Textos de Eduardo Azaustre Mesa y más...

Cuentos, pequeños relatos, dibujos y pinturas.

12 septiembre, 2009

Cartas a mi madre Estrella Mesa.(1)

Hola mamá: Ya soy abuelo y estoy tan contento..., ¡tú te lo has perdido!.., por sólo veinte días no has conocido a tu primer biznieto. También es mala pata, ¿que prisas había en que te murieses? ¡Con lo bien que estabas!.., pero bueno eso ya no tiene solución.
El caso es que el lunes siete de septiembre nos pusimos en marcha hacia Madrid, porque tu nieto Ricardo, e hijo mío, me llamó bien temprano para decirnos que el parto era inminente. Cogí el coche y despacito y con buena letra, caminito de los Madriles. Un día espléndido, agarrado al volante y por esos campos de la Mancha, íbamos entre ilusionados y preocupados, porque ya sabes..., a nosotros nos gusta eso de preocuparnos y pensar mil y una cosas, no todas buenas, hasta que la radio me sacó de mis pensamientos con una entrevista que José Ramón Lucas, el de radio nacional, le hacía a no sé quien. Era la voz pausada de un hombre que contaba una historia que de seguido me atrapó. Contaba que un señor paseaba por un parque frondoso y bien cuidado, disfrutando de las flores y plantas que en él había, hasta que reparó en unas lápidas con inscripciones de difuntos, al parecer, muy jóvenes..., "vivió tres años"..., "vivió siete años"...
Leía lápida tras lápida y no llegaba a ver ninguna dónde se indicara que el yaciente hubiese vivido más de once años. Esto empezó a entristecerlo hasta el punto de sentir una gran congoja, por lo visto, pensó, se trataba de un cementerio de niños y decidido se dirigió hacia un jardinero que por allí había.
- ¿Me podría decir porqué hay tantos niños muertos en este lugar?¿Qué desastre ha debido ser para tal mortandad?
- No señor
- contestó el jardinero sonriendo - no se trata de niños sino de personas bien adultas en su mayoría, como en cualquier otro cementerio. Lo que a usted le ha llamado la atención sobre los años vividos, yo se lo voy a explicar, si es su deseo...
- Si, si, por favor.
- Pues verá usted, en este lugar tenemos por costumbre que cuando los niños aprenden a leer y escribir, se les entrega una libretita que llevan permanentemente consigo. Una libretita que es para que apunten en ella los momentos felices que en su vida sean. Así pues si les regalan un pastel que les produzca felicidad anotarán en la libreta el tiempo que estuvieron disfrutando de él. El día de su boda. las alegrías familiares y todos sus buenos momentos se reflejan escritos con el detalle del tiempo que duró esa felicidad. Luego a la hora de su muerte recogemos la libretita, sumamos el tiempo vivido y olvidamos el tiempo pasado desde su nacimiento. Por eso usted sólo ve ocho o diez años vividos y no anotamos los ochenta años pasados desde que nació, pues a lo que le damos valor es al tiempo realmente vivido, intensamente y de forma feliz
.
Me quedé tan estupefacto como el protagonista de esta historia y pensé en los pocos momentos que a lo largo de la vida podemos considerar realmente bien vividos y "con fundamento", como diría el Arguiñano.


Ese lunes siete de Septiembre de dos mil nueve, a eso de las cinco y media de la tarde y en la clínica de la Concepción..., si, si, a la que llevabas al abuelo Paco a tratarse del cáncer que lo mató en mil novecientos sesenta y ocho..., el día anterior al que tenía prevista mi boda..., pues bien te decía que ese lunes y a esa hora conocí a Mario Azaustre Heras, mi nieto y biznieto tuyo.
Sólo llevaba en este mundo una hora y tres cuartos y estaba ante mí, dormido en una cuna de plástico transparente, grande y precioso, casi calvo y muy blanquito, como todos los niños de nuestra familia, con sus manitas que agitaba de cuando en cuando intentando asirse a algo imaginario..., y yo sólo acerté a buscar esa libreta del relato anterior, para anotar en ella este momento feliz que vivía, para que se tuviese en cuenta como uno de los más felices de mi existencia y para sumarlos a los otros momentos afortunados que en mi vida han sido.
...¡Es tan guapo, mamá!

21 agosto, 2009

¡Que guapa era mi madre!

Recuerdo ahora a un compañero de telefónica, que al enterarse de la muerte de mi padre y darme el pésame, me dijo que todavía me quedaba el consuelo de tener a mi madre. Él por desgracia, había perdido a sus padres y ya estaba "en primera fila".
Doce años me ha durado no estar "en primera fila", desde el miércoles pasado, diecinueve de Agosto de este año de 2009, ya estoy "en primera fila", como me decía "el Morenín".

Se me ha muerto mi madre y ya no la veré más. Estaba en una buena residencia privada de Alcázar de San Juan. Allí la han atendido y le han dado la calidad de vida que sus hijos no podíamos ni sabíamos darle. De hecho la llevamos a ese centro, porque se nos moría a chorros. Hace más de cuatro años ni nos conocía, el Alzheimer se iba cargando una a una las neuronas de su cabeza. Pudo con el cáncer de pecho, curó los huesos rotos de su frágil cuerpo, le pusieron prótesis en las dos caderas, superó una rotura de pelvis y por si eso fuese poco se le empezaron a desordenar los recuerdos y las ideas en su mente, confundía a su hijo Paco con su nieto Alberto, no sabíamos como hacerle entender que estaba en su casa y sufría por no reconocer su entorno ni a los suyos.
- Vámonos ya.
- ¿A dónde mamá?
- A mi casa.
- Pero si ésta es tu casa...
- Venga, déjate de tonterías y vámonos ya...
Ahora llevaba más de año y medio sin recaídas, había recuperado los recuerdos, nos conocía a todos y preguntaba por todo. Las imágenes de su juventud se empezaban a reordenar con las actuales en su torturada mente y mi hermana Estrella volvía a ser aquella Estrellita que ella tuvo en Cádiz y que durante un tiempo no sabía relacionar. El Alcaudete que existía en su cabeza volvía a tener imágenes y recuerdos más recientes, que se acoplaban a los de su juventud. Mi hermana iba todos los días a verla y de cuando en cuando, hojeaba con ella la revista Sierra Ahíllos. Al ver las fotos, reconocía a los que aparecían en sus páginas y hasta llamaba a las enfermeras para mostrarles, alguna de las imágenes que aparecen en mis colaboraciones, diciendo:
- Este es mi Eduardo.
Y sonreía, pícara y orgullosa, esperando la aprobación y admiración de ellas.
Ahora repaso y ordeno los recuerdos que me unen a mi madre y me hace feliz la imagen de su sonrisa, de su risa franca y alegre.
¡Que guapa era mi madre! Y no es porque yo lo diga..., que podéis preguntar a los que la conocieron. Guapa y buena, sencilla y humilde como ella sola, orgullosa de los suyos y capaz de renunciar a todo, por tal de evitarle un disgusto a cualquiera... ¡Que guapa era mi madre!
Ahora, me falta la certeza de poder verla y compartir con ella unas risas, me falta la alegría que trasmitía al estar a su lado, me falta, y ya para siempre. Me falta su vocecilla frágil, preguntándome por todo lo que en su mente la mantenía unida a Alcaudete. Se ha ido a pocos días de conocer a su primer biznieto..., unos van y otros vienen, es ley de vida, lo sé, pero..., me falta mi madre..., y eso..., me cuesta asumirlo y resignarme.

Alcaudete 21 de Agosto de 2009

19 agosto, 2009

Lanjarón, Puerta de las Alpujarras

Lo que no viene en las guías

Hace unos años, en los primeros días de Febrero, se me ocurrió acercarme a visitar Lanjarón en un viaje de regreso, desde Nerja a Alcaudete. La decepción fue tremenda, nunca se me habría ocurrido que esta población estuviese cerrada a cal y canto y casi no hubiese gente en sus calles.
Pero, en los primeros días de este caluroso mes de agosto de 2009, leí no sé donde, lo bien que lo había pasado una familia en Lanjarón y decidí pasar un fin de semana en este lugar llamado la Puerta de las Alpujarras. Aparte de esa experiencia de Febrero ya había estado en la ciudad de las aguas, pero solo de paso. fue allá por el dos mil o dos mil uno y no estuve más de dos horas, pues mi ruta era hacia la Villa Turística de Bubión y la de Laujar de Andarax, así es que poco contacto había tenido con la vida de Lanjarón.

Por Internet contraté tres noches en el Hotel Castillo que está situado en la calle Granada, con vistas a las ruinas del castillo de esta población. Ciento veinte euros, en medio del mes de Agosto, me pareció un buen precio por tres noches de pernocta, y el catorce por la mañana a eso de las doce ya estábamos paseando por la calle Real. Poco antes nos habíamos parado a pie de los gigantescos molinos de aire que hay antes de entrar en Lanjarón y poco después de pasar por el puente nazarí de Tablate, situado bajo el puente moderno que da acceso a las Alpujarras.

El hotel es razonablemente bueno, dispone hasta de Wifi gratuita, accesible desde casi todas las habitaciones, pero en cuestión de aparcamiento lo tiene difícil, aunque yo haya tenido bastante suerte para encontrar un lugar donde dejar el coche.
Lo primero que me llamó la atención en Lanjarón, fue la atmósfera decimonónica que perdura entre sus rincones y en las puertas de sus hoteles. Gente, generalmente mayor, con su vaso encastado dentro de una funda de mimbre, que va de acá para allá en busca de la fuente recomendada para beber el agua saludable que pueda mejorar su salud. Sentados a las puertas de los hoteles en una fila de sillones, donde toman el fresco y hablan de lo divino y de lo humano, contando anécdotas familiares y curiosidades de sus lugares de origen.

El Balneario no tiene hotel pero si un convenio de hospedaje con otro de la población. Después de recabar información, saqué la conclusión de que es un SPA al uso, adecuado a las características de sus clientes y que utiliza los recursos de las instalaciones antiguas que aún están en buen uso.
Por otro lado los médicos del balneario y en función de la dolencia a mejorar, recomiendan la cantidad, frecuencia y ubicación de las fuentes de las que es recomendable beber, ya que la mineralización de las aguas, que de ellas mana, es diferente de unas a otras. De aquí el trajín de vasos de un lado a otro.

En Lanjarón se come bien, yo diría que muy bien, desde el plato alpujarreño o las migas con todos sus avíos, hasta el menú del Hotel Lanjarón donde te sirven casero y rico, tres platos y postre con la opción de elegir cada plato entre varios. Todo por diez euros con vino o agua del grifo, no olvidemos que estamos en Lanjarón y sería absurdo pedir agua mineral en las comidas.

La mejor distracción son los paseos, calle Real arriba hasta la plaza del ayuntamiento, sin olvidarse de visitar la plaza de Santa Ana, y después recorrer el barrio Hondillo donde abundan los tinaos y las fuentes, para luego, sentarse en una terraza y beber algo diferente al agua, que generalmente se acompaña de una buena tapa de jamón.

Frente al Balneario está el Parque del Salado, repleto de eucaliptos gigantes que por las noches ofrece espectáculos gratuitos, escusa ideal para sentarse a tomar el fresco que se deja caer en las Alpujarras. Todas las noches hay algo, cine, flamenco, boleros, rock..., no es de gran calidad pero es gratis y eso basta para que no falte público.

La mañana del sábado nos acercamos a Òrgiva y a Torvizcón. Sentía curiosidad por pasearlos, ya que siempre había pasado por ellos sin parar el coche. En el primero hay una población guiri bastante considerable y tiene una zona alrededor de la iglesia bastante agradable. Torvizcón nos reservaba una sorpresa gastronómica la mar de curiosa. Con la idea de tomar un tentempié nos sentamos en la terraza de un pequeño hotel que está a su entrada. Pedimos unas cervezas sin alcohol acompañadas de una abundante tapa de carne guisada y curioseamos su carta para complementar la tapa. Tres euros y medio un bocadillo me pareció razón suficiente como para preguntar por el tamaño de los bocadillos...
-Pue una coza azí - nos dijo el camarero señalando con sus manos unos cuarenta centímetros de bocadillo.
- Como pa quitarle el hambre a una criatura.
De eso no había ninguna duda, así es que encargamos un solo bocadillo de morcilla exquisita que tuvo para comer los dos y para llevarnos, envuelto en unas servilletas de papel, lo que nos sobró.

Dulces y tortas, como los Jayullos, que hay que comprar los viernes a las 22 horas en el obrador de la pastelería Juan, La leche rizada de la heladería Venecia, quesos de leche cruda de cabra en el Arca de Noé, buñuelos con chocolate del bar Molinillas a la salida del pueblo en dirección a Órgiva y jamón de Trevélez o de la zona, que todo es bueno, son algunas de las exquisiteces que pudimos probar.

Tres días no dan para más y el lunes por la mañana tornamos a Alcaudete por la carretera antigua que pasa por Durcal, Padul y Armillas, donde después del tiempo pasado, aún son reconocibles lugares y parajes por los que pasábamos hace veinte años en camino hacia Salobreña.

10 agosto, 2009

Viaje en el sevillano a Barcelona

RECUERDOS DE LOS SESENTA.

Rufo había vuelto de la mili en pleno verano. Atrás se había quedado Melilla y el traje garbanzo de los regulares y ahora con un frío húmedo y penetrante se encontraba de pie, en la estación de ferrocarril de Alcaudete-Fuente de Orbe, a dos metros del borde del andén y con su traje de los domingos. A su izquierda una maleta de madera, llena hasta los topes, que le habían hecho en la carpintería de Paco Ruiz, una caja de cartón atada con cuerdas a su derecha y justo al lado, su padre, silencioso y con los ojos brillantes, con la boina calada y el cuello de la pelliza subido, dando unos pequeños saltitos sobre el mismo sitio, haciendo temblar sus gruesos pantalones de pana beige e intentando calentarse los pies, que tenía embutidos en una abarcas de goma de neumático y esparto.

- Vas a agarrar un enfriamiento con tan poca ropa.
- Que no, padre, no se preocupe usted, que llevo camiseta gorda y calzoncillos largos.
- Pero hombre, te tenías que haber puesto la pelliza...
- Ya estoy bien así, que no tengo frío...

Rufo se iba a Barcelona, su primo Casimiro le había calentado la cabeza durante la Velada de la Fuensanta, y en Alcaudete no encontraba nada para trabajar, como no fuera darle vueltas al olivarillo que tenían sus padres, esperar a la recogida de la aceituna o dar alguna peonada de albañil de vez en cuando. Casimiro, que ya había pillado el acento y hablaba fino, trabajaba en la Montalfita de Badalona y le había dicho que al día siguiente de llegar, tendría trabajo allí mismo, en el Cotonificio o en la Cross, que si sobraba algo en Cataluña eran puestos de trabajo, que Barcelona era lo más de lo más y que no se lo pensara dos veces...
La Mari Puri, la medio novia que tenía, se había quedado llorosa y anhelante, pero ilusionada en que volvería, una vez que encontrase trabajo, para casarse con ella y entonces le podría acompañar a Cataluña, para crear una familia con muchos niños.
- Ahí viene..., que escribas, que tu madre ya sabes que se preocupa...
- Si padre, no se preocupe, que estaré bien...

La cochinica hacía su entrada en Alcaudete-Fuente de Orbe y después de un abrazo y siete u ocho besos seguidos y apresurados se subió con los bultos al vagón, permaneciendo allí, sin moverse y mirando a su padre, que se había quitado la boina y que la estrujaba entre sus manos nervioso.
Después de que empezara a moverse la unidad, se dispuso a buscar asiento, pero fue infructuoso, así es que se sentó sobre la maleta, cerca de una ventanilla y se entretuvo contemplado los olivares hasta llegar a Jaén, después de pasar por Vado Jaén, Martos, Torredonjimeno y Torre del Campo.

En Jaén hizo trasbordo a un pequeño tren de tres unidades que enlazaba con Espeluy, para, una vez allí, esperar al Sevillano. Hora y medía de espera no era mucho, pero le sirvió para reponer fuerzas. Se sentó en la sala de espera, buscando un poco de calor, ya que en los andenes había empezado a caer aguanieve y no estaba la cosa como para hacer gasto en la cantina de la estación de Espeluy. Sacó del paquete que llevaba, una hogaza de pan de la que cortó un canto y extrajo una pequeña ollita de las de color granate oscuro y de interiores azulados, para desatarle las asas que sujetaban la tapa con una guita, apartó unos trozos de carne empanada frita y se sirvió un buen trozo de tortilla de patatas, ahogadiza, pero que le supo a gloria, mientras se atizaba varios tragos de una bota renegrida que en la víspera había llenado en la bodega de Bernardo, en la calle Carnicería. Una manzana harinosa, de las que su madre conservaba en los estantes de la bodega dio fin a la comida y se preparó para abordar el tren.

El andén de Espeluy estaba a tope. Gentes de otros pueblos cargados de bultos variopintos: maletas, colchones, cajetas y hasta muebles. Una montón de cosas que se llevaban a su nuevo destino, para ahorrarse comprarlos de nuevo a donde iban. Los trastos y los niños chicos se introducían hasta por las ventanillas y como por arte de magia se vació el andén en pocos instantes.

El Sevillano era un tren de una vez, nada que ver con el vagón en el que había venido desde Jaén, con aquellos asientos de madera, esperando ver de un momento a los indios con plumas atacando al convoy, el traqueteo de los vagones al pasar por las juntas de los raíles sin soldar, el chirrido de las uniones y tirantas de las unidades, dando la sensación de que el tren se descuajaringaría de un momento a otro. El Sevillano era metálico y con muchos vagones, tan largo que costaba ver los detalles de la locomotora de carbón allá a lo lejos, que según oyó decir, cambiarían por una más moderna de gasoil en la estación de Linares-Baeza. Muchos departamentos tenían acceso directo al exterior y asiento corrido, con respaldo mullido y tapizado de hule azul, a derecha e izquierda. En el departamento al que accedió solo había sitio para él, así es que situó su equipaje y se sentó entre una oronda mujer que mecía en sus brazos a un chiquillo que dormía plácidamente y un hombre de mediana edad que leía con dificultad un periódico de grandes hojas.

Al llegar a Linares-Baeza se bajaron dos pasajeros y el lector de periódico, con el que no había mediado palabra, y esto le permitió acomodarse holgadamente, ya que solo subió al departamento un soldado con un voluminoso macuto. La mujer del crío en brazos, se lo había traspasado a su vecina de enfrente y había bajado un cesto, del que extrajo un buen trozo de pan sobre el que colocó una hoja de tocino entreverado que cortaba con habilidad ayudada de una navaja.
- ¿Ustedes quieren?
- Que aproveche. Gracias.
El hule azul que forraba el asiento no era tan cómodo como había pensado en un principio, por eso se levanto e intentó ir a la cantina, pero no se atrevió, le dio una especie de vértigo al pensar que se le escapase el tren, así es que volvió a su asiento.
El soldado que acababa de subir al tren se había sentado enfrente de Rufo y enseguida sacó de la mochila un bocadillo liado en papel de estraza que, en tres bocados, se zampó sin decir ni una palabra. Casi sin terminar de masticar, sacó un paquete de Ideales y le ofreció tabaco a Rufo. Invitación que rechazó con un gesto, indicando claramente que no era fumador. El quinto encendió el pitillo y se quitó las botas, que dejaron al descubierto unos gruesos calcetines blancos, estiró las piernas, y colocó los pies al lado de Rufo, embriagándolo con un inconfundible tufo.
Así aguantó lo inaguantable hasta que al ver las primeras trincheras de Despeñaperros, le dió un empellón a las piernas del soldado para pasar hasta la ventanilla desde la que podría ver los picos desnudos de roca y dejar de oler a pies, para, en su lugar, percibir otra mezcla de desagradables olores entre los que sobresalían las cascaras mustias de naranja que rebosaban un cenicero. Ni siquiera intentó abrir la ventanilla, afuera debía hacer mucho frío y en el vagón se empezaba a notar que habían puesto la calefacción.

No faltaría mucho para amanecer cuando, entre chirriantes ruidos, el tren se detuvo lentamente en la estación de Alcázar de San Juan. Rufo se levantó para estirar las piernas. Sorteando bultos y tropezando con uno que dormitaba tirado en el suelo del pasillo, con una maleta de cartón por almohada, bajó al andén. Detrás suyo se apeó el quinto, que calándose el chapiri y haciendo bailar la borla ante sus ojos le dijo sonriente.
- Socio ¿Quieres un pelotazo de anís en la cantina?
- Bueno.

No las tenía todas consigo, pero el ir con el soldado y ver que el revisor entraba en la cantina, le dio la confianza suficiente para separarse del vagón...
- Dos de Machaco- Pidió el quinto al cantinero.
Charlaron sobre la mili, como era natural, y de los muslos de una mujer que cargaba una cesta llena de tortas de Alcázar y que vociferaba su mercancía. Contó Rufo a donde iba y Ferrán, que así se llamaba el soldado, le informó que era valenciano de Burjasot, pero su familia vivía en Almazora, muy cerquita de Castellón de la Plana, donde su familia tenía una botiga de paquetería y otra de ultramarinos, así es que su futuro estaba resuelto.
Mientras hablaban, Rufo no perdía detalle de la cantina: un salón grande y rectangular y de techo elevado del que pendían unas grandes lámparas que no daban demasiada luz. Ante ellos había una barra alta con un mostrador de mármol, en la que se abocaba un heterogéneo público que nervioso e impaciente pedía reiteradamente lo que querían tomar. Al otro lado dos camareros, con blusas blancas de botones dorados, se afanaban en complacer las peticiones. A sus espaldas, en un rincón de la cantina, alrededor de una de las muchas mesas de mármol blanco y con pies de hierro fundido, un corrillo de desocupados contemplaban, entre voces, chanzas, una partida de subastao que jugaban varios individuos.
En dos lingotazos se aplicaron las copas y de unas zancadas subieron al tren, el revisor había desaparecido de la cantina y ya estaba pitando estridente la locomotora.
Durante el trayecto hasta Albacete fueron charlando de todo, de la mili, de mozas, de lo divino y de lo humano, o sea arreglando el mundo. Con la luz de la mañana fueron dejando de dormitar los demás pasajeros y empezó el trajín de cestos arriba y abajo para tomar un bocado o para, con un trozo de toalla y colonia, sacudirse las legañas y las pitarras fruto de la carbonilla, porque en el retrete no había agua y el revisor había dicho que no estaría arreglado hasta que llegasen a Albacete.
Al poco, pasó la pareja de la Guardia Civil que acompañaba a un señor trajeado, que lucía un bigotillo bien atusado, con pinta de baranda del ayuntamiento y que pedía la documentación a todo el mundo. Repasaba concienzudamente los papeles, mirándolos con parsimonia y preguntando a cada cual a donde iba y por qué. Rufo sabía que había problemas para llegar a Barcelona y por ese motivo llevaba una carta de su primo Casimiro en la que daba cuenta de que él respondía de Rufo y que no iba a Barcelona a la aventura, además mencionó que en Albacete se vería en el andén con su tío Adán, hermano de su madre, que era miembro de la Benemérita. En cuanto que uno de los civiles dijo conocer a Adán, se acabó el interrogatorio y le devolvieron los papeles, cosa que le dejó bastante aliviado porque ya se estaba agobiando. A poco de marcharse las autoridades se dio cuenta de que todos los del departamento habían estado pendientes de él, sobretodo un hombre que viajaba con una niña subnormal que permanecía agarrada a su brazo como si temiera perderlo.
- Te has librado muchacho...
- ¿De qué?, yo no he hecho nada malo.
- Es igual, pero te has librado, ahora está la cosa más suave, pero no hace mucho, a los que iban para Barcelona y no cumplían los requisitos que ellos querían, se les bajaba del tren y santas pascuas.
- Pero si yo solo voy a ganarme la vida honradamente...
- ¿Y tu crees que eso les importa algo? Hace unos pocos años, no se podía llegar a la estación de Francia así como así. Muchos venían sin nada, hasta sin billete, y otros lo habían conseguido porque vendieron los colchones de sus camas para comprarlos. Se tiraban del tren en marcha junto con sus bultos, antes de llegar al andén de la estación, para evitar a los civiles. Sólo huían de una vida llena de miserias y no tenían quien respondiese por ellos en la gran ciudad. Siempre había policías en la estación con la misión de impedir que, lo que ellos creían indigentes y mendigos, circularan por Barcelona. Los retenían y los mandaban a un Pabellón que se habilitó en Montjuïc, para, al poco tiempo, devolverlos a la fuerza a sus lugares de origen. Por lo visto esto se hacía para evitar el aumento del chabolismo y los vagabundos, por eso es buena cosa la carta que llevas de tu primo que responde por ti y te va a acoger en su casa.

