou y la estación de Tarragona donde pararon otro buen rato. Bajó a tomar un café para espabilarse un poco y cogió de un banco un periódico usado con el fin de entretenerse leyendo las noticias del día. Ya estaba aburrido de viaje cuando pasada la media noche el Sevillano hacía su entrada, lentamente, en la estación de Francia, después de atravesar la ciudad de Barcelona por trincheras y túneles.
Saltó al andén con sus pertenencias y sin dejarlas de la mano avanzó con la marea de gente, intentando localizar a Casimiro entre la muchedumbre. Ya se lo había dicho, si tardo y no me ves, te sales de la estación a la calle y te quedas pegado a la puerta principal que ya llegaré. Así lo hizo, poco a poco, y mirando aquí y allá, alucinando entre el gentío que se diluía lentamente. En la puerta, pasajeros iban cogiendo taxis de una fila que avanzaba lentamente, otros cargaban como podían con sus bultos ayudados por los familiares que les habían venido a buscar... La poca luz que había en la calle le permitía ver unos grandes edificios renegridos y sucios al otro lado de la estación, y el olor, ese olor a alcantarillas, azufre, carbonilla y a humos ácidos de diversas procedencias se le metía por la nariz y le hacía llorar los ojos.
- ¡Rufo, Rufo...!
Levanto el brazo para saludar a lo lejos a Casimiro que le llamaba desde el taxi en el que había llegado...
Ya estaba en Barcelona.