- Pues si que...

La estación de Albacete estaba muy animada y a las ventanillas del tren se acercaban vendedores de navajas. Su tío Adán no aparecía, así es que Rufo se dedicó a curiosear entre la mercancía de cuchillos y navajas sin comprar nada, recomendándole a Ferrán, una navaja del tipo chaira capaora y asegurándole que no se arrepentiría de comprarla. También subió al vagón un individuo que rifaba un corte de paño gris azulado con rayitas finas como para hacerse un traje y otro de popelín suficiente para hacerse una camisa. Para ello vendía una cartas de baraja pequeñitas por un duro. El precio era elevado pero se le ocurrió que si le tocaba podría hacerle un buen regalo a su primo Casimiro, así es que compro el tres de bastos y el nueve de espadas. Fue en el departamento de al lado que, una mano inocente sacó el siete de oros dando al traste con su ilusión.
- Más te valía haber comprado una navaja, socio.- le dijo el quinto.
- No se porqué pero me vino la idea de que me podría tocar...

Rufo se asomaba constantemente por si aparecía su tío, cosa que no ocurrió, pero que era una circunstancia previsible, algún servicio de pareja o cualquier otra cosa se lo impediría, El tarro de lomo frito en manteca que le llevaba al civil sería el sustituto del corte de traje para su primo Casimiro.

El tren no salía y nadie informaba de los motivos hasta que se percató de que todos se arremolinaban en las ventanillas para ver el convoy que llegaba. Era el Talgo, un tren moderno y veloz que nunca había visto, sus lineas redondeadas, lo bajas que eran sus ventanas, casi el triple de grandes que las que había en el Sevillano y sus colores plateados y rojos le encandilaron. Según le dijo Ferrán era carísimo viajar en él y así se notaba por las pintas de las señoras y los hombres que se veían en su interior. El sevillano debía estar esperando su llegada así es que después de que saliese el Talgo, se puso en marcha perezosamente con destino a Valencia.
Pronto apareció con su traje azul, el revisor, que no paraba de hacer el característico ruidito, como si se tratase de un grillo, con la picadora de billetes.
-¡El billete, muchacho! - Le espetó a Ferrán sin contemplaciones y sin respetar que se había quedado traspuesto. El soldado viajaba por cuenta del ejercito y no llevaba billete, así que le mostró unos papeles del cuartel y el revisor se dio por satisfecho. Rufo le enseñó su billete y como ya lo había picado antes de llegar a Linares, no hubo lugar a agujerearlo otra vez.
El hambre empezó a apoderarse de los presentes que, como si se hubieran puesto de acuerdo, comenzaron con el trajín del sube y baja de bultos y cestas, ofreciendo cada cual lo que tenía, que si toma este huevo duro, dale un buen tiento a la bota, ¿te apetece un trozo de carne frita?, este chorizo lo hago yo, toma una naranja...
Valencia impresionó a Rufo, vamos que se quedó con la boca abierta, sin acertar a decir otra cosa que -¡Leches!- Ferrán sonrió diciéndole que la estación de Francia en Barcelona era mayor. La imponente armadura metálica de los altos techos, el bullir de las gentes por los andenes y los pitidos de las máquinas que entraban y salían le dejaron hipnotizado. Allí estuvieron un buen rato mientras colocaban la máquina en la parte de atrás del convoy, así es que a partir de ahora viajarían al revés de como habían venido.

Ya llevaba más de veinticuatro horas de viaje y lo que quedaba, así es que intentó dormir un poco, cosa que logró sin dificultad, el traqueteo no le incomodaba en absoluto para ello, hasta pensó en su difunta abuela, traqueteándolo en la mecedora, veinte años atrás, para que se durmiera.
Estaba soñando con su casa, cuando la falta de movimiento lo despertó, no es que el tren estuviese parado del todo es que iba tan lento que casi parecía no avanzar, tan despacio se movía que algunos se atrevían a bajarse para andar al lado del tren o incluso meterse entre los naranjos para arrancar algunas frutas de los que estaban más próximos a la vía. Ferrán se había bajado y al ver a Rufo en la ventanilla le hizo señas para que bajase el cristal y de inmediato empezó a lanzarle naranjas que intentó coger con más o menos habilidad. Poco después la parada fue total en un apeadero donde la vía se desdoblaba en dos. Allí estuvieron un buen rato, comiendo naranjas y saliéndose de los vagones para estirar las piernas, hasta que unos pitidos les avisaron de la proximidad de otro convoy que venía de frente y que pasó veloz en dirección contraria.
Ya era de noche cuando entraron en Castellón y aunque el frío no se dejaba notar como por la Mancha, apetecía cerrar las ventanas y buscar la proximidad humana para calentarse un poco. Allí se despidió Ferrán para coger un taxi que le llevaría a su pueblo, se intercambiaron las direcciones y prometieron escribirse.
Las estaciones comenzaron a pasar con más rapidez o eran las ganas de que así ocurriese, las luces de los pueblos que pasaban sin parar, el reflejo de la luz del vagón en las trincheras o los túneles, Vinaroz, Amposta, Salou y la estación de Tarragona donde pararon otro buen rato. Bajó a tomar un café para espabilarse un poco y cogió de un banco un periódico usado con el fin de entretenerse leyendo las noticias del día. Ya estaba aburrido de viaje cuando pasada la media noche el Sevillano hacía su entrada, lentamente, en la estación de Francia, después de atravesar la ciudad de Barcelona por trincheras y túneles.

Saltó al andén con sus pertenencias y sin dejarlas de la mano avanzó con la marea de gente, intentando localizar a Casimiro entre la muchedumbre. Ya se lo había dicho, si tardo y no me ves, te sales de la estación a la calle y te quedas pegado a la puerta principal que ya llegaré. Así lo hizo, poco a poco, y mirando aquí y allá, alucinando entre el gentío que se diluía lentamente. En la puerta, pasajeros iban cogiendo taxis de una fila que avanzaba lentamente, otros cargaban como podían con sus bultos ayudados por los familiares que les habían venido a buscar... La poca luz que había en la calle le permitía ver unos grandes edificios renegridos y sucios al otro lado de la estación, y el olor, ese olor a alcantarillas, azufre, carbonilla y a humos ácidos de diversas procedencias se le metía por la nariz y le hacía llorar los ojos.
- ¡Rufo, Rufo...!
Levanto el brazo para saludar a lo lejos a Casimiro que le llamaba desde el taxi en el que había llegado...
Ya estaba en Barcelona.

El cine de los sesenta

RECUERDOS DE LOS SESENTA

Toda mi vida me he considerado un cinéfilo y solo ahora, que he pasado de largo, los sesenta, he perdido la sensación de estar en la cresta de la ola en lo que se refiere a información sobre cine.
Desde que era adolescente fui fanático del cine; comencé a aficionarme, entre las picaduras de algún que otro chinche, habitante de las sillas de enea que había en los cines de verano de Alcaudete. Era barato y no me perdía una.


Así es que el Cine Imperio, Atarazanas y Los Zagales fueron mis escenarios cinematográficos infantiles. Todas las noches había algo que ver, si no era en uno era en otro, entre olores a donpedros y con el suelo recién regado, a eso de las diez de la noche me gastaba un real, o dos, por ver una o dos películas, y es que, a veces, había programa doble.
Al comienzo de las proyecciones, después del NO&DO, ponían anuncios y trailers de las películas que se proyectarían próximamente, y de tanto verlos me aprendí frases emblemáticas que a lo largo de mi vida he usado de forma jocosa. "Me enamoro constante e indistintamente y me causa el mismo efecto que si no me enamorase..." decía Stewart Granger en Scaramouche, película de espadachines rodada en 1952.


La afición al séptimo arte me hacía ahorrar las pocas perras que lograba, para comprar revistas de cine y cuando empecé a ganar dinero, no me faltaba la lectura de Cine en 7 días, que semanalmente aparecía en los quioscos a principio de los sesenta. Otra revista que a veces compraba eran Film Ideal y posteriormente la revista Fotogramas alimentó durante muchos años, mis deseos de conocer los entresijos del mundo cinematográfico.
Recuerdo con especial cariño, en mi época de soltería, un cine que estaba en la Avenida de la Luz de Barcelona. este espacio venía a ser una galería comercial subterránea situada sobre la Estación del Ferrocarril de Sarriá a Barcelona, soterrada antes del 1930, con lo que este centro comercial, quedaba entre las bóvedas de la estación y la calle.

El cine Avenida de la Luz perteneció a la cadena de cines llamada Balañá y se inauguró el viernes 1 de enero de 1943, con un programa dedicado a Walt Disney. Posteriormente, la sala siguió en la misma línea, llegando a denominarse a sí misma como el Palacio de la risa, en referencia a los films de temática cómica que allí se podían ver. Pasaron por su pantalla Jaimito, Charlie Brown, Stan Laurel y Oliver Hardy, Bud Abbot y Lou Costello, Cantinflas o los hermanos Marx.
El cine comenzaba sus sesiones a las once de la mañana, y seguía en sesión continua hasta la madrugada, al comienzo de los sesenta, época en la que yo lo visitaba. Se especializó en los programas dobles de reestreno, cosechando, como en décadas anteriores, un gran éxito de público, que era en parte resultado de la buena marcha de la galería comercial en la que estaba instalado el cine.
Al final de los setenta, la Avenida de la Luz ya había perdido gran parte de su esplendor y el cine no tenía muchas opciones. Así es que abandonó el programa doble para convertirse en una Sala S, precursora de los cines X cerrando definitivamente con los cuarenta años de actividad.

Otra sala que recuerdo con cariño es el cine Picarol de Badalona, al que iba con frecuencia entre 1965 y 1970. Del mismo modo vienen a mi memoria salas emblemáticas de Barcelona o Madrid, como el cine Salamanca, en la calle Conde de Peñalver, cerca de donde viví con mis padres y que ha acabado como almacenes C&A. Como no mencionar aquí el cine Alkazar de Jaén o el Cervantes en los que tantas películas vi acompañado de mis hijos pequeños.
La censura franquista era brutal en los sesenta, pero mi estancia en tierras catalanas, me permitió pertenecer a un Club Cinematográfico cuasi clandestino, tal es así que las películas que veíamos eran proyectadas en Ceret o Amelie les Bains, en el sur de Francia, cerquita de la frontera.
En ese club conocí a artistas y gente de la cultura de la época que pertenecían al variopinto grupo de cinéfilos que eramos capaces de vernos doce o catorce películas en un fin de semana, todas en versión original y subtituladas en francés. Se da la paradoja de que vi la cinta "Cuba, Si...", que era en español y estaba subtitulada en francés.
El cine ha sido para mí, el espectáculo por excelencia. El fútbol era todos los domingos y de vez en cuando había circo, pero ningunos de los dos me atraía tanto como el cine, el antiguo y el moderno que todos me han fascinado.
Al cine se iba sólo o en compañía, costaba barato, y era casi siempre de sesión doble y continua. Entrabas y con frecuencia, una de las dos película estaba empezada, así es que veías el final, la otra película y al volver a ver la que proyectaba cuando habías entrado, ya conocías el final de la misma. ¡Que coraje daban los intermedios con los anuncios! y los inconvenientes cortes del celuloide que te obligaban a estar con la luz encendida en espera de que desde la cabina de proyección, se empalmara el trozo siguiente a la rotura.
Muchas veces me quedaba en el cine desde las cuatro de la tarde a las diez de la noche y me veía dos veces las dos películas, Películas censuradas y cortadas por meterse con el politiqueo de la época, por un escote más o menos atrevido o unos besos, que por ser lo máximo en sexo que se permitía, me hicieron creer durante una etapa de mi infancia que así se hacían los niños, con un simple beso.
La censura clasificaba las películas de la siguiente manera: Tolerada o sea para todos los públicos. Tolerada con reparos, Mayores, que solo permitía verlas a los que habían cumplido los dieciséis o más, 3R que eran para mayores con reparos, aquí se avisaba para que los católicos cumplidores y los franquistas supieran que había algo nocivo en ellas como por ejemplo un beso de tornillo o una minúscula crítica a los curas o al régimen. Finalmente estaban las películas 4, películas que te llevaban a la condenación eterna si las veías, como por ejemplo Esplendor en la hierba.
Una costumbre habitual de esa época era comer pipas en el cine, siendo casi todos los espectadores causantes del ruidito que produce el crujido y consiguiente escupitajo de las cáscaras. Pero es inolvidable la emoción que se sentía con la llegada del séptimo de caballería, el rescate de la protagonista por el muchachillo de la película o el beso en los morros que se daban a veces y que provocaban pataleos, aplausos, y gritos, llegando a ponerte de pie o en cuclillas en el mismo asiento de puros nervios.

Este nostálgico escrito sobre el cine y los cines no puede acabar sin que haga mención de algunas de las películas, directores y actores que más me han impactado. En la filmografía nacional, por dejar una muestra de lo que se hacía, hay que nombrar a Marcelino pan y vino del año 1955, dirigida por Ladislao Vajda que comenzó la moda de las películas de niños actores, y que continuarían con Joselito, Marisol, Rocío Dúrcal y Pili y Mili.
Juan Antonio Bardem con Muerte de un ciclista del año 1955 y Calle Mayor del año siguiente, Marco Ferreri con El pisito y El cochecito de 1960. Luis García Berlanga con Bienvenido, Mister Marshall, Calabuch, Plácido y El verdugo. Juan de Orduña que puso en pantalla El último cuplé, de Sara Montiel. Las películas de Antonio Molina. Buñuel con Viridiana y Tristana, peliculas que originaron bastante escándalo durante la dictadura. Mario Camus, Miguel Picazo, Manuel Summers, Carlos Saura y Fernando Fernán Gómez son otros directores dignos de mención.
Películas como Casablanca abren la lista de las extranjeras que recuerdo con especial satisfacción. Duelo al Sol’, ‘El Diablo Dijo No’ de Ernest Lubitsch, ¡Qué Verde era mi Valle! de John Ford o Retorno al Pasado con Kirk Douglas y Robert Mitchum.
Esta Tierra es Mía de Jean Renoir, Con la Muerte En los Talones de Hitchcock, La Noche del Cazador con una espléndida interpretación de Robert Mitchum, Senderos de Gloria de Kubrick, Rio Bravo con la mejor interpretación que he visto de Dean Martin, Al Este del Edén con James Dean, El Árbol del Ahorcado, western del inolvidable Gary Cooper y Un hombre Tranquilo con John Wayne y Maureen O´Hara.
Más tarde vendrían La Muerte Tenía un Precio del gran Sergio Leone, 2001, una Odisea del Espacio de Kubrick, El Apartamento de Billy Wilder, Matar a un Ruiseñor con Gregory Peck, El Hombre que Mató a Liberty Valance, western inolvidable y El Guateque con un Peter Sellers inconmensurable haciendo de Inspector Clouseau.
No quiero dejar estas lineas sin rendir homenaje a Lino Ventura, Eddie Constantine, Belmondo, Alain Delón y tantos y tantos actores que circularon por el celuloide de mis años mozos.

Agosto de 2009

08 agosto, 2009

Cementerio







Historias para no dormir en Alcaudete

Dedicado a Paco Mesa Ruiz y a su llavero.

No sabría decir que hora es, ni siquiera sé como he llegado hasta aquí. el caso es que me encuentro ante una inmensa verja de hierro repujado con antiguos adornos. La luz diurna se diluye lentamente entre nubarrones negros y espesos. A mi alrededor una tenue niebla baja, acaricia mis pies sin ocultarlos del todo. He empujado la vieja y oxidada cancela y camino lentamente, entre hojas secas, sobre lajas de piedra en cuyos entresijos crece una hierba mustia y parduzca.
A ambos lados e iluminados por tintineantes llamitas de lámparas de aceite, hay mausoleos y capillas funerarias de formas barrocas y adornos góticos. Rezuman humedad y presentan un lamentable estado de abandono. Sus piedras y estatuas llenas de hollín y líquenes tienen un tono pardo y tenebroso. Entre los jirones de las nubes llegan tímidos resplandores de un ocaso que rápidamente da paso a la noche cerrada. De cuando en cuando escucho algún sollozo o lamento que se ahoga con el ruido de la hojarasca. También percibo el dulzón y penetrante olor de la muerte, que se enmascara con el olor a mustio de las flores marchitas de las coronas y los ramos que se apilan en montones a la entrada de algún mausoleo. Hay a mi alrededor personas enlutadas que deambulan con lentitud, entrando o saliendo de alguna capilla. Entre las sombras se percibe gente que con resignación y en silencio asisten al rito de velar a los difuntos. Sarcófagos abiertos, ataúdes sin tapa que muestran los blancos sudarios y cadáveres resecos, son el centro y la atención de los que velan. Me dirijo lentamente hacia una avenida más amplia que tiene a ambos lados hileras de grandes cipreses.
Tras ellos más capillas funerarias y mausoleos adornados de cruces y estatuas de ángeles hieráticos y de postura severa. Me cruzo con una corta procesión de gente enlutada y que camina lentamente precedida por la luz de una antorcha, que está sujeta a un carro de dos ruedas, empujado por un hombre robusto y encapuchado. En él porta el cuerpo de una mujer joven, pálida como la cera y que ha quedado al descubierto por la tenue brisa que se ha levantado. Alzo mi vista ante el aleteo de unos cuervos que se elevan graznando escandalosamente. Me apoyo en el tronco de un ciprés y me pregunto que es lo que hago en este lugar, pero no llego a concentrarme en la posible respuesta, pues un grupo de personas que musitan lamentándose, me empuja hacia el interior de un recinto de altos muros donde se reflejan fantasmagóricas sombras que se confunden con la hiedra, que ha ocultado casi por completo los altos ventanales góticos de vidrieras rotas y deterioradas. Junto a una de sus paredes y cerca de un altar con dos grandes velones, hay unos cuantos cadáveres con las vestiduras y sudarios desordenados, que poco a poco van siendo depositados en hornacinas, por dos hombre con sayales y capuchas que ocultan sus rostros.
Junto a los demás, me he sentado sobre un poyo de piedra fría y dura. Nadie dice nada y solo percibo algún que otro suspiro y el llanto contenido de alguna mujer. No conozco a nadie pero entre los que tengo enfrente me percato de la mirada de un hombre de edad que me observa sin parpadear. sus rasgos me son familiares y no tardo en darme cuenta de que es mi abuelo. Mi abuelo materno, que murió hace más de veinte años está sentado frente a mi y me mira con una mueca en el rostro que parece una sonrisa. me he quedado tan sorprendido que no atino a hacer nada y solo se me ocurre observarlo detenidamente mientras le intento devolver la sonrisa. Está vestido con un traje ajado y empolvado, la camisa blanca con pequeñas listas azuladas está abrochada hasta el cuello y no tiene corbata. Sus ojos tienen un brillo acuoso amarillento y su rostro es grisáceo con tonalidades azuladas. Se levanta lentamente y se acerca a mí ofreciéndome su mano. Me levanto, pero no le doy la mía. Con un gesto me invita a que le siga y es entonces cuando veo que su chaqueta esta rajada por detrás de arriba abajo. Al salir al exterior es noche cerrada pero esto no es problema para poder ver con detalle a mi alrededor. la gente deambula como sombras entre los mausoleos y las criptas, camina lentamente sin un rumbo cierto, o quizás si. Sigo a mi abuelo que de vez en cuando se gira para indicarme que le siga, mostrándome una sonrisa que ahora deja entrever los huecos de los dientes que le faltan. La niebla baja se ha espesado y por encima de ella flotan a veces las hojas secas que levanto al caminar. Entre catafalcos de mármol hemos llegado a lo que, me parece que es el pabellón funerario de mi familia. La puerta está entornada y mi abuelo la abre por completo. Antes de entrar me paso la mano por el rostro y percibo frío y escozor en la piel. Cuando entro, veo el interior iluminado por los dos candelabros que hay sobre el altar, donde chisporrotean una docena de velas que derraman su cera en gruesos goterones. Todos los nichos están abiertos y personas que no creo conocer están sentados en derredor de la estancia. Me siento al lado de mi abuelo y es entonces cuando creo reconocer a mi padre. Tiene el rostro cerúleo y la barba incipiente que le creció los últimos días que vivió en la UCI. No parece reconocerme y su mirada desvaída se pierde en un punto indefinido de la estancia. Algo me dice que todos los presentes son familiares míos, entre tristes y resignados esperan algo inevitable que les ha despertado de su sopor eterno. Y allí, entre ellos estoy yo sin saber por qué y con un cierto temor a saberlo, aunque me intento concentrar para responderme a las preguntas que se agolpan en mi mente, solo acierto, lentamente, a recoger una flor blanca que húmeda y marchita se encuentra entre mis pies...

Eduardo Azaustre Mesa
Alcaudete, Agosto 2009

Cementerio Monumental de Staglieno
El cementerio de Staglieno se encuentra en Génova [Italia], en el valle del torrente Bisagno. En los primeros años del siglo XIX, por razones de salubridad, los lugares de sepultura fueron desplazados hacia las afueras de las ciudades.
El municipio de Génova encargó al arquitecto Carlos Barabino en el año 1835 que proyectara el cementerio más grande de Europa.
Barabino murió ese mismo año, en la epidemia de cólera que se declaró en Génova.
El proyecto pasó a manos de Giovanni Battista Resasco. Los trabajos comenzaron en 1844 en los terrenos de Villa Vaccarezza di Staglieno. Fue inaugurado en 1851. La superficie actual de esta necrópolis es de 18.000 metros cuadrados.

Fuente imágenes [autor: Carlo Natale] :



Música: Asked For Love_ Lisa Gerrard

15 abril, 2009

Icono del Escudo de Andalucía (2006)


En la oscuridad...

Abrió los ojos de golpe y la luz que se colaba por una rendija de la ventana le permitió percibir los objetos de la alcoba. Algún ruido la debía haber despertado, aunque en este momento no se oía nada. Giró la cabeza y miró la hora en el despertador de números luminosos..., "las tres y catorce".
Sólo hacia un par de horas que se había acostado. Cerro los ojos y se dispuso a coger el sueño de nuevo. De pronto oyó un ruido que le hizo prestar toda su atención. Era como el sonido que hace el rascar una pared, suave e inquietante. En el silencio volvió a percibirlo tenuemente y se inquietó al pensar en su origen..., ¿un ratón tal vez?, "no puede ser, pero..." Metió los brazos y permaneció quieta bajo las sábanas. Era frecuente que se despertase en la noche con la sensación de no poder eructar, los ardores la obligaban, con frecuencia, a saltar de la cama para tomar un poco de bicarbonato que aliviase su mala digestión, pero éste no era el caso, cuatro horas antes de meterse en la cama había cenado un par de naranjas con aceite y eso no era como para tener mal cuerpo.
El ruido sonó de nuevo y esta vez le pareció que era dentro del armario, "rrisss, rrasss..., rrisss, rrasss..."
Levantó con suavidad las sábanas y se sentó en la cama, así estuvo un ratito hasta que lo volvió a oír, pero ahora le pareció que era en el pasillo. Se puso de pie y lentamente salió de la alcoba en la oscuridad. Del comedor le pareció percibir un resplandor suave y fosforescente. Otra vez oyó el ruidito "rrisss, rrasss..., rrisss, rrasss..." Anduvo con lentitud en la oscuridad y empujó suavemente la puerta. Dentro del comedor, a oscuras y junto a la cómoda vio la figura de una muchacha, que desprendía una luz suave y verdosa de su propio cuerpo y la miraba con ojos casi blancos, mientras rascaba la pared. Sintió que las piernas no la sujetaban y cayó al suelo desmayada.
-"Mary, Mary despierta...," - Juan le daba guantazos en las mejillas para que recuperase el sentido, abrió los ojos y levantó los brazos para dejar de recibir los tortazos...
-¿Que te ha pasado? me has despertado al caer ¿Que te ha pasado? menudo susto me has dado¿Te encuentras bien? ¿Llamo al médico? ¿Que te ha pasado?...
Demasiadas preguntas y nada que contestar, Juan la había recogido del suelo y la había dejado sobre la cama, así es que se acomodó bajo las sábanas y solo acertó a balbucir "...ya me encuentro bien, déjame" .
Juan protestó por la falta de información pero se adecuo a la situación y después de apagar la luz se metió en la cama.
El silencio quedó pronto roto por la fuerte y acompasada respiración de Juan y de nuevo Mary abrió los ojos en la oscuridad. Así estuvo un buen rato y no volvió a oír el ruido, ¿Quien sería la muchacha de la aparición? y ¿porqué rascaba la pared? ¿A quien le iba a contar lo que había visto? la tomarían por loca seguramente..., y se quedó dormida.
Abrió los ojos y tuvo la sensación de haber oído de nuevo el "rrisss, rrasss..." Giró la cabeza y miró la hora ..., "las tres y catorce". se quedó perpleja con la vista fija en los números y al ratito vio que el cuatro se convertía en un cinco, o sea..., "las tres y quince"... Cerró los ojos e intentó continuar durmiendo.
Serían las nueve de la mañana cuando se levantó y lo primero que hizo fue acercarse al comedor para mirar donde la figura de la muchacha rascaba la pared.

La radio de los sesenta.

Recuerdos de los sesenta


Cuando Mari Puri cumplió los quince años tenía una pasión, la radio.
La radio era todo un mundo abierto a la imaginación y Mari Puri, de eso tenía pa echarle a los marranos.
Cuando cosía, cuando limpiaba el polvo o hacía cualquier faena doméstica, su mente y su sentío estaba en el mundo de la radio. Se conocía la letra de todas las canciones y tonadillas, desde las de Juanito Valderrama a las de Marifé, desde las de Bruno Lomas a las de Karina, pero lo que más le ponían eran las cancioncillas de José Luis y su guitarra o las baladas de Andrés Caparrós.


Aquellos discos dedicados de “Aquí radio Andorra, emisora del Principado de Andorra...” con su ristra interminable de dedicatorias... “ ... para Lupe, en su aniversario de boda, de su marido Juan Manuel que la quiere y para Josefina de quien ella sabe... escuchen ustedes a Luisa Linares y los Galindos en la bonita melodía De tu novio qué...”, o si no los seriales de sobremesa y vespertinos, Ama Rosa... “... con Juana Ginzo en el papel estelar de Ama Rosa, con José Fernando Dicenta como el Doctor Beltrán y Julio Varela como narrador...”, Matilde, Perico y Periquín...” ...con Matilde Conesa, Matilde Vilariño y Pedro Pablo Ayuso...”, y después de la presentación, la incombustible cancioncilla de :
Yo soy aquel negrito
del África tropical,
que cultivando cantaba
la canción del Cola Cao.


Y como verán Ustedes,
les voy a relatar
las múltiples cualidades
de este producto sin par...


Al medio día, a eso de las dos y media, Mari Puri, tenía que dejar el control de la radio a su padre Diego, republicano silencioso y domado por el franquismo, impertérrito escuchante del Parte, diario hablado, versión radiofónica del NO&DO, que daba cuenta de los pantanos que se inauguraban, de los logros del Movimiento Nacional, del contubernio judeo-masónico, de Educación y Descanso y el Sindicato Vertical, entre otras efemérides. Informaciones que completaba siempre a las diez de la noche y más tarde con lo que decían en onda corta, entre pitidos insoportables, la BBC de Londres en su diario de lengua española, Radio París... "Ici Paris. Vous pouvez entendre notre emission en langue espagnole...", o si no, Radio España Independiente estación Pirenaica.
Podría decirse que la radio desempeñaba una misión más importante que la que hoy cumple la televisión. Y es que unía a la familia. La televisión obliga a dedicarle una atención casi total. Con la radio se podían hacer otras cosas a la vez, Mari Puri podía cocinar, planchar, lavar o coser y además permitía compartir el calorcito del brasero de picón en la mesa camilla, con toda su familia. Allí la abuela, el tito Teodoro, solterón que vivía en casa y los demás reunidos, escuchaban y comentaban lo que oían.


A Mari Puri le encantaba oír a aquellos locutores inolvidables como: Bobby Deglané y José Luis Peker, Raul Matas o Alberto Oliveras. programas como Cabalgata Fin de Semana concursos como Doble o Nada; El humor de “Yo soy El Zorro, zorro, zorrito, para mayores y pequeñitos; yo soy El Zorro, señores, de mil amores voy a empezar" y Carrusel Deportivo con Martín Blanco y Vicente Marcos, Matías Prats y sus retransmisiones de partidos de fútbol, o El Gran Musical entre tantos otros.
La radio era la ventana al mundo que Mari Puri tenía, el escape de la rutina, el balcón de los sentimientos.
Mari Puri, que estuvo cosiendo en lo de la maestra Dolores recuerda a todas las nenas, ella incluida, llorando mientras cosían y escuchando los desamores de "Lo que no muere", de Guillermo Sautier Casaseca, o los consejos que se daban en el Consultorio de doña Elena Francis.
Si le quitabas la radio a Mari Puri la matabas, ahí encontraba la alegría de las canciones que cantaba voz en grito mientra fregaba y a la par que la tonadillera de turno, se meaba de risa con las tonturas de Gila o el Zorro y lloraba a moco tendido con las desgracias amorosas de la protagonista del serial de las tardes, que entre otras cosas hablaban correcto castellano y no el dichoso argot sudamericano al que nos acostumbran los culebrones televisivos de sobremesa y que son mofa, “...¡ole que precios!”, de los anuncios de SuperSol.

25 febrero, 2009

Antequera y Málaga de paradores


Lo que no viene en las guías

La escusa ha sido ver como se habían quedado los paradores de Antequera y el Málaga Golf después de la reforma, así es que el veintitrés de febrero del anárquico invierno del 2009 salimos hacia Antequera un espléndido y luminoso día. El trayecto es tranquilo, con las sempiternas rotondas en obras de Lucena y la inacabada autovía de Córdoba a Málaga, pero cuando uno va de buen rollito esas pequeñas molestias son pecata minuta. Al entrar en Antequera busco con la mirada la Peña de los Enamorados, pero el tráfico no me deja contemplarla hasta que aparco en la explanada que hay ante la recepción del parador.

Esta peña me hipnotiza, con la forma de la cara de un indio o narizotas tendido boca arriba y poseedora de una romántica historia de amor entre Tagzona, hija de un musulmán de Archidona, que liberó de la cárcel a su amor Tello, un joven cristiano de Antequera del que estaba enamorada.
Pero como en aquellos tiempos las parejas de distintas religiones no podían casarse, los amantes huyeron, refugiándose en lo más alto de la peña. Cuando se vieron acorralados por los guardias, ambos, cogidos de la mano, se arrojaron al vacío, y cuentan que en su base están enterrados.

El parador se ha quedado de dulce, hasta ha subido de categoría, ya es de cuatro estrellas, muy moderno y con mucho gusto.

Ha merecido la pena la reforma y ampliación.

Recomiendo al que visita por primera vez esta ciudad que vaya al Torcal, no quedará defraudado, pero al que va allí con frecuencia, como yo, seguro que se sorprenderá con la Antequera urbana que es una ciudad preciosa. A mi me encanta callejear por su centro, visitar sus iglesias y perder el tiempo en la terraza de un bar de los que hay en la Alameda de Andalucía. Recorremos esta calle con su continuación Infante Fernando y visitamos la iglesia de la Virgen de los Remedios, donde alguien, muy amable, nos ilumina el templo para que podamos verlo en su plenitud, el barroco explota aquí de forma fulgurante, sus paredes cubiertas de pinturas con motivos florales y el retablo principal que te deja perplejo. Sobre el camarín de la Virgen y a más de diez metros de altura hay un caballo a tamaño natural que parece saltar con medio cuerpo fuera del retablo. Subido al caballo, Santiago Apóstol que parece entregar a un fraile la imagen de la Virgen.

Al final de la calle está la iglesia de San Sebastián, donde, justo al entrar, nos topamos con la singular imagen del Señor de Mayor Dolor. Se trata de una imagen de un Cristo que está, literalmente a gatas. Se da la circunstancia de que esta imagen es la protagonista del Cartel de Semana Santa 2009.
Es agradable el paseo por el sol pero a la hora de sentarnos para tomar el aperitivo buscamos la sombra de un árbol. En la terraza que ocupa casi toda la acera frente al Galeón nos tomamos unas cañas con un queso cremoso y exquisito adornado con anchoas del Cantábríco. A pocos metros de allí, en la calle Cantareros 24, existe una estupenda Pastelería Cafeteria que se llama Marengo en donde se puede degustar el maravilloso Bienmesabe, dulce riquísimo y típico de Antequera.
No es de extrañar que se oiga a alguien decir " ...me voy a tomar unos churros a la fuerza..." y es que hay un bar churrería que se llama "A la fuerza", está a tope a todas horas, sus churros son muy buenos y los molletes con tos los avíos se sirven a todas horas. Uno de estos molletes con tomate triturado y aceite con jamón ibérico lo llaman Catalana, delicioso.
Desayunamos en el parador antes de salir para Málaga y en una media hora estamos instalándonos en una de las nuevas habitaciones del Málaga Golf. El día es primaveral y hay mucha gente jugando, atravesamos el campo de golf y salimos a la playa, el mar está como una piscina y pertrechados de sombreros paseamos por la orilla del Mediterraneo en dirección hacia Torremolinos. Hoy martes es día de pescado y nada nos impide desfrutar de una fritura de salmonetes, boquerones, acedías y las exquisitas puntillitas entre otras delicias, regadas con Rueda fresquito. si viviera en la costa solo comería pescado... ¿Que le voy a hacer?¡Me gusta tanto!
Por la tarde visitamos un mega centro comercial llamado Plaza Mayor que está a menos de un kilómetro del parador y notamos como empieza a refrescar, el tiempo se está preparando para mañana que no va a ser tan bueno, así es que al día siguiente volvemos directos a Alcaudete con el buen sabor de este miniviaje.

10 diciembre, 2008

De paradores por la Vía de la Plata

Lo que no viene en las guías


Durante siete días voy a realizar la Vía de la Plata por Extremadura recorriendo encadenados todos sus paradores nacionales. El primer destino es Zafra y resulta necesario salir a las nueve de la mañana, por lo menos, para llegar al medio día. El tiempo se muestra espléndido este primer domingo de Octubre y el camino no está mal pero, desde Córdoba, no hay casi gasolineras y los restaurantes y bares son casi nulos, así es que ojo al dato.


La primera sorpresa es que Zafra celebra la Feria Internacional de Ganados. llegamos a las doce menos cuarto y arribamos en caravana durante seis kilómetros por culpa de la aglomeración de vehículos que atrae la feria. El parador está hasta los topes y es difícil aparcar. Antes de acercarnos al ferial nos tomamos un surtido de ibéricos con queso de oveja en una terraza al lado del parador, en la plaza de España. La terraza se llama Gabi y su especialidad es el bacalao rebozado, las setas en caldereta y las carnes a la brasa. Después nos pertrechamos de un sombrero y a la feria.
Es una gozada poder visitar los stand con una muestra muy importante de ganado que se presenta a concurso, el porcino, bovino, ovino, caballar y caprino (hacía mucho tiempo que no sentía el olor de las cabras). La feria durará hasta el día 8 y hoy domingo está a tope. Vuelvo a escuchar la expresión tan extremeña “Ave” que la repiten constantemente. Regresamos al parador para descansar hasta que salgamos más tarde y cuando lo hacemos nos topamos, justo al lado del parador, la calle Sevilla que termina en la plaza Grande. Nos acercamos a la colegiata y nos situamos ante el retablo de Zurbarán, casi no me entero de la misa hipnotizado por los cuadros del retablo. Después callejeamos caminando hacia la plaza Chica y recomiendo vivamente visitar las bodegas de Jaloco muy cerca de la misma, son estupendas y sus vinos de lo mejorcito. Después apetece un nuevo paseo por la feria que sigue en ebullición aunque ya se han cerrado los pabellones de ganado.


Al día siguiente visitamos Almendralejo al paso, merece la pena, ¡pedazo de ciudad!, el ayuntamiento está en la casa donde nació Espronceda, que nació el mismo día que yo, pero doscientos años antes.


Seguimos a Mérida, y es la primera vez que no me pierdo al entrar en esta ciudad, señal de que ha mejorado su señalización, por eso entramos directos al aparcamiento del parador. Mérida es la ciudad que menos me gusta de Extremadura pero no por eso voy a renunciar a pasear cerca del museo romano y por sus calles comerciales y céntricas. Por experiencias de anteriores visitas sé que la mejor opción es comer en el parador y así lo hago. Imprescindible pedir de postre Técula Mécula, prueba de que los árabes no son los que inventaron el mazapán, esta tarta es de origen romano y nunca he comido nada igual. Una recomendación a no olvidar es no ir a comer al restaurante Nicolás, local con pretensiones en un chalet del centro, que en visitas anteriores me trató fatal.


Al día siguiente cogemos la autovía hasta Cáceres, ciudad insuperable y preciosa, la visita guiada por su recinto amurallado es imprescindible y muy gratificante. La oferta en bares y cafeterías es muy buena pero por recomendar algo, no puedo olvidar la pulguita de jamón ibérico que me tomé en Zeppelin que está al principio de la calle Virgen de la Montaña. Una muy buena opción de restaurante es El Atrio, que está algo escondido, pero para mi gusto es imprescindible comer en el Figón de Eustaquio (probar las ancas de rana, las hacen como nadie). El parador es más pequeño de lo que creía, pero muy coqueto y de nivel, en su comedor sirven un solomillo de ibérico que no se olvida fácilmente.

El viaje a Trujillo es bastante corto y se hace al lado de la nueva autovía que está finalizando sus obras. Se nota mucho la vuelta que le han dado a esta población, hasta el parador está muy remozado, su decoración se parece a la del Palacio de Bailío, el cinco estrellas de Córdoba. Es maravilloso el paseo por la ciudad medieval y la visita a los templos (pagando), merece la pena. Este es el primer día que podemos comer de cuchara en paradores, judiones con codornices y guiso de patatas con costillas de ibérico, lástima que se esté perdiendo la costumbre de aviar guisos.
Dejando a nuestra derecha el parque de Monfragüe y pasando por dentro de Navalmoral de la Mata nos encaminamos a Jarandilla de la Vera. Aquí empezó mi viaje por estas tierras hace más de quince años y mis recuerdos son maravillosos. El parador sigue cumpliendo las expectativas más exigentes y en su comedor se sirve la caldereta de cabrito más exquisita que se pueda comer. Losar, Valverde y Villanueva de la Vera no han mejorado, al contrario, creo que ha empeorado su estética. En el tiempo que ha pasado desde que vine por aquí, no han sido capaces de eliminar los cables de la luz y del teléfono o los coches, que anárquicamente se han apoderado de las fachadas y de las calles. ¡Lamentable!
Aún así, el que no haya venido nunca se seguirá asombrando del potencial turístico de estas aldeas.
En Jarandilla, el antiguo restaurante “Puta parió”, donde habitó el mayordomo del emperador Carlos V, ha progresado y se ha remozado creando cerca una tienda de delicatessen extremeñas. En el paseo que hice en este pueblito de la Vera por la tarde, pude retratar una antigua abadía templaria y una picota de piedra, de las pocas que van quedando por España.
Al día siguiente partimos hacia Plasencia donde pasaremos los dos últimos días de la ruta. Imprescindible parar en Cuacos de Yuste para visitar el monasterio donde vivió sus últimos días el emperador. En la cripta, que está bajo el altar mayor, se conserva el ataúd donde lo pusieron al morir y me impresionó mucho lo pequeño debió ser de estatura.
El parador de Plasencia es de nuevo cuño en el convento gótico de Santo Domingo, fundado por los Zúñigas a mediados del siglo XV. Sus habitaciones, comedores, claustros, estancias y hasta el garaje con ascensor para los coches son una gozada, pero es tan magnífica la oferta en bares y restaurantes de esta ciudad que solo desayunamos en el parador.

La iglesia del convento donde está el parador es tan grande como Santa María de Alcaudete y está dedicada a Museo de Semana Santa de Plasencia, ¡Fantástico! Otra visita para no perderse son sus dos catedrales adosadas.
El café Español ¡Que bonito nombre para un café! ofrece españolitos, especie de minibocadillos exquisitos y variadísimos que te ofrecen con la bebida, o sea que se tapea muy bien. Dentro tienen un buen comedor donde te sirven unas migas extremeñas con huevos fritos que quitan el sentío y el choto al ajillo, casi sin huesos, es delicioso.

Otro lugar con solera para comer es el Rincón Extremeño en un callejón al lado de la plaza Mayor, sus criadillas de la tierra, especie de trufa blanca, son estupendas y sus guisos extremeños insuperables. Tienen además de la carta, un menú bastante económico.
Me olvidaba de recomendar que para beber por estos pagos hay que pedir los vinos de la Tierra de Extremadura que no tienen nada que envidiar a los Riojas o demás que nos ofrecen por los bares. Una buena opción es pedir vino de pitarra. La pitarra es una gran vasija de barro donde se hace el vino por estas tierras y tiene la particularidad de dar un vino excelente y nunca peleón, “...o sale buena la pitarra o el mosto es para vinagre, no hay medias tintas”. Antes de regresar a Alcaudete me pertrecho, en una de las múltiples tiendas de delicatessen, de un buen surtido de ibéricos, morcilla patatera, quesos y vinos de Extremadura para invitar a mis amigos, que de seguro me lo agradecerán.

El guateque

Recuerdos de los sesenta


El bachillerato se estaba poniendo muy pesadito, los primeros cursos por libre dieron paso a la matriculación en el instituto de la capital para hacer sexto con reválida y el gasto que eso traía consigo estaba esquilmando la precaria economía familiar, cosa que repercutía en el escaso dinero que tenía para divertirse. Era casi obligado venir todas las semanas al pueblo, pues aunque la alsina no era gratis, Paco se podía traer la ropa sucia para llevársela limpia y planchada el lunes, amén de algunas vituallas que daban de sí casi toda la semana. También estaban los guateques que casi cada tarde de sábado o domingo se organizaban donde se podía, unas veces en la cochera de Evaristo, otras veces en los sótanos del Edu y en algunas ocasiones fuera del pueblo en un cortijo cercano con el consiguiente trajín para desplazarse, que le pregunten a Josico la de viajes que tenía que hacer con la Lambreta de su padre para trasladar amigos y chismes o si no al socorrido camioncillo del Samba en cuyo cajón y en sillas de enea viajaban casi veinte, entre amigos y nenas.


Paco se libraba casi siempre de la decoración del local, cosa para la que no faltaban voluntarios, pero si que tenía que recaudar las perras a escote que entre todos juntaban para la bebida y después comprarla. Ni que decir tiene que las nenas no pagaban, ningún muchacho de la década de los sesenta podía consentir semejante cosa, solo alguna chica aportaba unas patatillas de boda caseras o una damajuana chiquita de aceitunas.
Paco disfrutaba del baile y aprovechaba esta circunstancia para relacionarse con el sexo opuesto. Tenia buen cartel, era estudiante y eso no era cosa corriente así es que no le faltaban voluntarias para moverse al compás de “... cuando calienta el sol, allá en la playa...”. Victoria era la mejor para estos bailes, era alta y un poco gordita, muy guapa, de ojos verdes y grandes, y con un pelo negro, largo y rizado que olía a una mezcla de Maderas de Oriente y a zalea de cordero lechal. A la segunda pieza de agarrao se amorcillaba un poco y aflojaba la tensión que ponía en su brazo para mantener a raya a Paco y se acaloraba un tanto dejando salir cor su escote un tenue olorcillo a morcilla.



Patro era de las más marchosas, rubita, pequeñita y delgada tenía metido el ritmo en el cuerpo y era ideal para bailar aquello de “No vemos presumida no te puedo aguantar, esas puntadas tuyas no las puedo pasar...” de los Teen Tops y Enrique Guzmán, o si no “La Plaga”, rock que dejaba la frente de Paco perlada de sudor.



A Paco le gustaba curiosear durante un buen rato los nuevos discos que se traían a cada guateque, se acercaba a la mesa del picú y revolvía entre vinilos de Adamo con “Un mechón de tu cabello”, Paul Anka con “Diana”, Neil Sedaka con su “Oh Carol”, Cliff Richard y los Shadows tocando “Apache”, o los grupos españoles como los Sirex, Duo Dinámico, los Salvajes, José Guardiola, Bruno Lomas y Mike Rios.
“Lolita, tu tienes una forma de bailar que me fascina...” sonaba casi siempre que Paco y su amigo Fermín se tomaban a cortos sorbos un cacharro de Coca Cola con Larios, departiendo sobre las nenas que habían venido al guateque, pasando de las risitas y cuchicheos de las mismas. Entre ellas había una, Mari la de Almogía también apodada la Churrera, que siempre olía a fritos y a churros, a la que le gustaba tomarse palomitas de anís y que cuando se achispaba un poquillo cantaba aquello de:

Un cateto de Almogía
le decía a su mujer,
no te peles que es veneno
mala puñalá te den.


Tenía Mari un hermanito chico, revoltoso y travieso, que se llevaba siempre a los guateques y que, por deporte y diversión se dedicaba a sobarle las nalgas a las nenas mientras bailaban, esto daba lugar al correspondiente chillido de protesta y el consiguiente coscorrón de su pareja de baile, que era respondido entre lloriqueos con un “SsChudo, sschudo maicón , que te pones mu sschudo cuando estas baidando...”. Si daba demasiada morcilla recibía la reprimenda de su hermana Mari, la Churrera, y entonces, en venganza, le cantaba con voz gangosa y sorbiéndose los mocos..., “si quiedes vivid agusto cásate con la chudeda, estadás toda da noche chudo dentro chudo fueda”.

En el guateque estaban todos los prototipos: el tímido, que no era capaz de sacar a bailar y miraba desde la mesa de los discos y el picú a la chica que le tenía atontado, el feo introvertido, que ponía los discos o preparaba las bebidas, sin bailar tampoco, el espabilao, que era feo pero resultón, y que bailaba con todas, el guaperas, que tenía un llenazo y se dejaba querer, con esos aires, imitando al Delón en “A pleno Sol” y esa superioridad de que hacen gala los que son unos creídos... Por otro lado, las chicas aceptaban los requerimientos de los que no les hacían tilín y rechazaban al nene de sus sueños por aquello de hacerse valer. También estaba la Petra, una feucha medio bizca que venía siempre con Victoria, sempiterna redentora de amoríos frustrados, que por regla general se ponía al lado del feo introvertido a hacerle compañía en su soledad.



En el guateque, la castidad estaba garantizada, primero porque todas las nenas eran unas reprimidas y los varones no tenían el valor suficiente, además estaban las carabinas, Petra era una de ellas, que amenazaba continuamente con chivarse y por otro lado estaba la madre de turno que se daba una vuelta por el baile, como el que no quiere la cosa y hasta el cura párroco que en más de una ocasión se colaba de rondón y era capaz de emplazar al más pintado ante el confesionario por una mano más o menos colocada en un trasero. El brazo izquierdo femenino se asentaba por lo general fuertemente en el pecho masculino haciendo palanca y costaba uno y mil intentos provocar el roce más inocente. En el guateque todo era ilusión, simpleza, inocencia, romanticismo en una nube de feromonas y buen rollito como se dice ahora.
Paco temía el momento en el que Petra, decía aquello de “Nos tenemos que ir, que si no nos van a castigar...” y todas por igual asentían creando la desbandada que liquidaba el guateque, entonces se acercaba a Victoria y salían cogidos de la mano hasta los alrededores de su casa, cosa que le provocaba la misma excitación que cuando, mientras bailaban, rozaba su pierna o sentía su respiración en la mejilla.


Después de repartir a las nenas por sus casas, acabado el guateque, Paco y Fermín daban un paseo por el solitario parque, Paco era un enamorado de las motos y como su amigo Fermín trabajaba en el taller de motos y bicis de su padre, tenían tema de conversación asegurado. Por otro lado a Fermín le encantaba escuchar a Paco hablar de las noticias, las pelis y las cosas de la capital: La proeza del ruso Yuri Gagarin, primer cosmonauta de la historia y los Ovnis eran una de sus conversaciones preferidas. Así como los programas de televisión que Paco veía en su residencia de estudiante: “Escala en Hi-fi”, “Un millón para el mejor”, “Cesta y puntos”, o las series de “Perry Mason” y “Bonanza”.

Por aquel entonces el Cordobés revolucionaba con el salto dela rana los ruedos de las plazas de toros y Marisa Medina decía las noticias con aquella sonrisa tan sensual.

UN BODEGÓN Y OLIVOS AL ÓLEO


Peñiscola para "carrozas"

Lo que no viene en las guías

En la calle principal de la zona moderna, que va de la Plaza de la Constitución a la bahía y en dirección al casco histórico, hay una inmobiliaria que expone en sus escaparates una colección de fotografías antiguas en donde se pueden apreciar los espectaculares cambios que se han producido en Peñíscola. Cuento esto porque hacía unos treinta años que no iba a este lugar y mis recuerdos se parecen más a las vetustas fotos que a lo que contemplo en la actualidad.
Peñíscola es un enclave impresionante se mire como se mire. Su maciza fortaleza fue objetivo primordial de órdenes militares, desde los Templarios a los de Montesa, sede del papa Luna y bastión de la guerra de la Independencia, resistiendo a los cañones franceses.
Las autoridades culturales castellonenses han hecho mucho por recuperar el entorno, pero no han sabido involucrar a los vecinos y constructores para que en el recinto amurallado se construyeran viviendas con apariencia acorde a lo que debería ser por proximidad al castillo. La circulación y aparcamiento de vehículos en el casco histórico, las antenas de TV y el cablerío de alumbrado y teléfonos, son los principales obstáculos para optimizar la estética del lugar. Otra cosa es el paseo marítimo que llega a Benicarló, totalmente atiborrado de edificios de hoteles y apartamentos que a lo largo de siete u ocho kilómetros discurre al lado del mar con una cuidada y limpia playa por la que es una gozada pasear en otoño.
He fijado mi residencia en el Hotel Ágora, con Spa y todos los avíos, estrenado este mismo año, es lo más de lo más en lo que a diseño y modernura se refiere, pero estamos en Noviembre y tienen que adecuarse al mercado que queda debido a fechas y crisis, por lo que el buffet de autoservicio alimentario no es lo que se corresponde a un cuatro estrellas. También es verdad que el precio es muy asequible.

En Peñíscola está la fortaleza y el paseo marítimo y eso da para lo que da, así es que hay que programar una serie de visitas a los alrededores que hagan amena la semana que vamos a permanecer aquí y el primer lugar que visitamos es Morella. Esta ciudad amurallada está en ruta de Vinaroz a Zaragoza y aunque la carretera es buena, en su último tercio te hartas de curvas. He visto pueblos medievales mejor conservados y más espectaculares pero ya que estoy aquí aprovecho para admirar su cerco amurallado, la catedral, que bien merece ser visitada, y su calle principal que está porticada a lado y lado. Imprescindible tomar un café con leche y unos laons de Morella, especie de empanadilla rellena con una pasta de requesón y almendra, rico, rico.
Tortosa es otra ciudad a visitar. Tomando la AP-7, siempre a base de pagar peaje, te deja muy cerca. Como siempre, lo más perentorio es encontrar donde dejar el coche lo más céntrico posible, cosa no muy difícil.


Lo primero visitar el Ebre, como sus habitantes dicen, lleno a tope y que en unos pocos kilómetros se pierde en el mar Mediterráneo, por mucho que me lo expliquen no entiendo los grandes letreros en sus laterales que dicen no al trasvase. Al lado del río, el Mercado Municipal, imponente y espectacular, me encantan sus puestos de pesca salada donde el bacalao es el rey. Los cuidados bares de su interior repletos de exquisiteces, bocadillos y tapas que son la delicia de los que vienen aquí a comprar.


Luego hay que callejear y visitar su catedral que tiene una importante exposición permanente, después es imprescindible subir al castillo, que es Parador Nacional, aunque para ello hay que atravesar una zona antigua, vieja, abandonada y ruinosa que ha sido dejada en manos de okupas, marroquíes en su mayor parte, que no es lo que esperábamos para esta zona.
Una curiosidad de origen medieval, que me llamó la atención, es la Cucafera, especie de tortuga o dragón gigante sin patas pero que dispone de una cabeza semejante a la de un cocodrilo, que mueve adelante y atrás constantemente y que tiene unas hermosas orejas. Por lo visto este bicho se alimenta de gatos y algún que otro niño, siendo en la procesión de la Virgen de la Cinta, patrona local, donde se exhibe con arrogancia para jolgorio de los que la contemplan.

Otra excursión a realizar es la visita a Castellón, capital de la provincia por la que hay que pasear su moderno centro urbano, lleno de buen comercio que se encuentra ubicado entre el carrer d´Enmig, o sea la calle de Enmedio y la calle Mayor. Como sabéis lo primero que busco en una ciudad es su mercado y el Mercat Central de aquí es de impresión. Está separado el pescado del resto por la cantidad de paradas y la abundancia de la oferta. Deambular por entre los repletos mostradores donde hay de todo y hasta bien de precio es alucinante ¡Que variedad y que frescura de pescados!
Al lado el Ayuntamiento y la concatedral, con su torre exenta, en una plaza gemela a la que hay al otro lado del mercado repleta de bares y que la tienen llena de mesas y veladores.
Hace dos días solamente que se inauguró en la concatedral la exposición cíclica que La Llum de les Imatges (La Luz de las imágenes), que en esta ocasión se llama Espais de Llum (Espacios de Luz) y como es natural no me la podía perder. Cuadros primorosamente restaurados, la propia concatedral está perfectamente restaurada, y óleos e imágenes de varias épocas componen una muestra que se complementa con la que hay en Burriana y Villa Real.
Ya he tenido oportunidad de ver varias exposiciones en distintos años de esta muestra de La Luz de las Imágenes y nunca me ha defraudado, al igual que la que desde hace tiempo se realiza cíclicamente en Castilla León y que llaman Las Edades del Hombre y la que hacen en la región de Murcia, llamada Huellas.
Hablo con algunas personas que visitan la exposición y al comentarles que mi tierra es la cuna del Barroco y detallarles parte de la ingente cantidad de arte sacro, catedrales y conventos que hay en Andalucía, me dicen con socarronería que por qué no se hace esto mismo en mi tierra. No se que contestar y no alcanzo a comprender la razón de que no hayamos sido capaces de crear algo tan bello y con tanto potencial artístico y turístico. Seguro que nadie encuentra respuesta a esta cuestión ¿o quizás si?
He dejado para el último día lo más cercano, Benicarló y Vinaroz, enclaves típicamente veraniegos. No dan para más de una mañana entre las dos y paradógicamente es mejor y más bonito Benicarló (tierra de las alcachofas) aunque sea una ciudad de menor importancia. Ambos pueblos tienen un buen mercado municipal y es lógico que su oferta sea inferior a la que vimos en Castellón, lo que no entendemos es que sus precios sean bastante más caros que en la capital (lo único bien de precio son las naranjas y las mandarinas). Por otro lado se entiende que su progreso se debe fundamentalmente a la cantidad de veraneantes que acogen cada año y que en algunos casos, triplica su población habitual.

28 septiembre, 2008

Dos retratos a carboncillo y a pastel (1969 y 1971)

Mi abuela paterna Pilar Salazar Martínez



Mi abuela materna Carmen Mantas Pareja

El billete premiado en el bolsillo del muerto.







Historias para no dormir en Alcaudete.

Estaba completamente exhausta, miró en derredor y solo acertó a dejarse caer en el sofá. Durante dos horas había puesto la casa patas arriba y nada, el billete de lotería no aparecía por ninguna parte. Al final su primera intuición iba a ser verdad, cuando en el tanatorio le dijo Ramiro al oído...- El billete de lotería que me compró tu marido la semana pasada tiene premio...¡El Gordo!
-Solo me faltaba que estuviese el billete en la chaqueta del traje marrón-. Se dijo, desechó la idea durante un rato, después empezó a obsesionarse y no paró hasta que consiguió entrar en la habitación del muerto. Primero y con la excusa más peregrina consiguió que le abriesen la puerta...- No se quede mucho rato, que ahí hace un frío de narices... - Después echó las cortinas y rápidamente empezó a registrarlo. Ni le miró a la cara pero no pudo impedir rozarle las manos, frías y duras como la merluza congelada... Creyó mirar en todos los bolsillos pero se le olvidó uno, el interior derecho. -¡Imbécil de mí!, me dejo el interior derecho y claro, ahí debe de estar, porque no aparece por ningún lado-. Los nervios y pensar en la gente que venía constantemente a darle el pésame la aturullaron. Descorrió las cortinas y salió.


-¿Que pasaba María...?
-Nada, figuraciones mías, he entrado... por nada, ...que se me ocurren unas cosas...
Doscientos mil euros... ¡Nada!, más de treinta y tres millones de pesetas, o sea arreglarle la vida de una vez y no sabía donde estaba el billete. Por una vez que iba a hacer una buena cosa por ella y mira...
- ¿Porqué se me ocurriría que le pusieran el traje marrón? Hoy en día que solo se les pone una sábana...
- ¿Que dices María?
- Nada, nada, ...que me he quedado muy sola...
Durante todo el funeral no pensaba en otra cosa...-Ojalá que esto acabe pronto para buscar el billete en casa-. En un principio no tenía planificado ir al cementerio pero lo pensó mejor...- Voy a ir al cementerio...-
- Pero mujer, deberías descansar que no has dormido nada desde anteayer ...
- No, no, que quiero ir...
Ahora estaba casi al borde de la desesperación, allí, tirada en el sofá y con un decisión tomada ...
- Mañana por la noche voy a abrir el nicho, será fácil, está abajo de la fila de nichos, en cuanto cierren me quedo dentro y antes de que se haga de noche habré acabado... ya he pensado como salir... será fácil.



Serían las nueve y veinte de la mañana. El sepulturero abría la cancela ante dos mujeres enlutadas que con velas y flores esperaban, desde hacía rato, poder entrar en el cementerio.
- Ya era hora.
- Perdona mujer es que he tenido avería en el coche...
- El coche, el coche, al final vamos a ir en coche hasta al retrete...
El sepulturero sujetó las puertas a los muros para que no se cerrasen y se dirigió a la oficina, encendió el ordenador, guardó dos libros de registro que había dejado sobre la mesa la tarde anterior y se fue a orinar.
Se estaba subiendo la cremallera cuando le pareció oír gritos. Salió al exterior y entonces los escuchó con claridad, venían del interior del cementerio. Se encaminó hacia dentro del recinto y casi tropieza con una de las mujeres que salía gritando como si hubiese visto al diablo.
- Pero mujer, ¿que te ha pasado?, ¿A que viene este alboroto?...
- ¡El muerto la ha matado!, ¡el muerto la ha matado!...
Siguió andando hacia el patio de los cipreses y entonces vio el bulto, al principio no supo muy bien lo que era, hasta que al acercarse se percató de la macabra escena. El nicho había sido abierto, lo mismo que la caja. Al lado, en el suelo, había una mujer muerta, con medio cuerpo sobre el difunto, y con un billete de lotería en su mano izquierda. El difunto tenía los ojos abiertos y una mueca en los labios que parecía una sonrisa, asimismo tenia sobre la mujer sus dos brazos como si la sujetase, abrazándola.

Eduardo Azaustre Mesa
Alcaudete, septiembre de 2008

El avión vacío








Historias para no dormir en Alcaudete

Abrió solamente un ojo, el derecho, y miró por la ventanilla. Todo estaba blanco, un blanco níveo, no se veía absolutamente nada y volvió a cerrar el ojo. El ruido de los motores era suave e invitaba a dormir, pero pensó que había dormido bastante. Siguió con los ojos cerrados. Paladeó varias veces comprobando que tenia la lengua seca, se debía haber dormido durante el vuelo... ¿que vuelo? Abrió de golpe los ojos y efectivamente estaba en un avión, ante sí el pañito del asiento de delante con las siglas de KLM, ¿que hacia él en un vuelo de las lineas holandesas?, ¿iba o venía? Volvió a cerrar los ojos. Recapituló y se dio cuenta de que no recordaba nada. Permaneció quieto y con los ojos cerrados pensando en lo que había hecho la mañana anterior..., nada que no se acordaba... -Bueno, no pasa nada- se dijo, -ya me acordaré estaba profundamente dormido y me he despertado de golpe...
Había oído decir que a veces se padece una amnesia temporal por la causa más nimia y el que nunca le hubiese pasado no quería decir que no le iba a ocurrir a él y ¿cómo sabía que nunca le había ocurrido?
Pues... -Por la misma razón de que me llamo Leo- dijo y al mismo tiempo dirigió su mano derecha al bolsillo del pantalón. Si, allí notaba el bulto de su cartera. Era difícil sacarla con el cinturón del asiento abrochado, así es que abrió los ojos y se percató de que la indicación de abrocharse los cinturones estaba apagada, se lo soltó y sacó el monedero del bolsillo abriéndolo de inmediato. Casi se le cae el resguardo de la tarjeta de embarque..., vuelo KL2465, de Amsterdam (Schiphol)-Madrid, asiento 12F ventanilla. Lo guardó y se quedó mirando su DNI, Leoncio Luque López, soltero, nacido en Alcaudete el doce de mayo de mil novecientos treinta y ocho, o sea setenta años de edad... pues claro, qué tontería, ya se acordaba -Las tres eles, el lelo loco que me decían en el cole...
Cerró de nuevo los ojos. Sí, ya empezaba a recordar vagamente, el mostrador y la azafata en Amsterdam, la tarjeta de embarque y las dos figuras de bronce que tuvo que sacar de la maleta a facturar. Se pasaba en casi dos kilos y le querían cobrar casi noventa euros, menos mal que las pudo acoplar en el equipaje de mano...- Debería beber algo, tengo sed...en cuanto vea a la azafata...
Se guardó el monedero en el bolsillo y miró a su izquierda.-No hay nadie- Efectivamente, los dos asientos a su lado estaban vacíos y al otro lado del pasillo más de lo mismo. Se puso en pie y quedó estupefacto, todo el avión estaba vacío, parpadeó con insistencia y una sonrisa se le heló en la boca.-¿Será posible?¿Como puede estar vacío si recuerdo...?¿o no?

Salió y se colocó en medio del pasillo, delante y detrás, nadie... Comenzó a caminar hacia la parte de atrás y se detuvo ante la puerta del lavabo.- Señorita...,azafata..., ¿me oye?...- Allí no había nadie. Entró en el lavabo y pulsó el grifo. El agua no sabía bien pero tragó varias bocanadas..., se miró en el espejo y se peinó con las manos húmedas ... -Ahora cuando salga, todos estarán en sus asientos..., todo esto es una alucinación, ¡seguro!- Ahora recordaba las palabras del piloto al despegar, primero en holandés, después en inglés y por último en un español bastante bueno... “ Les habla el comandante Matthiessen,viajamos con un tiempo excelente hacia Madrid-Barajas a bordo de un Boeing 737 de KLM, realizaremos el vuelo a una altitud de 40,000 pies, para que entiendan unos doce kilómetros, la velocidad será de novecientos kilómetros por hora y tardaremos unas dos horas y media en....”
Salió al pasillo. El avión seguía su marcha y no se veía a nadie en el interior del aparato. Se volvió a asomar por una ventanilla y ... nada, el blanco más blanco y luminoso. Lentamente fue avanzando hacia la cabina de los pilotos, fila 12, 11, las cortinas de separación con clase Business, fila 10, 9 ..., y la puerta de cabina. Tocó tímidamente primero y después con más fuerza, puso la mano sobre el picaporte y abrió. Allí no había nadie. Los paneles de lucecitas estaban encendidos y desde luego el avión estaba en marcha, aunque por las ventanas frontales sólo se veía el mismo blanco cegador. De pronto sintió que tenía alguien detrás, se giró y allí estaba ella, la azafata de KLM con su sonrisa eterna y con un cutis tan transparente que casi se le veían los huesos de la cabeza y en sus manos un catavinos con vino de Jerez...




-¿Quiere tomarse la copa o nos vamos ya...?
... Entonces lo entendió todo.

Eduardo Azaustre Mesa
Alcaudete, septiembre de 2008

La paloma


Historias para no dormir en Alcaudete

Al salir de casa la sed le hizo entrar de nuevo para tomarse un vaso de agua casi lleno. Eran las ocho y media de un buen día del mes de Mayo. La primavera había sido larga y aún no se notaba el calor. El sol lucia en un cielo azul intenso y a Remigio le pareció que la luz que llegaba a sus pupilas era demasiado intensa. Nunca usó gafas de sol y no las iba a usar ahora a la vejez, así es que engurruño los párpados al enfilar la calle del Carmen y sin prisa se encaminó hacia la Muralla.
Imbuido en sus pensamientos, saludaba a regañadientes a los que encontraba al paso. Su hija Eulalia le llamó por teléfono la noche anterior y había vuelto a la carga como siempre.
-Padre, que usted no está en edad de estar solo. Que yo entiendo que no le guste Vic, pero usted ha de comprender que está delicado y desde aquí, yo no puedo hacer nada. El Parkinson le va deteriorando poco a poco y usted no se da cuenta pero un día va a caer por esas calles, que usted no se está quieto y el bastón lo tiene de adorno detrás de la puerta… Además está la diabetes, y a usted no hay quien le quite el vasillo de vino…
Remigio no tenía interés ninguno en aceptar esta discusión y sabía que antes o después la iba a perder. Un día aparecerán en su casa y no tendrá más remedio que ceder y dejarse llevar. Había estado muchas veces en Vic, y el caso es que le gustaba, la plaza con su mercado de los sábados, las callejas del centro, los buenos establecimientos, los escaparates de las charcuterías… Pero allí no conocía a nadie y su hija trabajando en el matadero todo el día, los nietos en sus estudios, que no los veía nada más que por la noche…, y el malafollá de su yerno que no le daba palique más que lo imprescindible. Decididamente cuanto más tarde mejor.
Al llegar a la altura del Más y Más, frenó el paso y se detuvo un poco en la puerta del Torero, conteniendo las ganas de entrar a pedir un poco de agua.
-Maldita sed, que parece que cené anoche ranas…
La luz del sol en Los Zagales le obligó a entornar aún más los párpados, al otro lado de la plaza, en los bancos frente a Viajes Sacromonte estaba Eusebio y Paco, también le pareció ver al Cándido, pero no le apeteció acercarse, así es que pasó por detrás de la gasolinera y se dirigió al parque.
Pasó a la acera del Iberplús para evitar en lo posible la claridad y con paso decidido se puso ante el escaparate de la ferretería. Siempre se paraba ahí, le gustaba mirar las cajetas apiladas de los pequeños electrodomésticos que se veían. Luego bajaba los escalones con dificultad y seguía su marcha.
El agua del cañillo ante la caseta Quinto Centenario calmó su sed y después se sentó en el banco más cercano.
Siempre que se sentaba allí se acordaba de su Eulalia, la madre y la hija. La madre, su esposa que ya había muerto seis años atrás y que le acompañaba casi siempre en sus paseos y su hija, su Lalita..., recordaba cuando la niña era pequeña y entre los dos la enseñaron a montar en bicicleta. Parque arriba y parque abajo, sujetando el sillín con una mano y el manillar con la otra.
-Lalita mira al frente y no tengas miedo que no te vas a caer…
Entonces eran jóvenes, la vida era mejor y ¡Que poco se imaginaba lo que la vida le tenía preparado! Intentó cambiar sus pensamientos y se fijó en dos o tres palomas que deambulaban por el centro del parque, una de ellas era macho y no paraba de hacerle el rondó a las otras dos, era bonito verlas, siempre le habían gustado, incluso le resultó molesto el oír por la tele al Almodóvar cuando dijo “… las palomas son como ratas que vuelan…”. Luego le tuvo que dar la razón, “…los asquerosos bichos te dejan los tejados hechos una guarrería y luego tienes que ir detrás de los albañiles para que vengan a arreglártelos y a limpiar las canales…”
Entonces se percató de que una paloma blanca en zona de sombra, le miraba fijamente, parecía más grande y esbelta que las demás, era como de porcelana, blanca, resplandeciente y bamboleando la cabeza sin perderle de vista. Dio dos o tres pasitos adelante, colocándose bajo la luz del sol. No eran figuraciones suyas, la paloma le miraba a él y solo a él, estaría a unos seis o siete metros sobre las grandes losas, de frente y con los rojizos ojos fijos en su rostro. Remigio miró a otro lado, no era cosa de permitir que una paloma le incomodase. Unos niños jugaban con el cañillo derramando un fino chorro de agua cerca de las palomas. Miró de nuevo y allí seguía, dos metros más cerca y con la mirada fija en él, se sintió incómodo y se habría levantado para irse si no hubiese sido porque un peso enorme le mantuvo pegado al banco. Apoyó las dos manos en el asiento e intentó alzarse, pero fue imposible...
La paloma seguía allí, más cerca aún y con la mirada fija. Sintió desazón y angustia, hasta que la vio alzar el vuelo, directa hacia él, hacia su cara, quiso apartar la cabeza pero no pudo. Las garras se apoyaron sobre su labio inferior y dos picotazos certeros le dejaron ciego por completo. Remigio perdió la consciencia entre la más completa oscuridad y el agudo dolor que le llegaba hasta la nuca.

El facultativo de Urgencias del C.H.A.R.E. (1) le pasó la mano por la frente.
-¿Cómo se encuentra, Remigio?
- La paloma, maldita paloma…
Entonces oyó la voz de su hija...
- Padre, no se mueva, que se va a soltar el suero.
- ¿Pero que haces tú aquí?
- Me avisaron que lo habían ingresado de urgencias, así es que cogimos el primer avión a Granada y…
- La paloma, maldita paloma…
- ¿Qué paloma padre? Por lo visto le dio un coma diabético y unos hombres avisaron…, ha estado usted tres días dormido, ahora lo que tiene que hacer es recuperarse, ya verá que todo va a ir bien…
- Pero si no veo nada…
- No se preocupe, poco a poco, todo se andará…
Mientras Remigio parpadeaba con insistencia, intentando ver algo más que una claridad difusa, oyó a su hija preguntarle al médico…
-
Entonces ¿no se sabe de que son esas heriditas que tiene en el labio inferior?…

(1) Centro Hospitalario de Alta Resolución.

El adalid (Julio 2008)


Historias para no dormir en Alcaudete

Cuando el automotor llegó a la estación de Alcaudete - Fuente de Orbe, los negros nubarrones que amenazaban durante la mañana, comenzaron a descargar gruesas gotas sobre el andén de la estación. Quico se subió las solapas de la americana del raído traje y cogió con fuerza el maletón de madera, en la otra mano llevaba la talega que su madre le había preparado con un buen trozo de pan, la cacerolilla granate con una tortilla de patatas y torreznos fritos, una almorzá de cerezas de la huerta, un trozo de queso envuelto en una servilleta a cuadros y un periódico de dos o tres días atrás.
En dos zancadas subió al vagón y se dispuso a encontrar asiento. Era la primera vez que viajaba en el automotor, las otras dos veces que subió al tren fue en uno con vagones de madera, de esos que se ven en las películas del Oeste americana perseguido por indios con plumas. Una vez a Jaén con el abuelo Justino para visitar al médico y la otra para ver la Semana Santa de Puente Genil.
Encontró asiento en un compartimiento que iba ocupado por una familia sevillana, escandalosa y con dos niños que no paraban.
- Estate quieto ¡mi arma!.
- Omá, el Curro me repite las cosas.
- No des chillios y ven pa cá que molestas a ese hombre.
Intentó permanecer al margen y no entablar conversación, nunca le cayeron bien la mayoría de los sevillanos, ese intento permanente por parecer graciosos y la superioridad que generalmente mostraban ante los demás le resultaba de lo más antipático.
Al pasar por el puente metálico le llamó la atención el gran rebaño de cabras que allá abajo intentaba pasar sobre el puente romano.
- Como siga lloviendo va a hacer daño en el olivar.- musitó entre dientes.
Los sevillanitos seguían dando morcilla y su madre no llegaba a controlarlos. Volvió a la contemplación de los olivares...

De pronto, allá a lo lejos, en un claro vio a un caballero medieval galopando hacia el tren sobre un caballo blanco o al menos eso le pareció.
-Es imposible- pensó.
Se fijó más conforme se acercaba. Era un guerrero con armadura y casco dorado, en la derecha portaba una gran lanza de torneo y en la izquierda un escudo arlequinado en blanco y negro, como la vestimenta del caballo, y encima una cruz roja con una calavera en el centro. La capa del caballo ondeaba al viento dejando ver las vueltas interiores de color morado y en el pecho del jinete destacaba otra cruz con calavera como la del escudo. El automotor seguía acercándose y empezaba a ver bien definidas las facciones del caballero, que se había subido la celada. Tenía una cuidada barba gris y una acerada mirada de ojos que parecían fijarse en él penetrantemente.
Esa mirada le inquietó tanto que hasta bajó la vista. Cuando volvió a mirar se dio cuenta que el caballero le hablaba..., ¿a él? ¿por qué? No le oía pero supo lo que le decía...
-Te espero aquí – el movimiento de los labios no dejaba lugar a dudas...- Te espero aquí.
Allí al lado de la vía se quedó mirándole fijamente, subido en su caballo mientras el automotor se perdía con destino a Linares – Baeza, para enlazar con el sevillano que le dejaría en los andenes de la estación de Francia en Barcelona.
Miró a sus compañeros de vagón como pidiendo confirmación a lo que acababa de ver pero no hubo lugar a preguntas, enseguida se dio cuenta de que no habían visto nada. Sacó el periódico de la talega y empezó a leer con la dificultad de quien no había ido lo suficiente al colegio de don Rafael Aldehuela.
- A...B...C... 15 de Mayo de 1963...su excelencia...el...caudillo...

Antigua estación de Alcaudete – Fuente de Orbe, año 2009.
El imponente Cadillac descapotable de color granate se aparcó junto a la estación bajo la sombra de un árbol. Don Francisco bajó del automóvil y se aproximó al andén, aquello no era ni sombra de lo que recordaba, las ventanas y puertas de la estación estaban tapiadas con petacas de cemento y en lugar de las vías estaba la Ruta Verde del Aceite.
- Buenos días- le dijeron dos caminantes, de esos que parecen caminar por razones de salud.
- Id con Dios- Les contestó.
Cuarenta y cinco años había tardado en volver. Se marchó con una mano delante y otra detrás y ahora después de una vida por fin había regresado. Cada vez que pasaba por Jaén destino a Granada le daba la idea de acercarse a Alcaudete..., pero nunca lo había hecho..., hasta ahora. ¡Cuantos recuerdos!, y ¡que lejanos en su memoria! Ya no le quedaba nadie en el pueblo, los que no emigraron poco a poco con él se habían muerto y su vida, ¡había sido tan complicada!, no le había permitido regresar nunca..., seis hijos, dos divorcios, la constructora, la inmobiliaria y ahora, desde hacía dos años, el cargo de Subdirector General de la Xarxa d'Infraestructures en la Generalitat de Catalunya..., ¡demasiado!, todo eso le mantenía ocupadas las horas del día..., y sin embargo allí estaba, como hacía más de cuarenta años.
Toda su vida en Alcaudete pasó por su mente y cuando miró el reloj se dio cuenta que el tiempo había volado, volvió al coche y se dirigió hacia el cruce con la carretera de Jaén para seguir su camino a Granada. No venía nadie así es que giró a la izquierda, pasó la salida hacia los Noguerones y entonces fue cuando lo vio, allí estaba el caballero de armadura y casco dorado, subido en su corcel blanco con la lanza en ristre y galopando derecho hacia su coche..., intentó esquivarlo pero no pudo...

La lanza rompió el parabrisas del Cadillac y le golpeó la cabeza con tal fuerza que se la atravesó hasta la nuca... y mientras moría tuvo tiempo para ver los labios del jinete que le decían – Ya sabias que te estaba esperando-.


Dos coches de la Guardia Civil, una ambulancia, el coche de los municipales de Alcaudete y una cola inmensa de vehículos hacían compañía a una escena dantesca. Casi en medio de la carretera y poco antes de llegar al cruce de la carretera de Córdoba a Granada, había un Cadillac descapotable con una fina vigueta de acero empotrada en su parabrisas y que se incrustaba en la cabeza del conductor.
Justo delante del imponente coche se podía observar a un inmenso camión con las puertas traseras del remolque casi abiertas, algunas viguetas se habían salido del conjunto de la carga pero solo una era la que había acabado con la vida de don Francisco.




El conductor del camión daba sus datos a un guardia civil de atestados bajo el gran logotipo de uno de los laterales del camión, donde podía leerse Transportes “El Adalid” Avda de los Templarios 14 +34 91 355 4563 CP 41016 SEVILLA y sobre este rótulo un espléndido dibujo a color de un guerrero con armadura y casco dorado, que en la derecha porta una gran lanza de torneo y en la izquierda un escudo arlequinado en blanco y negro con un cruz roja y una calavera en el centro. La capa del caballo, también arlequinada ha sido dibujada ondeando al viento, dejando ver las vueltas interiores de color morado.

Cantabria para “carrozas”

Lo que no viene en las guías


Hasta los que no la han visitado nunca, saben que Cantabria es una privilegiada región del norte de España y sin lugar a dudas merece por lo menos una semana de vacaciones. No pretendo explicar aquí lo que se puede encontrar en las informaciones turísticas o en los folletos de las agencias, sino que me ceñiré exclusivamente a contar mis propias vivencias y las informaciones adquiridas in situ.
Se trata de pasar una semana en un hotel de cuatro estrellas, que esté situado a orillas del mar y en el que aparte de un buen servicio encontremos un restaurante en condiciones. Pretendo recorrer Cantabria y disfrutar de la bella ciudad de Santander, para ello viajo con vehículo propio, no estoy dispuesto a hacer más de cuatrocientos kilómetros al día y procuro no coger el coche por la tarde.
Lo primero que hay que hacer es planear el viaje con bastante antelación, haciendo la reserva en temporada baja y echar en el equipaje un chubasquero y paraguas, por razones obvias.
Si salimos de Alcaudete después de desayunar llegaremos a Madrid al medio día, así es que parada y fonda; un buen hotel para pasar la noche es el Rafael Pirámides, situado cerca de la M-30 y con Metro, Cercanías y autobús en la puerta. Un paseo por el centro de Madrid, bocata de calamares y cervecita en los aledaños de la Plaza Mayor puede ser una buena manera de pasar la tarde y si no hay mucho sueño podemos asistir a los múltiples teatros o cines del entorno de Callao.
A la mañana siguiente salimos hacia la cornisa cantábrica por la autovía de Burgos, haciendo a nuestro aire alguna que otra parada para repostar, el coche o nosotros. Antes de entrar en Burgos cogeremos la autovía que va a Palencia -Valladolid y antes de recorrer una decena de kilómetros tomaremos la autovía del Camino de Santiago que va en dirección a León. En la salida que va a Osorno tomaremos dirección a Santander. Aún no está terminada la autovía A-67 pero ese es el mejor camino ya que a los pocos kilómetros está en pleno funcionamiento y ya no la dejaremos hasta llegar a destino. Reinosa, Torrelavega y las distintas salidas hacia las playas, en mi caso salida hacia Mogro, a 16 kilómetros de Santander, Hotel Milagros-Golf, frente a una ensenada en la que las mareas dejan dos o tres metros de arena cuando están altas o más de cien metros al bajar.
La comida en el hotel es extraordinaria en calidad y cantidad, o sea que a los dos día ya no somos capaces de tomar más de un plato y el postre. Un menú típico de cualquier día podría ser: de primero, ensalada de frutos del mar, garbanzos con gulas y langostinos, bacalao a la vizcaina o rulo de queso de cabra a la plancha con salsa dulce, a elegir, de segundo, Bonito fresco con tomate, dorada a la espalda, cordero al horno con guarnición, rape relleno de marisco o solomillo a las dos salsas de queso, a elegir, y para postres cuatro o cinco tipos de tartas, helados y fruta variada, aunque lo más socorrido después del atracón es el típico sorbete de limón con cava.

Para viajar por los alrededores y hacia Santander debemos tomar seriamente la opción del FEVE, el ferrocarril de vía estrecha que, amén de puntual, te lleva a todas partes por un precio inferior a lo que te costaría el parking en destino y te evita usar el coche. Todo el mundo sabe que no se debe perder Comillas o Santillana del Mar, que “ni es santa, ni es llana ni está en el mar” pero que es preciosa como pueblo medieval bien conservado, las cuevas de Altamira están al lado de Santillana y son visitables (excepto los lunes) en una reproducción muy lograda. Torrelavega es otro enclave a visitar los miércoles, día en el que hay Mercado Nacional de ganados. Impagable contemplar los charcos de leche que se forma en el suelo alrededor de las vacas en venta y observar al mozo que, cubeta en ristre, va de vaca en vaca aliviándole las ubres. Cerca del ayuntamiento me llamó la atención una pequeña escultura dedicada a ‘Mero, el barrendero’, realizada por Jesús González de la Vega.
Imprescindible es pasar un lunes en Potes, para recorrer su mercado semanal y visitar Santo Toribio de Liebana que está justo al lado y sentarse frente al "LIGNUM CRUCIS" mientras escuchamos canto gregoriano.
Otras visitas a no perderse es Castro Urdiales y San Vicente de la Barquera, en los dos extremos de la comunidad autónoma. Recorrer sus paseos marítimos y tomar unos pinchos en las tabernas del barrio de pescadores merece los dos viajes.
Los aficionados a los zoológicos, no estaría de más que visitasen el Parque de la Naturaleza de Cabárceno, el recorrido se ha de hacer en vehículo propio pero yo lo he dejado “para más adelante”.
Si llegamos en FEVE a Santander deberíamos coger un autobús que vaya al Sardinero o a los jardines de Piquío y desde allí lo mejor es pasear hacia la Magdalena y luego descender hacia el puerto recreándonos en el espectáculo que ofrece la proximidad del mar y las casa de indianos entre jardines.
Al lado del puerto podemos tomar un barquito que hace el recorrido por la bahía de Santander, dura aproximadamente una hora y salen a las once y cuarto y a la una menos cuarto.
La Catedral de Santander es engañosa al visitante por su anodino aspecto exterior, pero se trata de una catedral medieval, el motivo de esta pobre apariencia ha sido las desafortunadas reformas que ha sufrido, sobretodo el incendio que ocurrió en 1941 y que obligó a reconstruirla.
Muy bello el claustro gótico, la tumba de Menéndez Pelayo, el conjunto de iconos bizantinos alrededor del altar mayor y muy interesante el templo inferior, llamado "Cripta del Cristo" que fue construido alrededor del año 1200.
Es obligado acercarse a la Biblioteca de Menéndez Pelayo y visitarla, aunque se puede prescindir de la visita al museo de Bellas Artes que está justo al lado.
Detrás del ayuntamiento está el mercado de abastos donde toda la planta baja está ocupada por los puestos de pescados y mariscos. Un espectáculo a no perderse, como el del Mercado del Este al lado de la Plaza Porticada, lleno de cafeterías, tiendas de delicatessen y galerías de arte.
Las corbatas de Unquera, las quesadas y los sobaos son los dulces por excelencia y que se ofrecen por doquier a los visitantes, pero ojo, hay que distinguir entre los que se hacen de forma industrial y los que se hacer artesanalmente.
Hablando de sobaos los mejores que nos pueden ofrecer de producción industrial son los de marca Serafina y El Macho, pero son maravillosos los que hace artesanalmente Salas Maryland una pastelería tradicional que se encuentra en la calle peatonal Burgos, hacia mitad de la calle y a la izquierda alejándose del ayuntamiento.

La exquisitez de estos sobaos es extraordinaria y los que los prueban quedarán encantados. Frente a esta pastelería hay una frutería de gourmets que tiene las cebollas moradas más bonitas que he visto en mi vida, pero a cinco noventa el kilo.
En la capital hay dos zonas de tapeo, en el barrio de pescadores y en el entorno de la calle Burgos, antes mencionada, la oferta de pinchos y pequeños bocaditos es muy grande, destacando las tortillas con boina, que son tortillas de patata cubiertas de todo tipo de exquisiteces y tapadas por una boina hecha de tortilla francesa.
El día de regreso hacia Madrid tenemos que tomar la salida norte de Reinosa en la A-67 y dirigirnos por la CA-171, en dirección hacia Corconte y parar en el pueblito de Orzales, a cinco kilómetros, donde hay dos panaderías casi juntas a pie de carretera, que compiten entre si, donde se hacen unas hogazas de pan y unas empanadas de chacina y de atún que quitan el sentío, hace mucho tiempo que no veía un pan de una cuarta de diámetro y que pesase un kilo exactamente.
Atrás se queda una bonita semana de la que me llevo más de quinientas fotografías en las que ha quedado “constatado” que he estado allí, cuando pase algún tiempo me gustará volver a verlas para recordar estos siete días de los que solo ha llovido escasamente una mañana.

¿Nos debemos replantear la capitalidad europea?

Una visita a Bélgica

En los primeros días del mes de Agosto de este año de 2008, tuve la oportunidad de visitar la preciosa ciudad de Brugge, en Bélgica, o sea la que conocemos con el nombre de Brujas y que paradójicamente no tiene nada que ver con viejas montadas en escobas, sino que, por lo visto, su nombre guarda relación etimológica con puentes, muelles o atracaderos.
Esta ciudad medieval, patrimonio de la humanidad desde el dos mil, está en el corazón de la parte flamenca de Bélgica, lo que quiere decir que su idioma es el neerlandés, que es con ligeras variantes el lenguaje de los holandeses. Para el turista pueden pasar desapercibidas multitud de cosas, ya que uno va a su bola, a ver museos, a callejear, a beber cerveza y a “constatar”, camara digital en ristre que uno ha pasado por allí. Pero he aquí que dejándome llevar por mi inclinación a los libros, me paré ante un escaparate en donde encontré propaganda política, entre otras, de vascos, catalanes y gallegos y me pregunté cual podría ser el motivo de semejante cobertura a estas reivindicaciónes de regiones, perdón naciones, de la peninsula ibérica en tierras flamencas.

Para analizarlo hay que conocer un poco al pueblo flamenco y a eso voy con este escrito. Bélgica está formada por la unión de los Valones y los Flamencos, dos comunidades que se unieron para librarse del dominio de los Holandeses y que desde un principio conservaron sus respectivos idiomas (los valones son francófonos o sea que hablan francés).
Pero poco tiempo les duró “el llevarse bien” ya que hay múltiples testimonios, a lo largo de su historia, de su falta de entendimiento: “...El 18 de mayo de 1302, tras haber sido expulsados de sus hogares para poder acoger las tropas del ejército francés, el pueblo de Brujas volvió a la ciudad, instigados por Jan Breydel y Pieter de Coninck, y asesinó a cualquier francófono que lograron encontrar. Cuenta la leyenda que identificaban a los franceses haciéndoles pronunciar la frase “schild ende vriend” (escudo y amigo), una frase muy identificativa por la pronunciación de los habitantes de la región. Al parecer, los franceses tenían muchas dificultades en pronunciar el sonido [sch] de schild. Dicha masacre es conocida como los Maitines de Brujas...”
Siempre han estado a la greña, y cada vez es peor, de modo que en la actualidad están a pique de separase para formar dos estados diferentes y ¿por qué no lo hacen? Pues muy sencillo por Bruselas, o mejor dicho por la cantidad de millones que todos los europeos le endosamos a Bruselas, que es la capital de la Comunidad Económica Europea. Y me pregunto yo ¿como es que los europeos hemos fijado nuestra capitalidad en una ciudad, capital de Bélgica, integrada por dos comunidades que se llevan fatal? Mal se defenderán ahí los intereses de la Unión Europea, cuando a ellos mismos no les interesa estar unidos. ¿No sería mejor replantearse la capitalidad europea y adjudicarsela a un pais con vocación unionista?
Si uno sabe francés más vale que no lo hable en cualquier ciudad flamenca ya que le mirarán mal y hasta puede que no le contesten.

Para poner un ejemplo de su cerrazón solo hay que observar que las matrículas de los coches procuran evitar los símbolos comunitarios, como es la bandera azul con las estrellas. Ahora bien los millones de euros que entran en Bruselas, eso si que les interesa y ese y no otro es el motivo de que no se hallan separado definitivamente, ya que tanto los valones como los flamencos desean quedarse para sí a Bruselas y la “pasta” que ingresa.
Si alguna vez me sentí nacionalista se me curó leyendo y viajando, pero eso no es problema para que yo no respete cualquier forma de pensar, allá cada cual, lo que me molesta es la doblez y el egoismo, la gente que solo mira su interés, sin menoscabo de pisotear los intereses ajenos.



Alguien me ha dicho que el surrealismo belga no murió con René Magritte. Vive más intensamente que nunca. De alguna manera todo el país tiene un toque surrealista o simplemente belga. Flandes, que tiene más alto desarrollo económico, dice que no quiere "mantener" a Valonia. Pero eso si, le interesa quedárse con Bruselas, que es la gallina de los huevos de oro, aunque allí se hable solamente francés.

20 diciembre, 2006

Dos retratos (carboncillo y lapiz conté) 2002




Virgen de Vladimir y Paisaje Urbano almeriense (1998)



04 agosto, 2006

Martinillo "el Careto" un niño del siglo XVI

dibujo de Eduardo Azaustre Mesa

Martinillo “el careto” (I)

La Picota Alcaudete 1559


Estaba hipando, acababa de subir corriendo por la Barrera e intentaba recobrar el resuello y la compostura apoyando sus dos manos, justo encima de las rodillas.No podía seguir aunque quisiera, una procesión de clérigos con las capuchas caladas estaba desfilando calle abajo hacia el Arco de la Villa. Secó el sudor de su cara con la bocamanga de la camisa y cuando pudo, cruzó el anchurón ante Santa María, donde algunos artesanos recogían sus puestos y enseres.

Ya hacía rato que el sol se había ocultado por los cerros de Luque y de seguro que el ama le daría una buena regañina.

-Antes de que el sol se oculte, te quiero en casa ¿entendiste?.

-Si ama, aquí estaré.

Pero no iba a ser así, había estado jugando con el Pecas, Lagarto y Tonelete en las huertas de la fuente Amuña y aunque venía con tiempo se entretuvieron en demasía cuando al pasar por los Zagales, vieron a unos soldados que colgaban a dos ajusticiados en la picota que había frente a la fuente. Entre un grupo de curiosos y un rebaño que abrevaba, estuvieron observando cómo sacaron a los muertos del carro y después de pasarles una soga bajo los brazos, que tenían atados a la espalda, los colgaban de los salientes de la columna.

Allí se despidió de sus amigos cuando se percató de que la anochecida se echaba encima.

Martinillo era un niño valiente y revoltoso, pero con una gran curiosidad y ganas inmensas de aprender y enterarse de todo. Vivía solo con el ama en una pequeña casita a la falda del palacio de los señores condes, en el pequeño callejón de las Mimbres, aledaño a la calle de subida al palacio y pegado a la casa del hidalgo don Ramiro Setienne. Su ama era toda su familia, pero no tenía ni idea del parentesco que le unía a ella, sus amigos tenían padre y madre o por lo menos uno de los dos, pero él vivía con una anciana de edad indefinida que le cuidaba y se esforzaba en que se portase lo mejor posible.

Después del tirón de orejas y la retórica de la anciana, dio buena cuenta de un mendrugo de pan que acompañó con un trozo de entreverado de jabalí demasiado salado y un jarrito de agua. La anciana siguió con su monserga durante toda la cena y Martinillo la miraba asintiendo con la cabeza y enterándose a medias de las razones por las que debería ser más obediente.

Al rato cuando pareció que la cosa estaba apaciguada le dijo al ama:

-Ama, ¿puedo ir a “lo de don Ramiro”?

- Bueno… pero que no tenga yo que ir a por ti.

Salió a la calleja y al volver la esquina se apoyó en el quicio de la puerta del hidalgo. Siempre hacía lo mismo, se colocaba ahí y esperaba a que don Ramiro se percatase de su presencia, la puerta entreabierta dejaba ver el interior de la sala. Allí estaba el hidalgo sentado a la mesa, hojeando un grueso libro de hojas amarillentas y arrugadas que brillaban a la luz de las palmatorias.
- Pasa “Careto”- le dijo don Ramiro.

Apodaban “Careto” a Martinillo porque desde que nació tenia una mancha en la cara de color carmín azulado que se extendía por la parte inferior de su mejilla derecha y llegaba hasta la mitad de la nariz.

-¿Dónde has estado hoy?

Martinillo le contó sus juegos en la fuente y el espectáculo de los ajusticiados, percatándose en ese momento de la dificultad que tendría esa noche para conciliar el sueño sin tener pesadillas.

Don Ramiro lo escuchó con una media mueca en la cara y con parsimonia le dijo:

-Bien, a partir de mañana irás a recibir instrucción de fray Servando, dile al ama que venga luego a hablar conmigo y a ver si tenemos suerte y hacemos de ti, una persona de talento.

-¿Don Ramiro, por qué no me cuenta una de sus historias?

-Para historias estoy yo, pero siéntate ahí que te voy a dar algo.

Y siguió el hidalgo hojeando el libro, como si Martinillo no estuviese presente.

Don Ramiro era un anciano de porte, enjuto de carnes y muy alto, el hombre más alto que Martinillo había visto en su vida. Había venido de fuera de España, y hablaba de una forma diferente a como se hacía en Alcaudete. Vestía de negro siempre, con gola sencilla y media capilla, tocándose con un gorro diferente a todos los que había visto. Trabajaba en palacio y debería ser de la confianza de los señores condes, ya que los soldados le hacían reverencia a su paso, se apoyaba para caminar en un bastón que era tan alto como Martinillo y su paso era cadencioso y elegante como si nunca tuviese prisa. Había estado en Tierra Santa y había pertenecido a la Orden de Sión, cosa que de seguro, debía ser muy importante y de lo que no hablaba casi nunca.

Después de un buen rato, cerró el libro, haciendo que el polvo se esparciese ante la llamitas que iluminaban la mesa. Se levantó y lo colocó sobre un bargueño que había en la estancia, después, sacó un lío de tela de un baúl y lo situó sobre la mesa.

- ¿Cuántos años tienes?

- El ama dice que once, don Ramiro.

-Bien, pues ya va siendo hora que sepas algunas cosas.

El hidalgo, había deshecho el hato y de él extrajo entre otras cosas un retrato, hecho sobre una lámina de cobre, en el que se veía una hermosa mujer, se lo puso en las manos al muchacho y le dijo:

- Esta era tu madre, murió en el momento de traerte al mundo y como puedes comprobar era muy joven y muy guapa.

Martinillo se quedó de una pieza, miraba de forma hipnótica el retrato y no daba crédito a lo que don Ramiro le decía.

-¿Y mi padre?

Don Ramiro le miró fijamente y después de unos instantes de silencio le dijo:

-Eso lo sabrás en su momento, por ahora te basta con lo que estás viendo y te puedes llevar el hato completo ya que todo lo que contiene son cosas de tu madre…Que te lo guarde bien el ama.

El muchacho anudó el liote y poniéndose el retrato bajo el brazo, trincó el hato y salió hacia la calle sin decir ni adiós.

-Ve con Dios rapaz.- Dijo el hidalgo con una sonrisa- Ya tienes en que pensar esta noche, que no sean los que cuelgan de la picota.

Continua en http://martinilloelcareto.blogspot.com

04 mayo, 2006

Dos floreros pintados al óleo en el año 2000

Oleo de Eduardo Azaustre Mesa
Oleo de Eduardo Azaustre Mesa

El amante


El tenue polvillo del maquillaje acababa de disimular las ojeras que el espejo del tocador le devolvía. No había pegado ojo en toda la noche. Salustiano, su marido, se quedó como un leño al apoyar su cabeza en la almohada. No le dio opción. Durante la cena pensó en contárselo al acostarse, pero así era mejor, le dejaría una nota por la mañana.
- Salustiano, lo siento, mi vida contigo no tiene sentido, me voy, no te preocupes de mí, me marcho, voy a empezar una nueva vida, nada nos ata, que seas feliz. Yo lo voy a intentar de nuevo-
La nota, escrita nerviosamente en la carpetilla que dan en las agencias de viaje al comprar un billete de avión, estaba ante sus ojos. -Así está bien-. ¿Para qué más explicaciones? Todo le importaba un comino, estaba cansada de la rutina de su vida, seguro que Juan también estaba hastiado, su relación iba mal desde no sabía cuando. Había que dar el portazo. Cuando Juan Carlos le pidió que abandonase esa vida sin alicientes, tardó poco en decidirse.
A Juan Carlos lo conoció en los salones parroquiales, era del pueblo y lo conocía de vista pero no tenía idea de su encanto hasta que pegó la hebra con él. Su mirada era limpia, sonreía con los ojos y su boca era ¡tan seductora!. Se quedaba extasiada oyéndole hablar y miraba la comisura de sus labios limpios y brillantes, sin esa pastosa espuma blanca que casi siempre tenía Salustiano cuando articulaba unas palabras. Un paseo por el parque y unos cuantos tintos de verano a la salida de la reunión de Cáritas habían sido suficientes. De ahí al primer contacto amoroso en una pensión de la capital, sólo había pasado un mes. Si el séptimo cielo existía, se encontraba entre las sábanas de aquella habitación, El escalofrío de sus besos en la nuca, el susurro de sus palabras de amor al oído y la calidez de sus caricias le hacían estremecerse de placer al recordarlo.
Alguna amiga había reparado en la carita de gilipollas que se le quedaba.
-¡eh, despierta que te estás quedando traspuesta, ¿En que piensas?
- Nada,… pensaba-.
La decisión estaba tomada, se marchaba con Juan Carlos a Rótterdam, hasta estaba dispuesta a aprender holandés. Todo sería nuevo e ilusionante, estaba segura de que sería feliz, ya era feliz.

* * * * *
La azafata se acercó con una sonrisa, interrumpiendo los arrumacos que Juan Carlos le dedicaba,
- Por favor, abróchese el cinturón, vamos a despegar-
Sonrió y le contestó mientras cumplía la orden de la azafata
- Señorita, ¿nos podrá acercar un par de benjamines cuando estemos arriba?-
Por supuesto ¿recién casados?
-Así… así-
El vuelo pasó en un suspiro, nada era necesario ni urgente, todo estaba al margen, nada era más importante que contemplar, escuchar, acariciar y sentir a Juan Carlos. La azafata les obsequió con unos bombones después de servirles el champán y durante todo el viaje les observó desde la cortina entornada de la clase bussines.
El amor siempre es un espectáculo a no perder y la azafata sonreía contemplando a la feliz pareja. Su mirada se cruzó con la de ella varias veces y se devolvieron sonrisas de complicidad.
Al salir del avión cogió el antebrazo de la azafata para decirle:
- Adiós…soy feliz
- Adiós, no hace falta que lo digas-.
La azafata les vio perderse por el corredor arrastrando sus trolleys y abrazados por la cintura.
* * * * *
-Hola mi amor- La azafata estaba acodada junto al ventanal de la terminal, aviones iban y venían bajo el plomizo cielo de Rótterdam. Se oía fatal, debía cambiar de móvil … en cuanto volviese a España lo haría.
Estoy deseando verte, mañana vuelvo a Madrid y tendré tres días libres,
-¿Me quieres?- Uhmmmm -……………-
- ¿has hablado con tu mujer?
- Me dijiste que lo harías,……………-
-¿Qué te ha dejado una nota ella?,……………-
-Mejor así.
- Te quiero Salustiano, no puedo vivir sin ti, estoy deseando abrazarte, en este vuelo he conocido a dos enamorados…ya te contaré, te quiero mi amor.


* * * * *

Los pasajeros van y vienen, arrastrando sus equipajes y sus vidas, afuera, los aviones traen y llevan y entre las nubes aparecen tímidos rayos de sol que presagian un cambio en el tiempo.

25 abril, 2006

Óleo sobre cartón entelado (2001)

Oleo de Eduardo Azaustre Mesa Bodegón manchego

Apunte a grafito,(1983)

dibujo de Eduardo Azaustre Mesa Estudio de manos para un retrato

Homenaje a José María Tobaruela


José María Tobaruela o Josito-María, que así es como siempre lo he llamado, era como de mi propia familia, su íntima amistad con mi padre le sitúa en mis recuerdos más lejanos, con su sonrisa torcida, su pelo espeso y engominado, bien peinado hacia atrás y con sus ojos achinados y un poco hinchados.
Casi siempre lo veía durante los veranos, que era cuando más veníamos. Eran las vacaciones y solo en muy contadas ocasiones me trajeron mis padres por Navidad o Semana Santa..
Con su blusa de pijama recién planchada y una moña de jazmines en la solapilla, al igual que su padre Juan Ramón, paseando por el parque o tomando un chatito de vino con sus amigos en “lo de Fernandillo”.
Muchas tardes era yo, de niño, el que llevaba, a la tienda frente al Carmen, el paquetillo de jazmines que preparaba mi abuela Pilar, para que se hiciesen las moñas. Allí lo encontraba, pegando la hebra con alguno de sus múltiples amigos, sobre el entarimado húmedo por los continuos riegos que Juan Ramón o Josito hacían para crear algo de fresco en el local.
- Dile a tu padre que te traiga la Semana Santa.- y sacaba de la trastienda un viejo capirote, que me ponía en la cabeza para hacerme sentir nazareno, mientras con la voz, hacía el repique de tambores. Me contaba historias de las procesiones y me enseñaba a desfilar como un romano. La Semana Santa para mi era más de oídas que de vivencias, en realidad vine de niño un par veces y nunca me vestí de romano o de nazareno en ninguna procesión. Así es que en los veranos era cuando yo desfilaba, en la casa donde hoy vivo, tocado con un gorro y plumero de papel, realizado con un ABC antiguo, un trozo de paño rojo, atado al cuello a modo de capa, un escudo de cartón y una espada de madera, que me suministraba Antonio Ruiz, a hurtadillas del jefe de la carpintería, su hermano Paco, que no estaba para perder el tiempo en niñerías. Pocas veces vine a ver las procesiones, pero los recuerdos son imborrables y en el centro de todos ellos está la figura de Josito, vestido de los Dolores, al mediodía del Viernes Santo, en la calle Carnicería, parando a la Virgen en mi puerta y alzándome en brazos para que la viese bien.
Al principio de los setenta, yo venía unos días de vacaciones en Agosto, a ver a mis padres y en más de una ocasión nos fuimos Josito, Juanito Espejo y mi padre, acompañados de mi mujer, a tomar vinos y tapas por Luque y Zagrillas. Íbamos en un R-8 azul que yo tenía y regresábamos cargaditos y bastante tarde, para desespero de mi madre.¡Anda que no disfrutaba Josito llevándonos aquí y allá a tomar unos vinos!
Durante los ochenta, yo vivía en Jaén y procuraba venir en Semana Santa, sobre todo, el Jueves y Viernes Santo. Entonces fue cuando cumplí a través de mis hijos, la ilusión de vestirme de romano. Les compré sendos trajes y los puse a desfilar tras Jesús y delante de la Virgen de los Dolores. Tengo una película en superocho, que rememora el día y donde se ve la procesión, pasada la muralla, poco antes de llegar al Hidalgo. Yo, con mi mamotreto de cámara de cine, mis hijos con sus gafotas, vestidos de romanos, en medio de una mini centuria de ilusionados enanillos y Julián Porras subido en su Vespa, parado frente a Salelles diciéndome -¿Qué, Eduardito, romaneando, eh?
Ese día Josito, que iba de nazareno, se acercó varias veces hasta donde yo iba con mis hijos, dejando la proximidad al trono de los Dolores, para participar de mi ilusión y la de mis hijos.
Recuerdo los abrazos que se daba con mi padre, abrazos con paliza incluida en la espalda de cada cual. Así nos abrazamos Juanito, su hijo, y yo cada vez que nos vemos.
Cuando decidí venirme a vivir a Alcaudete, en el 2000, él fue uno de los que más se alegró de mi decisión y fueron muchas las tardes que me los encontraba a los dos, el matrimonio, agarrado el uno al otro, al regreso de su paseo. En uno de esos paseos encontró la muerte o la muerte lo encontró a él, frente a Salelles y al Hidalgo, donde la película de super-ocho.
Es curioso, la última imagen que me ha quedado de Josito es en la Velada, anterior a su muerte, yo iba a ver las carrozas a eso de las doce de la noche y estaba sentado junto a su mujer, en el poyete que hay al lado de la explanada donde se aparca la romería, allí me quedé a hablar con él, apoyado en la señal de prohibido el paso y perdí el interés por ver las carrozas.
No se en qué canción oí aquello de “…estamos vivos mientras alguien nos recuerda y habla de nosotros”, si es así, tú estarás muy vivo, mientras estemos en este mundo todos los que tuvimos la fortuna de conocerte y quererte. ¡Que Dios te bendiga Josito María!

22 abril, 2006

Pastel sobre papel canson

pastel de Eduardo Azaustre Mesa Olivares, olivares...

Icono sobre tabla, (oleo y pan de oro), 2002

Icono de Eduardo Azaustre Mesa Icono de la Virgen de la ternura

21 abril, 2006

Retrato al óleo (años 70)

El tio Pedro por Eduardo Azaustre Mesa
Tio Pedro el pescador

A vueltas con el aceite. LA VENTA

Una cosa es vender y otra es despachar. Digo esto porque cuando vamos a comprar algo, algunas veces, lo compramos a pesar del vendedor y no porque éste haga nada por facilitar la venta, es decir nos han “despachado”.
¿Quién no ha tenido alguna vez la sensación, de que nos estaban haciendo un favor al realizar una compra?
Decimos: Con mi dinero voy a donde quiero. Es cierto, pero a veces, “tragamos” con un mal servicio a la hora de la compra, aunque también es cierto que acabamos por no comprar donde no nos atienden bien.
Ahora que tenemos Comercializadora, y parece ser que se está profesionalizando el sector de la venta del aceite de oliva, puede ser que empiecen a unificarse criterios de venta y se comience a atender al comprador como debe ser.
Entre cooperativas y almazaras privadas, hay en Alcaudete siete u ocho. Su fin primordial es vender el aceite que han obtenido de la molturación anual. Una parte de ese aceite se vende en los despachos y a empresas que ajustan los precios, exigen condiciones de pago y plazos de entrega. Todo esto se respeta a ultranza por aquello de que el cliente siempre tiene razón y es el que a fin de cuentas aporta el deseado dinero.
Otra parte del aceite se vende a particulares, a quien generalmente se le cobra más por litro que a las poderosas empresas que hemos mencionado en el párrafo anterior. Esta venta que se hace a particulares, no es nada despreciable y cada vez es más importante. Siempre se ha dicho que lo ideal es vender del productor al consumidor y no a través de intermediarios, pues bien estos particulares son consumidores finales del producto y si están contentos con él, hablarán muy bien de nuestro aceite, dando lugar a la publicidad “boca a boca”, baratísima y más efectiva que ninguna otra.
No se trata de influir en los compradores particulares sobre la bondad de nuestro aceite, de sobra saben ellos lo bueno que es. Algunos hacen un montón de kilómetros para comprarlo.
De lo que se trata es de atenderlos bien, y aquí es donde no actuamos todo lo bien que sería de desear. No voy a hablar de todos los que venden aceite, solo voy a poner unos ejemplos de la disparidad de criterios que se siguen a la hora de vender aceite. Además no voy a identificar los puntos de venta para que nadie se me moleste, así es que llamaré a las almazaras o cooperativas como “punto de venta”.
En uno de los puntos de venta, hay casi todo el año un solo empleado, que hace multitud de funciones, y que es el encargado de vender el aceite a los particulares que se acercan a esta almazara. Ya es complicado e incómodo ir a este lugar, sin señalización ni letreros indicativos y por un camino que pone en riesgo nuestros amortiguadores. Pero no podemos decir que nos atienden mal, la simpatía de este empleado y su buena disposición, hace fácil la compra, nos pide que abramos el maletero y deposita en él las cajas que previamente le hemos pagado en la oficina. (Nos consta que en algunos otros punto de venta se sigue el mismo proceder).
Hay otro punto de venta que tiene un buen servicio para el comprador local, este es el reparto domiciliario en el pueblo. Llamas por teléfono y un día a la semana hacen entrega domiciliaria del aceite encargado.
Pero también hay otro punto de venta que es otro cantar, el acceso es fácil y la cercanía al pueblo hace atractiva la compra, pero donde se falla es en la venta.
La oficina es grande, hay varios empleados pero cuando entras en ella se echan de menos esas cafeterías de Madrid en donde al entrar te dicen los camareros “Buenas tardes señores pasen al fondo que enseguida les atiendo…”. Aquí nadie se mueve, y nosotros al ver que no se nos hace caso alguno, nos dirigimos a la primera mesa que vemos y decimos como pidiendo perdón, ¿venden aceite? Y nos contestan ¿Cuánto quieren?
Después de indicar la cantidad en litros, nos interesamos por uno que compramos la vez anterior, le decimos el nombre de marca del aceite en cuestión y nos contestan:
-Si, esa es nuestra marca-
Si, si -contestamos- pero era mas caro que el que comercializáis con esa marca.
Ah vale, entonces son tantos euros.
Pagamos nuestras tres cajas de garrafas de cinco litros y nos quedamos a la expectativa hasta que nos dicen.
Ahí tiene una carretilla y el que usted quiere son las cajas de la derecha, que aunque son iguales tiene un letrerillo en el lateral con su nombre.
Bueno, pues eso que agarramos la carretilla y ponemos una caja y nos vamos hacia la puerta, nos peleamos con la carretilla y la puerta para poder salir, llegamos al coche, maletero abierto, quince kilos a las espaldas y adentro. Volvemos a entrar y repetimos la operación dos veces más. Después entramos con la carretilla vacía y tímidamente decimos:
-¿Dónde dejo la carretilla?
-Ahí mismo-
-Bueno, ¡adiós!-
-¡adiós!-
Salimos afuera, nos sentamos en el coche y lo primero que decimos es -aquí no vuelvo-. Pero volvemos o ¿no?.
¿Será verdad que vamos a empezar a cuidar los detalles y a facilitar la venta o vamos a seguir en este plan tan poco amable? Todos saldríamos ganando si se mejora la atención al cliente.

27 marzo, 2006

Apuntes a grafito en Abril de 1981

dibujo de Eduardo Azaustre MesaLa casa de A. Lirola en la playa de Balerma.

dibujo de Eduardo Azaustre MesaLa Piedra del Moro, Balerma (Almería)

A vueltas con el aceite. EL GRADO


En el año1980, me fui a vivir a Jaén desde Cataluña, que era donde vivía por razones laborales, y tengo que decir que mi vida cambió en todos los aspectos. Entre las cosas que más me impresionaron, está el asunto de la leche. Si, como suena la leche de consumo diario, en los desayunos y meriendas de mi familia.
Venia por casa un lechero que tenía varias vacas, llegaba con su cántara metálica y su jarrillo de medio litro en la mano, dejando en la puerta del rellano del piso, un reguero de gotas de leche que siempre había que recoger con la fregona.
Esta leche, que vendría bautizada seguramente, era de una calidad extraordinaria, olía a leche y sabía a leche, como ya no recordará la mayoría de los lectores. Al hervir dejaba un dedo de nata amarillenta, con un sabor riquísimo que mis hijos disfrutaban untada en una rebanada de pan, espolvoreada con azúcar.
El caso es que por el 1985, empezaron a oírse comentarios de que por razones de salud, por higiene y por no se que más oscuras pretensiones, se iba a prohibir la venta domiciliaria de leche.
La venta directa del productor al consumidor se la cargaba de un plumazo la administración de aquella época.
Más de un año tardaron mis hijos en acostumbrarse a la leche de cartón, el precio subió y la leche bajó de calidad en picado. Al tiempo me encontré con el lechero por la calle y comentando el tema, me dijo que el también había perdido, se la pagaban más barata de como él me la vendía, y lo único que la central lechera le medía para aceptarla era “el grado”, (supuse que esto era una medida de control). Como a veces no daba “el grado” la leche de sus vacas, algún listo le dijo que con urea sube “el grado” de la leche y así me dio a entender que de cuando en cuando añadía urea a la leche, de la que tenemos más a mano los seres humanos. También me dijo que después de colar la leche y darle “un hervor” le quitaban todo menos el color blanco (grasa, nata, crema, etc.,) y que esa era la leche entera que yo compraba, porque de algún sitio tenía que salir la mantequilla y las natas para cocinar y montar.
Organizaron unas campañas publicitarias impresionantes, a las que han colaborado multitud de médicos ¿?, indicando que la leche des-cremada y semi-desnatada es lo “chachi”, le sacaron a la leche entera de cartón, lo poco que le quedaba y la siguen vendiendo con éxito.
Ahora creo que hay una leche que se presenta mezclada con fruta líquida, con Omega-3 ¿?, con vitaminas A, B y E, (supongo que se las añadirán en pastillas) etc., etc.
Por otro lado, con el jamón pudo pasar como con la leche, hace bastantes años, estuvo a punto de desaparecer el cerdo ibérico, importaron unos cerdos europeos, mas rentables según decían, y fue desapareciendo de casi toda España, menos de algunas zonas donde supieron defender y poner en valor lo suyo.
Hoy los productos ibéricos se cotizan por “su olor y sabor” y no por normas que no lo diferenciarían de los cárnicos generales.
A lo que iba, al aceite.
Imaginad por un momento que el olivarero pudiese vender su aceite puerta a puerta como aquellos lecheros, eso sería lo ideal, del productor al consumidor, sin intermediaros. Eso se puede conseguir (aproximadamente) con una comercializadora, pero en competencia con los aceites y marcas comerciales.
¿Habéis probado alguna marca comercial de esas que están en la mente de todos? ¿En la etiqueta dice Virgen Extra y seguro que pasa todos los controles, menos el de mi nariz y mi paladar, no huelen a nada y no saben a nada, sobre todo comparándolo con los aceites de nuestras almazaras.
¿Nuestra comercializadora va a mantener esta calidad?, ¿y le va a resultar rentable?, ¿o se va a dedicar a mezclar y mezclar (eso, si cumpliendo los controles) hasta perder el olor y el sabor?
Yo solo tengo un olivo de plata sobre el piano de mi casa, puede que sea el menos indicado para hablar del tema, pero soy un gourmet, enamorado del maravilloso y exquisito aceite de Alcaudete, tanto, que pagaría por su valor real, sin necesidad de subvenciones y lloraría su pérdida, como la de la leche.
A los italianos que dominan el mercado internacional, les resulta rentable comprarnos aceites a los andaluces, que mezclan con aceites griegos, turcos y tunecinos, mezclan con refinados, orujos y demás. Unos buenos químicos y catadores en plantilla hacen que ese batiburrillo de aceites sea comestible y pase los controles. Lo venden a más de seis euros la botellita (eso si, monísima) de tres cuartos y como en el caso de la leche le añaden “cositas”, por ejemplo, ajos, hierbas, etc., de todo menos el aceite bueno al que estamos acostumbrados por aquí.
El tiempo lo dirá, pero yo creo, y ya he dicho que yo soy el menos indicado para ello, que nuestro mercado ha de ser el de la calidad extrema y no aceptar solamente esos controles que miden por igual un aceite puro y virgen de nuestras almazaras y esos aceites comerciales que no huelen ni saben a nada, el secreto no está en parecernos a ellos sino en diferenciarnos, por la calidad que da el sabor y el olor.
Pero ya os he dicho que soy el menos indicado para ello.

26 marzo, 2006

Cartel de Semana Santa de Jaén 1983.

Cartel Semana Santa de Eduardo Azaustre Mesa

Caballos en libertad,(1969)

Caballos de Eduardo Azaustre Mesa

18 enero, 2006

Alcaudete-Fuente Orbes

Aparcó al lado del viejo edificio de la estación. Bajó del coche sin dejar de mirar el entorno, tan absorto, que se llenó la suela de los zapatos de un fino barro, que a duras penas pudo limpiar con la hierba que crece en los andenes. La manguera de los cubatos(1), el muelle, la Sierra Orbes, todo el conjunto entró por sus pupilas y le llenó de cálidos recuerdos. El día era espléndido, pero la hora no era la más adecuada para emprender un paseo por la Vía Verde del Aceite, a las cinco de la tarde en Octubre, el sol está demasiado bajo, pero sin pensarlo se puso en marcha en dirección a Martos.
Solo hacía dos días que había llegado al pueblo, y ya había resuelto los asuntos que le habían obligado a venir. Después de comer en el Hidalgo y reposar un ratito en la habitación del hostal, tuvo el impulso de bajar a la antigua estación del ferrocarril. Los dos días en Alcaudete le habían permitido pasear por sus calles y rememorar recuerdos de la infancia, rincones y callejas, sus fuentes, su parque. Hacía cincuenta años que no había venido y eso es mucho tiempo. Cuando sus padres emigraron tenía doce años, luego, cuando se instalaron en Leganés, se llevaron a los abuelos y ya que no tenían ningún familiar cercano, dejaron de venir. La universidad, su boda con una compañera de estudios oriunda de Aragón, los hijos… Hacía eso, cincuenta años que no venía.
Caminaba con parsimonia, reparando en el paisaje e intentando recordar imágenes de tiempo atrás. Los olivos al lado de la Vía se podían tocar al paso, cuando no circulaba por zona de trinchera.

Los puentes con sus rótulos relativos a ingenieros franceses de muchos años atrás, la finca del Chaparral, la caseta de ferroviarios de “la Cunera”, la Muela, la Dehesilla, en donde su abuelo tenía el olivarillo, la Zahúrda.
- ¡Que recuerdos! –.
Venía con su abuelo Nemesio siendo un crío, unas veces andando y otras en la camioneta-autobús de Bartolo, que hacía el transporte de viajeros entre la estación y el pueblo. Alguna que otra vez estuvo en la cantina de la estación, bueno en las dos, en la del andén, de Bernarda y José “el Cojo”, donde algunos cortijeros se atizaban buenos perucos de vino manchego y en la de enfrente, al otro lado de la vía, servida por Ramón Carrillo.
-Cruza rápido, nene, que viene la Cochinica(2).- decía Nemesio, y él saltaba por entre las traviesas y los gruesos guijarros, como una cabrilla, para desesperación del anciano que no perdía de ojo al revoltoso nieto.

Casi siempre apañaba un puñado de garbanzos tostados, que era la tapa habitual, cuando el abuelo se convidaba con algún amigo ferroviario.
En el olivarillo jugaba entre los olivos mientras el abuelo se afanaba en cortar varetas y otros menesteres, el buen hombre tenía un ojo en lo que hacía y otro en el crío, como presintiendo el peligro del tren. La vía pasaba por la linde del olivar, … y alguna vez que otra “le vio las orejas al lobo”, como en una ocasión, que no lo arrolló el tren de puro milagro.
Entre recuerdos y paradas para contemplar el paisaje, llegó al tercer puente, bajó un trecho hacia el puente romano, y al pie de un chaparro, se sentó en el suelo y fijó su mirada en el entorno, estaba a gusto y sin saber cómo se quedó plácidamente dormido.
Cuando despertó estaba entumecido, el sol había desaparecido y en la penumbra, le costó trabajo subir a la Vía. El sueño fue corto pero la pesadilla que le acompañó le había dejado tan mal sabor de boca, que incluso se sintió un poco mareado. Sería por haber rememorado sus travesuras de pequeño y el percance en el que, de pelitos, no resultó atropellado por el tren. Sintió frío y aceleró el paso para entrar en calor. Desde allí a la estación había una hora de camino y menos mal que la luna estaba en creciente, porque la noche se estaba echando encima.
El sonido de los chinorros del camino y el canto de un mochuelo era lo único que le acompañó durante un buen trecho, eso y los tenebrosos recuerdos de su pesadilla, en la que lo atropellaba el tren, en aquella ocasión de su infancia que el abuelo impidió de milagro. Había sido tan real que no podía quitárselo de la cabeza.
De pronto se paró en medio del camino, le había parecido oír el tren,
-También son ganas de …, pues anda que no hace años que no hay vías.-
Continuó la marcha y de nuevo sintió el ruido de la máquina. Se le acorcharon las manos y un frío gélido empezó a lamerle el rostro. Dio unos pasos más y… Allí estaba, esperándole, en plena curva, la máquina humeante con su luz encendida, soltando chorros de vapor y presta a emprender la marcha.
No podía dar crédito a lo que estaba viendo, era imposible y sin embargo no había duda, la maquina emprendía la marcha y a todo lo que podía se encaminaba hacia donde él se encontraba. Sus pies no le respondían y en su mente se decía que era una alucinación, que todo debía ser fruto de su maldita pesadilla, pero un terror inmenso le dejó petrificado cuando la máquina lo traspasó de adelante hacia atrás, llegando a ver el interior del convoy, con los pasajeros que en los vagones ocupaban sus asientos, y que le miraban con expresión burlona.
Cuando el tren pasó, en sus ojos despavoridos sólo brillaba el tenue resplandor de la luna, silencio de nuevo, sonó la llamada del mochuelo y cayó de bruces en el camino.

El facultativo de Alcalá la Real, dio el siguiente informe de autopsia:
Don Teodoro Toledano Bermúdez, natural de Alcaudete, Jaén. Residente en Madrid, Paseo de los Olmos 14 , Ingeniero Industrial y jubilado, falleció el 23 de Octubre, entre las dieciocho y las veintiuna horas en el término de Alcaudete, a dos kilómetros del edificio de la antigua estación del ferrocarril Alcaudete-Fuente Orbes, en la conocida como Vía Verde del Aceite, donde fue localizado por el vecino de la localidad Eduardo Ortega Lendínez, apodado “el Manquito” a eso de las nueve de la mañana del día siguiente a su defunción.
La defunción se ha debido a parada cardio-respiratoria, sin que se aprecien otros motivos para su muerte, pero se da la extraña coincidencia de que en su rostro había una expresión de pavor y asombro, no habitual en fallecidos por esta causa.

Alcalá la Real 2 de Noviembre de corriente año en curso. Firmado al pié: el forense (ilegible)

(1) Los cubatos son los depósitos del agua que había en las estaciones de ferrocarril para las máquina a vapor.
(2) La Cochinita era un automotor, especie de TALGO de uno o dos vagones, que circulaba en aquel tiempo.

07 enero, 2006

DIÁLOGOS EN EL ÚTERO(La parábola de los gemelos)


Dedicado a la memoria de mi amigo y compañero Nono.

Dos gemelos comparten un útero. Los dos duermen plácidamente. El sonido sincopado que llega a sus oídos los mantiene relajados y tranquilos.
Número Uno abre los ojos. La tenue y mortecina luz que llega del exterior le permite contemplar el rostro de Número Dos. En uno de sus vuelcos en el líquido amniótico ha quedado con una de sus mejillas pegada al hombro de Número Uno.
Hace ya un montón de tiempo que fueron concebidos, para ellos una eternidad. Se han criado juntos y se han visto crecer. Han compartido la existencia en el Útero. Toda una vida. Número Uno se asombra de lo grande que es Número Dos. A ese paso, pronto no cabrán en el útero y tendrán que salir. El Alumbramiento no puede tardar. En el líquido que le rodea y que también baña a Número Dos, hay demasiadas partículas en suspensión y su sabor dulzón empieza a tornarse cada vez más amargo.
Número Dos está tranquilo. Nada que ver con el desasosiego y temor que mostraba en su anterior discusión con Número Uno.
Dos.- Aquí no cabemos y el alimento que me llega por el cordón umbilical es cada vez menor.
Uno.- Cálmate, ya verás como MADRE proveerá, ella que ha cuidado siempre de nosotros no nos abandonará.
Dos.- Si es que existe MADRE, porque nunca la hemos visto.
Uno.- Tiene que existir, seguro, ¿Cómo si no se explicaría nuestra existencia?. Existe y nos quiere. Seguro que es su propio alimento el que comparte con nosotros.
Dos.- O no, quien te dice a ti que nuestra existencia no es fruto de una circunstancia natural y que es la propia naturaleza la que nos ha mantenido vivos. Tu siempre me dices que al final de nuestra vida en el Útero, cuando llegue el Alumbramiento, abriremos los ojos a una nueva vida y tengo que decirte que lo veo bastante improbable. Nuestra vida actual es imposible fuera del líquido que nos rodea, si el líquido desaparece, desapareceremos con él.
Uno.- No, yo creo en MADRE, estoy convencido de su existencia y no se como, pero seguro que después del Alumbramiento abriremos los ojos a una nueva vida desconocida para nosotros. No recordaremos nada de nuestra vida anterior en el Útero y podremos sentirnos dichosos de la contemplación del rostro de la MADRE.
Dos.- ¡Que imaginación tienes!, seguro que antes de nosotros ha habido otros en este útero y que yo sepa no ha venido nadie del exterior a decirnos lo que hay fuera, ni a hablarnos de la existencia de la MADRE. Cuando llegue el Alumbramiento se acabó lo que se daba.
Número Uno recuerda la larga vida compartida con Número Dos en el Útero. Desde muy pequeñitos, cuando repararon el uno en el otro, compartieron juegos y confidencias, vivieron felices y despreocupados, nada les faltaba y todo era sosiego y tranquilidad. Bueno, a veces el ruido sincopado se volvía alterado y arrítmico, los ruidos del exterior se tornaban extraños y amenazadores, el alimento que llegaba por el cordón se hacía más escaso y eso les hacía sentir un pellizco de preocupación y temor, pero al cabo pasaba todo y tornaba la normalidad.
Número Uno piensa que ha tenido una buena vida que ha compartido con Número Dos y no teme al Alumbramiento, su fe en una nueva vida después del Útero le hace mantener la esperanza y minimiza la angustia vital por el sentido de su existencia. ¿Qué razón iba a tener la vida en el Útero? ¿Todo se va a acabar en el Alumbramiento? -Sería absurdo-.
Toda una existencia en el Útero para nada, para desaparecer sin más.- No puede ser -. Número Dos siempre ha dicho que nos hemos imaginado la existencia de MADRE, como única explicación lógica de nuestra existencia en el Útero. – No puede ser verdad -.
Últimamente son más frecuentes las discusiones entre los gemelos, y es que se acerca el día del Alumbramiento. La vida en el Útero acaba. Primero tendrá que abandonarlo uno y luego el otro.
Así, entre dudas y preguntas, sumidos en profunda angustia, transcurren los últimos días de los dos gemelos en el seno materno.
Por fin llegará el momento del Alumbramiento. Cuando los gemelos dejen su mundo, abrirán los ojos y lanzarán un grito. Lo que pueden llegar a ver y sentir superará sus más atrevidos sueños.

Tomado de Labensängste (Miedo existencial)-Lebensträume (Sueño de la vida). Krankenbrief (Carta de un enfermo) 1999/1, 3.

Cuentos de colores.- Blanco, Azul y Rojo


BLANCO
Las paredes eran blancas, completamente blancas, la luz del sol entraba por el amplio ventanal dejando un cegador resplandor en la estancia, y en el centro, ella, con su vestido de encaje y seda sobre su frágil cuerpo, sentada en el taburete, descalza y ondeando su cabello, claro y rubio, a la brisa que llegaba del exterior. Sus ojos permanecían fijos en el horizonte, un horizonte sin línea, una línea sin paisaje, un paisaje de resplandores níveos, un resplandor sin contornos. Sus pupilas albinas solo le permitían percibir una claridad excesiva y sin embargo no le molestaba, sus ojos permanecían extremadamente abiertos, llenándose de luz, esa luz que abriga y da calor. En la estancia solo había eso, luz, mucha luz y una hermosa niña, de ojos muy claros que solo ven eso, claridad, luz blanca, sin matices cromáticos.
-Bien, Clara, vamos a ver esos ojos.
El doctor con su bata blanca, se había situado delante de la niña y ayudado por una minúscula linterna, dejó un haz de luz muy intensa en el interior de sus pupilas, las miró y remiró, sin que Clara parpadease o le molestase lo más mínimo.
-Bien, esto está muy bien.
Cogió a la niña por los brazos y la levantó del taburete. La enfermera la sujetó por detrás y dando solo unos pasos la acostaron delicadamente sobre la camilla, luego, en suave movimiento fue sintiendo como se deslizaban las ruedas por el pavimento, el paso de una estancia a otra, el traqueteo casi imperceptible de las ruedas al pasar de una baldosa a otra y los cambios de resplandor al pasar bajo los fluorescentes, le indicaba la distancia recorrida hacia el quirófano. Luego la quietud, los cuchicheos y el ruido del material quirúrgico.
-Clara ¿quieres contar desde diez para atrás?
Diez…nueve…ocho…siete…seehh.
Después nada, la nada, bueno, la nada luminosa y una sensación pastosa en la lengua, así como un regusto desconocido.
Clara llevaba doce días con el vendaje, desde que despertó, sabía que algo nuevo había ocurrido. La operación podría tener éxito o no, pero la claridad que sentía en sus ojos era distinta, a veces veía una luz de extrañas tonalidades, bajo las vendas, que decrecía comprimiéndose sobre ella misma, para volver a aparecer ante sus ojos cerrados, quedaba estática como una mancha luminosa y su propia aureola la comprimía de nuevo hasta dejarla reducida a un punto, así una y otra vez, diría que siguiendo las pulsaciones de su corazón.
Sintió pasos a su alrededor y unas manos amigas que acariciaron su pelo.
- Clara, vamos a quitar las vendas ¿estás preparada?
- Si, pero tengo miedo.
- No te preocupes, todo irá bien.


AZUL

El mar golpeaba con fuerza sobre las rocas, la luz del mediodía resplandecía sobre la espuma que saltaba de la cresta de las olas, el azul del cielo parecía mucho más intenso en contraste con unas nubes altas, blancas y espesas. El mar tenia un tono azul marino que desde el horizonte nítido y recto, mantenía su color hasta la orilla, donde se perdía en tonalidades verdosas al contraste de las rocas y la espuma.
Clara miraba el mar y sentía como los colores pasaban por sus ojos componiendo un paisaje espléndido de tonalidades azules.
-¡Que maravilla, abuelito!
- y que lo digas,-
respondió el anciano.
Cosme tenía ochenta y cuatro años y una ilusión cumplida- ¡Clara veía por fin! - y esa certeza le emocionaba sobremanera, desde que vino la niña a su casita de la costa, Cosme no se separaba de ella, ¡era tan feliz con solo mirarla! que no existía en el mundo nada más bello que contemplar su rostro, a veces con dificultad, ya que las incómodas lágrimas no le permitían verla con nitidez y es que sentía un nudo, una congoja, que tenía que volver el rostro para recuperar la compostura.
Desde hacía dieciséis años, tenía a Clara clavada en el corazón, los años pasados con la nieta ciega, los intentos porque recuperara la visión, el fracaso, la amargura, la lucha y la desilusión, pero ahora Clara se mostraba magnífica, allí en la mecedora, tan linda, junto al acantilado y a su lado. Dieciséis cuchillos de acero azulado clavados en su corazón y de pronto la paz, el sosiego, - Clara veía – ¡Es maravilloso vivir! y de nuevo la felicidad se desbordaba por los cansados ojos del anciano humedeciendo sus mejillas.
- Abuelo ¿Por qué lloras?
- Porque te quiero Clara.
Clara coge una de las cintas del vestido, la levanta hasta los ojos y dice - mira abuelo es tan azul como el mar -, el abuelo sonríe y de nuevo vuelven a brillar sus cansados ojos.


ROJO

Es noche cerrada, sin luna ni estrellas, algo arde cerca, crepitan unas llamas y chirría una rueda que gira cansina sobre el coche volcado en la cuneta, la portezuela destrozada y medio abierta ha permitido a Sonia salir a gatas del vehículo, instintivamente se aleja del mismo, sintiendo la hierba húmeda bajo sus manos. Un liquido pastoso y caliente chorrea por sus sienes, se arrastra, vomita y sigue alejándose del coche cuneta arriba, el vientre le duele y le pesa, casi le roza en el suelo, solloza calladamente mientras se agarra a las hierbas mojadas por la lluvia que casi ha cesado. Un resplandor rojizo a su espalda le hace acelerar su huida, el coche arde y sus llamas tintan de rojo los arbustos que crecen al borde de la carretera. Oye el sonido de una sirena y casi ve los destellos rojos de las luces de la ambulancia, después se desmaya.
El abuelo Cosme llora en el banco de madera que hay junto a la entrada de quirófanos, son las cuatro de la madrugada y lleva allí sentado dos horas y media, entre las lágrimas fija su mirada en la luz roja de acceso prohibido que hay sobre las puertas batientes, entran y salen los facultativos y Cosme musita, recitando como un autómata, una oración. Se da cuenta que le hablan cuando deja de ver la luz roja. Se levanta con una angustia infinita en el pecho y acepta el bulto que le ofrecen.
-Lo siento don Cosme no hemos podido hacer nada por su hija, ya no estaba viva cuando entró en quirófano, pero aquí tiene Vd. a su nieta, creemos que está bien aunque no se la podrá llevar hasta mañana, que la verá el pediatra, aparentemente está bien pero he notado algo en sus ojitos, bueno, el pediatra dirá, no se preocupe ya verá que todo se arregla, lo siento don Cosme.
Cosme abre los ojos llorando, lleva dieciséis años viviendo la misma pesadilla, pero ahora, es distinto, Clarita ve, ve y eso le hace sonreír cuando despierta, sudando y llorando por la pesadilla roja.

El jarrillo desmochado (cuento infantil)


Hay cosas que los niños saben y que los adultos ignoran, así es que os voy a relatar algo que a duras penas creerán los mayores pero que los niños entenderán perfectamente.
Cuando se sale de la cocina y se cierra la puerta, dentro de la misma ocurren cosas maravillosas y esta es una de esas historias de la cocina, cuando no hay nadie dentro y la puerta está cerrada.


Érase un jarrillo de lata que estaba desmochado, tenía un color blanco, pelín amarillento por el culete y un filo azul por todo su borde, su asa era de lo más airosa, así es que colgaba de un cáncamo al borde del platero, luciendo su marca oscura bordeada de gris, producto de algún porrazo. El desmochado.
A su lado y colgando también, se encontraban otros cinco jarritos, iguales a nuestro protagonista pero que sin embargo no lucían ninguna rayadura o desperfecto. Sobre el poyo de la cocina se retrepaba una cafetera amarilla de lo más pomposa, se adornaba la cabeza con una tapadera de lindos contornos y su gruesa panza se estrechaba hacia el cuello donde lucía su retorcido pitorro.
-Mira que sois golfos- les dijo a los jarritos, -dejad de meceros que os vais a caer, y no me importa que os desmochéis sino que os caigáis encima mío y me hagáis un rayajo.
Los jarritos entre risas, no hicieron caso a la cafetera y siguieron con sus juegos y mecidas. Poco más allá y encima del poyo también estaba el frutero que acurrucaba en su interior dos manzanas un melocotón, tres plátanos y un racimo de uvas.
-Cafetera, no seas cascarrabias - dijo el frutero - déjalos que se diviertan,¿ no ves que son pequeños y tienen ganas de divertirse?.
Los plátanos, que como ya sabéis, son siameses y están unidos por el rabito, dijeron al unísono.-Nosotros también queremos mecernos.
El melocotón que era muy orondo y aún estaba poco maduro comenzó a empujarlos apoyándose en las manzanas, las uvas colaboraron en el empeño y por fin cayeron afuera del frutero sobre el poyo, de tal modo que uno quedó al aire y los otros dos apoyados en la espalda.
-Ja, Ja, Ja ¡Que divertido!- decían mientras se daban unas cuantas mecidas. Al borde del frutero las uvas se reían contemplando las cambaladas que daban los plátanos.
En estas estábamos cuando la olla que había junto al anafre comenzó a ponerle música a las mecidas de los jarritos y los plátanos, haciendo sonar su tapadera.
- chis pum-chis pum-chis pum-
La cafetera bastante irritada comentó:
- No, si no pararéis hasta que entren y nos frieguen con un estropajo-
Por si fuera poco, los platos del platero empezaron a aplaudir, sin mucho ruido pero siguiendo el ritmo que marcaba la olla.
-clas, clas - clas, clas-
Y las tacitas que estaban sobre el platero se animaron a comenzar un zapateado sobre sus platitos.
-clin clin clin- clin clin clin-
De este modo y con la música, hasta las uvas bailaban y los jarritos empezaron a aumentar las mecidas, compitiendo hasta que el desmochado se dio de bruces sobre el poyo.
-¡ay!- ¡ay!- gritaba.
- Ya te lo había dicho que caerías- le regañó la cafetera.
Pero enseguida comenzó a reír y como había caído volcado, empezó a dar vueltas, cuando llegaba al asa giraba en sentido contrario y no paraba de seguir el ritmo.
- chis pum-chis pum-chis pum-…..-clas, clas - clas, clas- …..-clin clin clin- clin clin clin-
Los otros jarritos que pararon asustados al ver caer al desmochado, volvieron a mecerse cada vez más y a seguir la juerga.
A todo esto y en un rincón del poyo, había un cazo que miraba la escena con una carita muy triste.
-¿Qué te pasa cacillo?, baila con nosotros- le dijo el jarrito que estaba volcado y girando.
-No quiero, estoy enfadado.
-Pero hombre no seas tonto y diviértete.
-No que estoy sucio-
y es que unos chorreones de leche quemada caían desde su borde hacia abajo.
Había quedado olvidado a la hora de limpiar la vajilla y por eso se había apartado al rincón del poyo.
-No te preocupes cacillo, ya verás- le dijo el jarrillo y de un brinco se puso de pie.
Comenzó a caminar por el borde del poyo hacia la fregadera y allí encontró al "nanas" que con sus rizos y siguiendo el ritmo de la musiquilla se mecía en el agua jabonosa que quedaba en la fregadera.
-Nanas, capullo, ¿porqué no dejas al cacillo como los chorros del oro?
-Dile que venga para acá y ya verás.
El cacillo que lo oyó se puso en marcha, pasando el gesto de enfadado a divertido, y hasta seguía el ritmito antes de llegar a la fregadera.
-Risss-rasss, Risss-rasss- decía el Nanas mientras acicalaba al cacillo -Risss-rasss, Risss-rasss-,-Risss-rasss, Risss-rasss-.
El cazo se quedó que parecía una porcelana, tan limpio y aseado que se olvidó de su enfado y se sumó al jolgorio general, repiqueteando su rabito sobre las baldosas de la pared mientras volvía a su rincón.
-Tin, tin, tin-Tin, tin, tin.
En esto se abrió la puerta de la cocina y entró la mamá, encendió la luz y todo quedó en silencio.
-Que raro me había parecido oír … ¡Ah claro el jarrillo que se ha caído! …Pero eso si que es raro.
Lo colgó en su cáncamo, apagó la luz y volvió a cerrar la puerta.

06 enero, 2006

No sentía nada


Hacía ya más de tres horas que no sentía nada, no me dolía nada, pero no podía moverme, mis miembros estaban completamente paralizados, pensé que estaba atado a la cama, sólo la penumbra de la luz que se colaba por la ventana me daba conciencia de que me encontraba en el dormitorio del hotel de Nairobi a donde habíamos llegado la noche anterior. No podía parpadear ni mover un dedo pero podía oír, oía la respiración de Marta y el bullicio del principio del día que entraba del exterior.
Hacía casi tres horas, o al menos así me lo parecía que Marta se había despertado y después de incorporarse se quedó mirándome fijamente, aunque no sentí nada me percaté del manoseo y del zarandeo al que Marta me sometió durante varios minutos, sus gritos llamándome y el llanto derivaron en un hipo que entre mocos y lágrimas le hacían decir frases inconexas.
Marta había salido de mi campo de visión pero oí como pedía auxilio por teléfono en el pobre inglés que podía articular, después se acercó de nuevo y vi en su rostro la gravedad del momento. ¿Por qué no me podía mover?¿Por qué no podía hablar? Veía y oía pero ¿por qué no sentía nada? Marta apoyó su oído sobre mi pecho y después de unos segundos se incorporó entre sollozos.
Multitud de negros pensamientos pasaron por mi mente, ¡qué maldita parálisis me había dado! Hice esfuerzos por moverme pero nada, intenté tranquilizarme y pensé en concentrar mi pensamiento sobre un dedo, intenté moverlo, como había aprendido a hacer en las clases de yoga que recibí de adolescente , pero nada, puede que lo moviese pero no sentía nada, ni el roce de las sábanas. Marta había encendido las luces y sobre el techo giraba un ventilador que oscilaba peligrosamente amenazando caerse, intenté de nuevo articular alguna palabra
– Marta… Marta.
Nada, mi boca estaba sellada, lo pensaba pero no podía decirlo. Entró alguien en la habitación y cuando se colocó a los pies de la cama vi que era el recepcionista, me miraba y miraba hacia donde estaba Marta, aunque no entendía bien comprendí que intentaba calmarla, después por mi derecha apareció un camarero que dejó un vaso y una botella de agua en la mesita de noche.
-Pero si está helado- dijo Marta.
No haría más de dos horas que había llegado el médico, se sentó en la cama a mi izquierda, colocó su “fonendo” en los oídos y lo aplicó a mi pecho, lo sé porque lo vi, yo no sentía ni el contacto del “fonendo” ni sus manos. Me incorporó sentándome en la cama y a los pocos segundos me dejó caer de nuevo en el lecho.
No entendía lo que le dijo a Marta, pero su llanto y la gravedad de su rostro me indicaron que la cosa debía ser grave. Un par de enfermeros de tez muy oscura me depositaron sobre una camilla y me taparon el rostro con una sábana que casi se transparentaba dejándome intuir lo que ocurría delante mío. El ascensor, la recepción, la calle y ya dentro de la ambulancia Marta me quitó la sábana del rostro. Estaba llorando.
Intenté razonar, seguro que iba a un hospital, allí me harían pruebas y seguro que me recuperaría, a mi no me dolía nada, sólo que no me podía mover, …no me podía mover, …no me podía mover.
Empezó a asaltarme una idea horrible, pero no, no podía ser, comencé a recordar una película que de muchacho había visto, La Obsesión, creo que se llamaba,¿Quién la hizo? A ver… Roger Corman me parece, si si, Roger Corman y Ray Milland de protagonista, un tío obsesionado con ser enterrado vivo, ambientada en el siglo pasado, que “canguelo” pasé en el cine, ¿como se llamaba la enfermedad?.. catelepsia o catalepsia, si, si, catalepsia, pero bueno los médicos sabrán, estamos en el Siglo XXI, además lo mío no va a ser eso, seguro que me ponen algo que me permite recuperar el movimiento, ¡si pudiese hablar, aunque solo fuera una palabra!
No hará ni cinco minutos que han terminado conmigo, sigo sin moverme, pero seguro que ya saben que hacer conmigo, a Marta ya no la veo y no sé para qué me han metido en esta bolsa de plástico negro, debe ser que me van a hacer otra prueba más, a dónde me llevarán, menos mal que no siento nada, este pasillo no acaba nunca, ¡Dios mío porqué entramos aquí!, ¡aquí no!, ¡aquí no, esto es la Morgue!, ¡aquí se trae a los muertos y yo estoy vivo!, ¡aquí no!, ¡no!, ¡no!, ¡aquí no!, ¡no!, ¡no cerréis la cremallera de la bolsa!, ¡no!. ¡No me dejéis aquí, esto es la morgue!, ¡no!, ¡no!, ¡yo estoy vivo!… Dios mío ¡estoy vivo!…¡no!, ¡no!, ¡no!.

La esquela.


Abrió los ojos. Un pequeño murmullo se colaba en el dormitorio desde la sala contigua, miró hacia la puerta entornada y por el resplandor que se colaba, se dio cuenta de que había una luz encendida. Cerró los ojos, los parpados le pesaban como si se hubiese despertado con resaca, ¿Quién habría en la sala? Siguió con los ojos cerrados mientras notaba que un extraño frío le había invadido, sin embargo no sentía nada, ni la maldita rodilla derecha que todas las mañana le importunaba fue un obstáculo para que se sentase en la cama. Estaba bien con los ojos cerrados. ¿Quién habría en la sala que no dejaba de hablar en voz baja? Se puso de pie y en un primer impulso se dirigió a la sala pero frenó en seco, que más le daba, la curiosidad era mucho menor que el deseo de salir al patio. Giró en redondo y tanteó la aldaba que cerraba la pequeña puerta que daba al exterior. Al salir le envolvió un bochorno pegajoso que no alivió su sensación de frío.
Abrió los ojos, se dirigió al portón y como si tuviese mucha prisa se coló afuera.
Anduvo presuroso y salió a la Plaza por la calle Pastelería. Las luces tenían un halo especial, como de niebla, bueno, más que niebla era “fosca”, como llaman los catalanes a esa humedad ambiental que da un aspecto irreal a la luz. Pronto amanecería, la plaza estaba desierta, Quico se había dejado encendida las luces reflectoras de la pared del bar y las sillas y mesas se habían quedado sin recoger. Fue hacia Mari Trini y un coche aparcado le impidió acceder a la acera. Miró el Arco pero no le apeteció subir la cuesta.
Todas las mañanas hacía lo mismo, menos los domingos, pasaba el arco, subía la cuesta y llegaba a la panadería a por el bollo, los sábados dos, después se dirigía por la calle del Carmen hasta el Más y Más, ya iba para tres años que se enfadó con las dependientas de Mari Trini, hacía una pequeña compra y de regreso compraba el Jaén.
De nuevo en casa, desayunaba mientras ojeaba la prensa y volvía a salir por la calle Campiña hasta el campo, visitaba los viejos olivos de un olivarillo que heredó por los años sesenta de su tío Trinidad, el que volvió de Argentina. De regreso y a eso de las dos, un tomate con sal y un poco de aceite en el plato acompañaban a diario alguna proteína que generalmente procedía de una lata de sardinas, paté o salchichón, que ¡maldita sea! cada vez estaba más duro. Descabezaba una siestecita y de nuevo salía, esta vez hacia el parque, la Fuensanta, un pequeño descanso en los bancos de piedra y regresaba al pueblo por la carretera de la sierra, jamás se paraba con nadie, ¡Hola y adiós! Peñuelas, calle Alta, cuesta del Cerro, Cruz del Sordo, la plaza y a casa. Todos los días cenaba lo mismo, unas sopas con leche y sacarina en un tazón grande de loza. Después se sentaba delante de la tele y como no tenía mando a distancia se dedicaba a hacer zaping pulsando los botones del televisor, hasta que encontraba algo que llamaba su atención y se retrepaba en la mecedora para quedarse frito a los pocos minutos. Al despertar, apagaba el televisor, bebía un poco de agua, recogía el orinal del retrete que había en el patio y a la cama.
Los domingos no diferían en mucho, salvo que no visitaba la panadería y el Más y Más, o que el periódico era el ABC con su dominical, lo demás era casi igual, acortaba el paseo al parque, se quedaba a la entrada, en el quiosco, se sentaba en el interior y después de tomarse un pepsicola regresaba a misa de Santa María, después el zaping, el orinal y la cama.
Seguía con frío, sin saber porqué se dirigió hacia la calle Llana y casi sin darse cuenta se puso en lo alto del Pilarejo, salió al Portillo de Martos y bajó por la trocha, hacia muchísimo tiempo que no iba por allí, casi desde que era joven y de eso hacía la tira. Un mojón le sirvió de asiento y sin venir a qué se puso a rememorar su vida, sus años en Mollerusa, la muerte de su mujer y sus dos hijos en accidente de tráfico, el cambio que su vida dio, la vuelta al pueblo jubilado…¡hasta cuando duraría tanta rutina! Siempre igual, todos los días lo mismo, menos hoy, hoy era diferente ¿por qué?... Su artrosis de rodilla y ese dolorcillo en las manos había desaparecido, estaba bien y lo único… esa maldita sensación de no entrar en calor.
La medida del tiempo debía de haber cambiado, no comprendió que el sol estuviese bajando hacia el ocaso y encauzó sus pensamientos hasta su rutina diaria, no había comprado el pan, ni el periódico, ni …
Regresó por sus pasos y esta vez se dejó caer por la avenida de Andalucía, ¡que coraje le daba! la avenida de Andalucía, cuando de toda la vida era la carretera de Jaén, pasó por el cruce de las Peñuelas, el piserío frente al parque, el antiguo cuartel y llegó a la gasolinera, casi tropieza con el yerno de Panadero que estaba colocando una esquela en la fachada del Torero, dio unos pasos, se paró en seco y volvió atrás para leer la esquela. La leyó, la releyó y la volvió a leer, no podía creerlo, se quedó de una pieza. Siguió caminando presurosamente hacia la muralla y en vez de entrar por la calle del Carmen, siguió hacia abajo por la carretera, la almazara de Hernández y carretera adelante hasta que se encontró a la entrada del Tanatorio. Pasó la verja y apresuradamente subió las escaleras, arriba estaban dos o tres conocidos que fumaban un pitillo, pasó a su lado sin saludar y después de asegurarse del número de sala se acercó al cristal.
Allí estaba el difunto, pálido como la cera, con su viejo traje negro de rayas que se solía poner el Jueves Santo, la corbata granate y dos algodones en las fosas nasales. Era verdad, Telesforo Funes Colmenero de cuerpo presente, la esquela no estaba equivocada, era él mismo, estaba muerto y se había enterado el último.

30 diciembre, 2005

La mala conciencia.


Bajar por la calle Maestra hasta la Plaza era la guinda que faltaba al pastel, ya no podía más. Mis tobillos iban a explotar, tenía las piernas como botas de vino.¿Quién me mandaría haberme puesto los zapatos de tacón? Cuando Candela me trajo su traje negro, no pude evitar la idea de ponérmelos. Me iban bien con el traje y la coquetería ganó al previsible daño que me harían. La verdad es que no tenía nada negro, bueno si, el top que llevaba era mío, sólo me lo ponía con la chaquetilla pistacho de mangas cortas y mira por donde ahora lo llevaba, completando mi indumentaria de viuda reciente.
Los brazos de Candela y Aurora, mis amigas del alma, eran el apoyo imprescindible para no darme de bruces sobre el pavimento, estaba molida y deseaba meterme enseguida en la ducha para después descansar en mi cama.
¡Que día!, ¡pues anda que la noche anterior! Al salir a la puerta del Perdón y ver partir el coche fúnebre hacia el cementerio, me sentí aliviada. Bendita costumbre que me permitía no ir al cementerio, sus primos se encargaban de todo, menos mal.
En la plaza se disculpó Candela, tenía que hacer no se qué, el caso es que me quedé sin su apoyo, e instintivamente puse mis dos manos sobre el brazo derecho de Aurora. Seguimos en silencio por la calle Llana, recibiendo el pésame de las pocas personas que nos encontramos y no con pocas fatigas llegamos a casa, me apoyé en el quicio y solté el brazo de mi amiga.
-Ya lo sabes si necesitas algo me llamas y estoy aquí en un “plis plás”, mira que eres cabezona, a mi casa te tenias que venir y no encerrarte en este caserón.
-Aurora no seas pesada, ya te he dicho que es lo que me apetece, no te preocupes, te llamaré si me hace falta, gracias guapa.
Entré en el zaguán y después de unos instantes, cuando mi amiga traspuso calle arriba, eché la tranca. Un zapato primero y a continuación el otro, ocuparon los dedos de mi mano derecha, el frío de las baldosas fue un bálsamo para mis doloridos pies y algo aliviada me dirigí al dormitorio. Sobre la cama deshecha estaban aun las prendas de dormir que apresuradamente me había quitado dos noches antes. De verdad que estaba rendida, eché al suelo lo que sobraba y después de colocar el traje de Candela sobre una silla, me deshice del resto de la ropa. Mi bata de satín amarillo me llamó la atención sobre el espejo del armario, mi piel bronceada destacaba oscura sobre el color plátano brillante. Las ojeras, ¡es que me las pisaba!, me acaricié las mejillas y encaminé mis pasos al cuarto de baño. No sé el tiempo que pasé sentada en el retrete, pero al levantarme no podía andar, se me habían dormido las nalgas y el cosquilleo de mil hormigas descendía hacia mis tobillos tornándose en un dolor martilleante y sincopado que me avisaba de inminente caída si no me apoyaba en las paredes, me duché con parsimonia, dejando que el agua caliente corriese sobre mi cuerpo cansado.
Dejé encendida la luz del pasillo y me tendí en la cama, fijé mi vista en la lámpara del techo, un farol de corte granadino con cristales blancos biselados que reflejaba pequeños destellos en la penumbra. Era el momento de ordenar mis ideas, de hacer balance, de pensar en todo lo ocurrido, de intentar dormir.

Ambrosio se había ido, ya no estaba, estaba muerto, completamente muerto. ¡Qué susto! Hacía tres noches que ocurrió y desde ese momento todo sucedió como en una cascada. Estaba profundamente dormida, no haría ni una hora que nos habíamos acostado cuando sentí que me cogía con fuerza por mi hombro izquierdo, oí ese ronquido profundo y supe que algo malo ocurría, la luz de la mesita de noche me mostró su rostro pálido y desencajado, el teléfono, mi espera nerviosa sin saber qué hacer, la médico dándole un masaje cardíaco y la camilla, las luces de los coches que se nos cruzaban camino a Jaén y el sonido de la sirena.
Ingresó cadáver y aun no sé de qué murió, el papeleo había impedido que fuese enterrado el día siguiente y después de tazas de caldo, cafés, algún que otro emparedado de jamón y queso, ahora me siento y ahora me levanto en los sillones del tanatorio, montones de besos de todo el que se me acercaba y un funeral cansino e inacabable, por fin, Ambrosio se había ido calle Campiña adelante en un Mercedes negro, pero con los pies por delante.
-Qué gran hombre y qué bueno era, seguro que nos ve desde el cielo.
-Sí seguro.
Efectivamente, seguro que estaría en el cielo, ¿Por qué no? Pero a mi me había dejado en la misma gloria.
Qué mala vida me había dado, que Dios lo perdone,¿Cómo puede una persona ser tan mezquina y falsa?
-Usted lo pase bien, vaya usted con Dios.
-Adiós don Ambrosio.
¡Qué educado!¡qué comedido! Siempre tenía una palabrica para todos, su “modico” y su labia, la sonrisa para todos menos para mí.
Cuando nos conocimos me conquistó de ese modo, pero luego, al paso del tiempo, cambiaron sus modos, me anulaba, todo lo que yo pensaba o decía estaba mal, no puedo decir que me gritase, no, él no levantaba la voz, sólo me miraba y esa mirada se colaba en mi interior dejando una sensación de frío que me llegaba a los huesos.
Administraba mal hasta los pocos cuartos que me daba para comprar el pan y la fruta, lo demás había que comprarlo con él delante, habría el monedero y me señalaba las monedas que debía coger, él no las tocaba, como si estuviesen infectadas. Los billetes sí, esos no le daban escrúpulo, habría el billetero y antes de ponerlo sobre el mostrador, aireaba el billete como demostrando quien era el dueño. Cualquier trapito, par de zapatos o prenda que me quisiera comprar era un calvario de peticiones y súplicas, luego, cuando conseguía que viniese a la tienda para que me lo comprase, ¡Que vergüenza!
–¿Y esto es lo que te gusta? Menuda tontería, mire usted a ver si hay otro mas barato y de un color más discreto.
-Es igual, vámonos-
respondía yo avergonzada.
Lo peor era en las reuniones de amigos, aprendí a estar callada, a no decir nada. Si algo que yo dijese le incomodaba, no decía nada allí, ahora, cuando llegábamos a casa, me quería morir, qué falta de respeto, qué falta de consideración, nunca una frase de agrado, ni con las comidas de su gusto, qué falta de amor.
Siempre llevé fatal que pagase conmigo sus problemas con los demás. Un día, no llevábamos más de unos meses casados, pasábamos por el Miniparque de la Muralla y un individuo que conocíamos de vista nos dijo una inconveniencia, me piropeó con descaro y groseramente. Ambrosio no reaccionó, me cogió por el brazo y apretó el paso hasta casa, allí me culpó de lo ocurrido, me intenté defender y me zarandeó. Como insistí en lo injusto de su actitud, recibí las dos primeras bofetadas que me daba un hombre.
Ya llevamos treinta y un años casados, desde aquel día la cosa se ha repetido bastantes veces, y yo, avergonzada, me he librado muy mucho de comentarlo con nadie. ¡Cuántas sesiones de maquillaje para tapar los moretones! No he recibido más porque he callado, me he adaptado y cuando he visto su mal humor, me he quitado de en medio, si me veía trabajar, coser, barrer, fregar, lavar o hacer la comida, me dejaba tranquila.
Era de usar y tirar, me usaba y cuando él quería tenía que estar a su disposición, sin una caricia, tuviese ganas o no. Siempre me he sentido vejada y utilizada a su capricho, como una sierva que no tiene derecho alguno.
Los muertos son muy buenos, sobre todo por eso porque están muertos.
-Qué bueno era- Sí, cuando dormía, tenía que esperar a que roncase en el sillón para poder cambiar de canal. Y el caso es que tenía y tiene buen cartel, ¡claro era tan papelero con todos!
-Usted lo pase bien, vaya usted con Dios.
-Adiós don Ambrosio.
Ni mis amigas saben de mi penar y eso que nunca tuvieron mucha libertad para entrar y salir en nuestra casa -Ambrosio es que es muy serio- si serio y con mala leche. Creo que me culpó siempre por no haber tenido hijos, me hizo ir infinidad de veces al ginecólogo y siempre la misma cantinela –Señora está usted perfectamente, no se preocupe se quedará en cualquier momento, no se preocupe--¿Y él, por qué no quiso que lo viesen? Pero cualquiera era la “bonica” que se lo decía.
Me estoy quedando helada y tan rendida que no me duermo…¡Qué mal bicho era! Dios me perdone, Pues no que me siento culpable pensando estas cosas de él. Es como si hiciese algo malo al recordar todo esto, pero, culpable ¿de qué?
¿Por qué no me dormiré? Mañana tengo que lavar las cortinas del dormitorio, están cogiendo un colorcillo grisáceo que no me gusta nada. ¡Ah! y también me tengo que comprar ropa negra para luto que aquí en el pueblo… Sólo me faltaba ir de boca en boca, por lo menos un año hasta que las amigas me digan:
-Ya está bien de luto, que aun eres joven, ya es hora de que te pongas algo de alivio…
El sábado le diré al párroco que le diga dos misas al mes hasta fin de año y a ver si me acuerdo de dar un donativo a la cofradía, que trajeron el pendón para ponérselo en la caja y hay que reconocer el detalle...

Me desenamoraré.


…Seguramente había tardado mucho en dormirse, pero había dormido, ¡ y de qué manera!, el reloj digital de la mesita de noche marcaba las diez y media y unos rayos de luz se colaban por las rendijas de la ventana, se desperezó cerrando los puños y tomando una postura que ocupaba completamente la cama de matrimonio, se dejó ir en un bostezo de satisfacción por las fuerzas recuperadas, tenia la boca seca y unas ganas de orinar que casi llegaban al dolor.
- Me desenamoraré,
- me desenamoraré…
Con parsimonia se sentó al borde del lecho y fijó su vista en el traje negro que le había prestado Candela, así terciado en la butaca exhibía con descaro dos lamparones de cera, uno en la falda y otro más discreto en la chaqueta. Tendría que arreglarlo, no era cosa de devolverlo con las manchas.
-¿Cómo me lo habré manchado? Puede que al acercarme al túmulo… algún cirio.
Se levantó de la cama y caminando torpemente se dirigió al cuarto de baño, después dio buena cuenta de un vaso de agua, con tanta premura que se mojó ampliamente la solapita de su bata amarilla, entonces reparó en el ruido, llovía y no poco, no llegaba a torrencial pero casi, deambuló por la casa sin venir a qué, cogió una chocolatina del chinero y subió por la escalera al primer piso. Había descansado pero aún estaba entumecida y en su pie derecho habían aparecido sendas ampollas.
- Esos zapatos de tacón van a la basura, …están nuevos…, ¡si los quisiera alguien!
Entró en un dormitorio y después pasó a la salita del piano, abrió los postigos del balcón y se sentó en la mecedora. Afuera seguía lloviendo igual y la cosa prometía, el cielo era gris con grandes manchas más oscuras y la lluvia que venía racheada respetaba los cristales del balcón que permanecían secos.
- Si me enamoro algún día
- me desenamoraré…
Fijó su vista al fondo y se quedó extasiada con la vista que se le ofrecía, por encima de la baranda del balcón se veía en primer término la tapia del huerto de Frasquito, coronada con sus viejas tejas bordadas de líquenes, que con lo que caía perderían pronto su color dorado para verdear en un nuevo ciclo de vida. Lo deteriorado del tejadillo y alguna que otra teja rota habían dibujado con el agua de lluvia unos chorreones gris azulado, resaltando la presencia del azulete que María había añadido a la cal cuando blanqueó en Semana Santa.
Sobre la vista de la tapia y las dos grandes higueras, era impresionante ver el repiqueteo que la lluvia realizaba en el tejado de Patrito, las gotas saltaban con alegría para volver a saltar creando una neblina espesa que casi difuminaba los contornos de las tejas, de su chimenea salía un humo concentrado que rápidamente desaparecía entre la lluvia.
-Habemus papa- exclamó.
Justo a la derecha, en la antigua terraza con balaustrada de mármol brillaba el horrible tejado metálico que a modo de “Uralita” había mandado colocar Patrito para cubrirla.
- Hace falta tener mal gusto…
- Me desenamoraré,
- me desenamoraré…
Más arriba otros tejados lejanos asemejaban el trazo y cromatismo de un cuadro al óleo, quedando difuminados entre la lluvia y sirviendo de base a la imponente torre de Santa María. Resultó hipnótico fijar la vista en el campanario. Sus tejas vidriadas parecían de plata por la capa de agua que las cubría y las campanas tenían un tono verde oscuro, casi negro con pequeños reflejos. Un grupo de palomas muy quietas se resguardaban junto a los quicios de los arcos superiores.
- ¿Quién habrá encalado esa pared tras la torre? Y esa cruz en medio ¿Qué intitulará?
- me desenamoraré
-para tener la alegría..
Desde luego el castillo lucía imponente, un negro nubarrón coronaba la torre y en su parte superior adquiría una tonalidad luminosa rosa pálido con un festón blanco brillante.
-Debe estar aclarando por la sierra…
- Me desenamoraré,
- me desenamoraré…
Desde el adarve exterior hacia abajo contrastaba el verde intenso de los arbustos que se repoblaron el año pasado con la gama de ocres y manchas marrones de las murallas del castillo y en lo alto de la torre ondeaba parsimoniosa y mojada la inmensa bandera. De pronto un jirón de luz solar iluminó la parte superior de la torre y al mismo tiempo se comenzó a perfilar un inmenso arco iris que se perdía a la derecha del castillo.
- me desenamoraré
- para tener la alegría
- de enamorarme otra vez.
¡anda que la perra que he agarrado con la sevillana!
Siguió como hipnotizada con la vista puesta en la bandera que había dejado de ondear y comenzó a mecerse lentamente. Al parpadear notó los pequeños pinchazos y el calor que le proporcionaba en los ojos la pequeña hinchazón que las llantinas del día anterior le habían dejado como secuela,
- sola, estoy completamente sola…
Parpadeó unas cuantas veces más y cerrando los ojos se quedó plácidamente dormida.